jueves, 14 de febrero de 2013

Un Refugio para el Amor Capitulo 44




—No quiero hacerlo. No confío en mí mismo.
— ¿Estás bromeando?
—No.
Joseph caminó hacia la puerta y tomó del perchero su chaqueta y su sombrero. Después, apretó unos cuantos botones de una pequeña caja que estaba adosada a la pared.
—Voy a desahogarme cortando leña para la estufa. Acabo de desconectar la alarma, conéctala de nuevo en cuanto salga.
Completamente asombrada, ella presenció su salida. No podía creer que Joseph se hubiera rendido tan fácilmente. Y además, cuando él ya estaba fuera, cortando troncos, se dio cuenta de que el día anterior, él se había olvidado de enseñarle cómo funcionaba la alarma, y ella no se había acordado de preguntárselo.
Notó que se le erizaba el vello de la misma forma que cuando pensaba que el secuestrador estaba cerca, vigilándola. Sin embargo, pensó que aquello era el poder de sugestión: no sabía cómo conectar la alarