martes, 23 de abril de 2013

Química Perfecta Capitulo 56




Joe
  
  Llevo una semana aquí, y estoy harto de las enfermeras, los médicos, las agujas, las pruebas... y, sobre todo, de las batas de hospital. Creo que cuanto más tiempo paso aquí, más gruñón me vuelvo. Vale, puede que no hubiera debido gritarle así a la enfermera que me ha quitado la sonda. Ha sido su animada disposición la que me ha sacado de quicio.

    No quiero ver a nadie. No quiero hablar con nadie. Cuanta menos gente se meta en mi vida, mejor. He apartado a Demi de mi vida y me dolió mucho tener que hacerle daño. Pero no tuve otra elección. Cuanto más cerca está de mí, más peligro corre. No podría soportar que le ocurriera lo mismo que a Paco...
    «Deja de pensar en ella», me digo.

    La gente que me importa muere, así de simple. Mi padre. Ahora Paco. He sido un estúpido al pensar que podría tenerlo todo.
    Cuando oigo que alguien llama a la puerta, le grito:
    - ¡Lárgate!

    Pero, sea quien sea, vuelve a hacerlo con más insistencia.
    - ¡Déjame en paz de una puta vez!
    Cuando se abre la puerta, le lanzo un vaso. No acaba estrellándose contra ningún empleado del hospital sino contra el pecho de la señora P.
    - Oh, mierda. Tú no.

    La señora P. lleva gafas nuevas, con una montura llena de diamantes falsos.
    - Esta no es exactamente la bienvenida que esperaba, Joe –dice-. ¿Sabes que aún puedo darte una papeleta de castigo por soltar palabrotas?
    Me doy la vuelta para no tener que mirarla.

    - ¿Has venido para darme papeletas de castigo? Porque si es así, puedes olvidarte de ello. No voy a regresar al instituto. Gracias por la visita. Siento que tengas que marcharte tan pronto.

    - No voy a irme a ningún lado hasta que no oigas lo que tengo que decir.
    Por favor, no. Cualquier cosa menos tener que escuchar su sermón. Presiono el botón para avisar a la enfermera.
    - ¿Necesitas algo, Joe? -pregunta una voz a través del altavoz.
    - Me están torturando.

    - ¿Cómo dices?
    La señora P. se acerca y me quita el altavoz de la mano.
    - Está bromeando. Lo siento -dice la señora P., dejando después el altavoz sobre la mesita de noche, fuera de mi alcance-. ¿No te suministran pastillitas de la felicidad en este lugar?

    - No quiero ser feliz.
    La señora P. se inclina hacia delante. El flequillo le roza la parte superior de las gafas.

    - Joe, siento mucho lo que le ocurrió a Paco. No era alumno mío, pero me han dicho que estabais muy unidos.
    Miro por la ventana para evitarla. No quiero hablar de Paco. No quiero hablar de nada.
    - ¿Por qué ha venido?
    Escucho el sonido de una cremallera. Saca algo del bolso.
    - Te he traído deberes, para que estés al día cuando vuelvas a clase.
    - No voy a volver. Ya se lo he dicho. Lo dejo. No debería sorprenderle, señora P. Soy un pandillero, ¿lo recuerda?

    Ella camina alrededor de la cama, entrando en mi campo de visión.
    - Supongo que me equivoqué contigo. Estaba convencida de que ibas a romper el molde.

    - Sí, bueno, eso fue antes de que dispararan a mi mejor amigo. Querían matarme a mí, ¿sabe? -digo, mirando el libro de química que lleva en la mano. El libro me recuerda lo que era antes y lo que ya no podré ser-. ¡Paco no tenía que morir, maldita sea! ¡Tendría que haber sido yo! -grito.
    La señora P. no se inmuta.

    - Pero no sucedió de ese modo. ¿Crees que le haces un favor a Paco rindiéndote y dejando el instituto? Considéralo un regalo que te hizo, no una maldición. Paco no va a volver. Pero tú aún puedes. -La señora P. coloca el libro de química en la repisa de la ventana-. He visto morir a más alumnos de lo que creía posible. Mi marido insiste en que me vaya de Fairfieldy  que de clases en otro instituto donde no haya pandilleros cuya vida solo les conducirá a la muerte o al tráfico de drogas.
    Se sienta en el borde de la cama y se mira las manos.

    - Me quedé en Fairfield para poder cambiar las cosas, para convertirme en un modelo a seguir. El director Aguirre cree que podemos enmendar la brecha existente, y yo intento aportar mi granito de arena. Si cambiara la vida de uno de mis alumnos, podría...
    - ¿Cambiar el mundo? -la interrumpo.
    - Tal vez.

    - No puede hacerlo. El mundo es como es.
    Ella me mira, con una expresión de satisfacción en la cara.
    - Ay, Joe, estás tan equivocado. El mundo es como tú quieres que sea. Si piensas que no puedes cambiarlo, entonces continúa el camino trazado. Pero hay otros caminos, aunque son más difíciles de recorrer. Cambiar el mundo no es fácil, pero lo que si tengo claro es que quiero intentarlo. ¿Y tú?
    - No.

    - Estás en tu derecho. Yo voy a intentarlo de todas formas -asegura, y tras hacer una pausa, añade-: ¿Quieres saber cómo le va a tu compañera de laboratorio?
    - No. No me importa -respondo, negando con la cabeza.
    Las palabras casi se me atascan en la garganta.

    Ella suspira, dándose por vencida, y se acerca a la repisa de la ventana para coger el libro de química.
    - ¿Debería dejarlo aquí o llevármelo?
    No le digo nada.

    Ella vuelve a dejar el libro junto a la ventana antes de dirigirse a la puerta.
    - Ojalá hubiera elegido biología en lugar de química -confieso cuando abre la puerta para marcharse.

    Ella me guiña un ojo, con complicidad.
    - No te creo. Y para que lo sepas, el director Aguirre va a hacerte una visita esta tarde. Le advertiré que tenga cuidado al entrar, por si te da por lanzarle alguna cosa.
       Me dieron el alta dos semanas después, y mi madre nos llevó a México. Un mes más tarde conseguí trabajo como camarero en un hotel, en San Miguel de Allende, cerca de la casa de mi familia. 

Un buen hotel, con paredes entabladas y pilares en las puertas delanteras. Como hablaba inglés mejor que los otros empleados, hacía de intérprete cuando me lo pedían. Cuando salía con mis compañeros después del trabajo, estos intentaban que me interesase por alguna chica mexicana. Las chicas eran preciosas, sexys y, evidentemente, sabían cómo atraer a un chico. El problema era que no eran Demi.

    Tenía que sacármela de la cabeza. Y rápido.
    Lo intenté. Una noche, una chica estadounidense que se alojaba en el hotel me llevó a su habitación. Al principio supuse que acostarme con otra rubia me haría olvidar la noche que pasé con Demi. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, me quedé paralizado.

    Entonces, me di cuenta de que Demi había arruinado mi percepción de las mujeres para siempre. No era el rostro de Demi, ni su sonrisa, ni sus ojos. Todo eso hacía que los demás la vieran como una chica preciosa, pero era su interior lo que la hacía distinta. Era el modo en que le limpiaba la cara a su hermana, la seriedad con la que se tomaba la clase de química, su modo de demostrarme su amor pese a saber quién y qué era yo. Había estado a punto de meterme en un asunto de drogas y, pese a todo, Demi eligió amarme.

    De modo que ahora, tres meses después del disparo, regreso a Fairfield para enfrentarme a lo que la señora P. llamaría mi mayor miedo.

    Enrique está sentado en su oficina, en el taller, negando con la cabeza. Hablamos de la noche de Halloween y le perdono por haberle contado a Lucky que me había acostado con Demi.

    Tras explicarle lo que voy a hacer, Enrique suelta un lento y profundo suspiro.
    - Podrías morir -dice, mirándome fijamente.
    - Lo sé -admito, asintiendo con la cabeza.

    - No podré ayudarte. Ninguno de nuestros amigos en Los Latino Blood podrá hacerlo. Piénsatelo bien, Joe. Regresa a México y disfruta del resto de tu vida.
    Ya he tomado una decisión y no tengo intención de dar marcha atrás.
    - No soy un cobarde. Tengo que hacerlo. Tengo que salir de la banda.
    - ¿Por ella?
    - Sí.

    Por ella y por mi padre. Por Paco, por mi familia y por mí mismo.
    - ¿De qué te sirve salir de los Latino Blood si acabas muerto? -me pregunta Enrique-. La paliza que sufriste para entrar te va a parecer una bendición comparado con esto. Harán incluso que participen los miembros más antiguos.
    En lugar de responder, le paso un trozo de papel con un número de teléfono escrito en él.
    - Si me ocurre algo, llama a este tipo. Es el único amigo que tengo que no tiene nada que ver con esto.

    Ni con esto ni con Demi.
    Esta noche me enfrento a un almacén lleno de gente que me considera un traidor. Me han llamado eso y un montón de cosas más. Hace una hora le conté a Chuy, el sucesor de Héctor, que quería salir de la banda. Una ruptura limpia con los Latino Blood. Solo hay un problema... para conseguirlo tengo que sobrevivir a un desafío: lo que ellos llaman un 360, una paliza en la que te propinan golpes desde todos lados.

    Chuy, rígido y ceñudo, camina hacia mí con la bandana de los Latino Blood. Observo a los espectadores. Mi amigo Pedro, al fondo, aparta la mirada. Javier y Lucky también están aquí, pero a ellos les brillan los ojos por la emoción. Javier es un cabrón chiflado y Lucky no se alegra de haber perdido la apuesta aunque no haya ido a reclamar mi premio. Ambos disfrutarán apaleándome sin que pueda devolverles el golpe.

    Enrique, mi primo, está apoyado contra la pared, en un rincón del almacén. Los demás esperan que participe en el desafío, que aporte su granito de arena, rompiéndome un hueso que me provoque la muerte. La lealtad y el compromiso es lo más importante para los Latino Blood. Si violas esa lealtad, violas el compromiso... y te conviertes en su enemigo. O en algo peor, porque antes eras uno de ellos. Si Enrique mueve un dedo para protegerme, estará jodido.

    Me levanto orgulloso mientras Chuy me tapa los ojos con la bandana. Sé que puedo hacerlo. Si la recompensa es regresar junto a Brittany, habrá merecido la pena. Ni siquiera voy a pensar en la otra opción.

    Tras atarme las manos a la espalda, me llevan hasta un coche y me meten en el asiento trasero, con dos tipos flanqueándome. No tengo ni idea de hacia dónde nos dirigimos. Chuy está ahora al mando, así que cualquier cosa es posible.

    Una nota. No he escrito ninguna nota. ¿Qué pasa si muero y Demi no se entera nunca de lo que siento por ella? Quizás sea mejor así. Ella podrá seguir adelante con su vida más fácilmente si cree que solo soy un capullo que la traicionó.

    Cuarenta y cinco minutos más tarde, el coche se sale de la carretera. Lo sé porque siento la gravilla crujiendo bajo los neumáticos. Tal vez saber dónde estoy me tranquilizarla, pero no puedo ver nada. No estoy nervioso; más bien Impaciente por saber si seré uno de los afortunados que salen vivo del desafío. E incluso si lo consigo, ¿me encontrará alguien o moriré solo en algún granero, almacén o edificio abandonado? Quizás no vayan a pegarme. Puede que solo me lleven a la azotea de un edificio y una vez allí me den un empujón. Y se acabó.

    No, Chuy no haría eso. Le gusta oír los gritos y las súplicas de tíos más fuertes mientras los tiene arrodillados frente él.
    No voy a darle esa satisfacción.
    Me sacan del coche. Por el sonido de la gravilla y las piedras bajo mis zapatos, sé que estamos en medio de la nada. Oigo cómo se detienen otros coches, el sonido de más pasos. Una vaca muge a lo lejos.

    ¿Un mugido de advertencia? La verdad es que no me gustaría que tuviéramos que largarnos ahora. Si algo interrumpe esta ceremonia, solo supondrá posponer lo inevitable. Estoy deseando hacerlo. Estoy preparado. Acabemos de una vez.
    Me pregunto si me atarán las manos a un árbol o si me colgarán como una piñata viviente.
    Joder, tío, odio no saber lo que me espera. Estoy perdido.
    - Quédate aquí -me ordenan.

    Como si fuera a marcharme a algún sitio.
    Alguien se acerca. Puedo oiría gravilla crujiendo a cada paso.
    - Eres una desgracia para la hermandad, Joe. Os hemos protegido, a ti y a tu familia, y tú has decidido darnos la espalda. ¿Es así?

    Ojalá mi vida fuera una novela de John Grisham. Sus héroes siempre parecen estar a un paso de la muerte pero acaban encontrando un plan brillante. Normalmente, información secreta que arruina al malvado, y si el héroe acaba muerto, el malvado acaba destrozado durante el resto de su vida. Por desgracia, la vida real no siempre tiene un final feliz.

    - Héctor fue el que traicionó a los Latino Blood -le digo-. Él si era un traidor.
    Como respuesta, me gano el primer puñetazo en la mandíbula. Mierda, no estaba preparado. No puedo ver nada con los ojos vendados. Intento permanecer impasible.
    - ¿Comprendes las consecuencias de dejar los Latino Blood?
    Muevo la mandíbula de un lado a otro.
    - Sí.
    Oigo los crujidos de la gravilla mientras la gente se arremolina a mí alrededor. Esta noche yo soy la diana.

    Se impone un silencio aterrador. Nadie ríe, nadie emite sonido alguno. Algunos chicos que me rodean han sido mis amigos desde que éramos pequeños. Como Enrique, libran una batalla interior consigo mismos. No les culpo. Solo los menos afortunados han sido elegidos para la pelea de hoy.

    Sin previo aviso, alguien me golpea en la cara. Intento mantener el equilibrio, pero es difícil, sobre todo porque sé que me esperan más golpes como aquel. Una cosa es estar en una pelea abierta, y otra muy distinta es estar en una en la que sabes que no tienes salida.

    Algo afilado me rasga la espalda.
    A continuación, siento un puñetazo en las costillas.
    Me golpean de cintura para arriba, sin dejar ni un centímetro libre de golpes. Un corte aquí, un puñetazo allá. Me tambaleo varias veces, pero vuelven a enderezarme y a darme otro puñetazo.
    Me dan una cuchillada en la espalda. Me escuece como si las llamas estuvieran lamiéndome la piel. Puedo distinguir los puñetazos de Enrique porque contienen menos rabia que los demás.

    Pensar en Demi me ayuda a no gritar. Quiero ser fuerte por ella... por nosotros. No voy a dejar que mi vida o mi muerte dependan de estos tipos. Yo soy el dueño de mi destino, no los Latino Blood.

        No tengo ni idea ele cuánto tiempo ha pasado. ¿Media hora? ¿Una hora? Tengo el cuerpo entumecido. Me cuesta mucho mantenerme en pie. Y entonces me llega el olor del humo, ¿Me van a empujar a una fogata? Todavía tengo la bandana bien atada sobre los ojos, aunque no me importa, porque estoy seguro de que los tengo tan hinchados que de todos modos no podría abrirlos.

    Me siento desfallecer y estoy a punto de caer al suelo pero me obligo a permanecer recto.
    Probablemente esté irreconocible, con la sangre brotando de todos los cortes que tengo en la cara y el cuerpo. Puedo sentir cómo me desgarran la camiseta y cómo cae al suelo hecha pedazos. La cicatriz que me dejó Héctor debe de ser ahora visible. Un puño me golpea justo ahí. Es demasiado doloroso,

    Me desplomo en el suelo, arañándome la cara con la gravilla.
    Ya no estoy tan seguro de poder resistirlo. « Demi. Demi. Demi ». Mientras pueda repetir este mantra, sé que no moriré. « Demi. Demi. Demi.
    ¿Será real el olor a humo o acaso es el olor de la muerte?
    A través de la espesa neblina de mi mente, me parece oír cómo alguien dice: «¿No crees que ya ha tenido suficiente?»

    Oigo una voz distante, pero inconfundible.
    - No.
    Se suceden las protestas. Si pudiera moverme, lo haría. « Demi. Demi. Demi ».
    Oigo más protestas. Nadie suele hacer esto durante un desafío. No está permitido. ¿Qué sucede? ¿Qué va a ocurrir ahora? Tiene que ser algo peor que los golpes porque oigo a varios chicos discutiendo.

    - Sujetadle cabeza abajo -me llega la voz de Chuy-. Bajo mi mando, nadie traiciona a los Latino Blood. Que esto sirva de ejemplo para todo aquel que intente traicionarnos. El cuerpo de Joe Jonas quedará marcado para siempre como un recuerdo de su traición.

    El olor a quemado se hace más intenso. No tengo ni idea de lo que está a punto de ocurrir, y entonces siento en la parte superior de la espalda lo que parecen brasas.
    Creo que suelto un gemido, o un gruñido, o un grito. No estoy seguro. Ya no sé lo que ocurre. Me cuesta pensar. Lo único que puedo hacer es sentir el dolor. Podrían haberme lanzado directamente al fuego; es la peor tortura imaginable. El olor a piel quemada me abrasa la nariz. Entonces comprendo que las brasas no son en realidad brasas. El cabrón me está marcando. El dolor, el dolor...
    « Demi. Demi. Demi.»

1 comentario:

  1. al fin pude ponerme al dia con tus noves....estan super wooww....

    siguelas please....las dos obvio....!!!

    PD: mañana es mi cumple (se que nadie me pregunto....jajajaja).....pero quisiera de regalo marathon de las dos noves.....claro SI PUEDES....!!!


    bye, cuidate y un abrazo a la distancia.

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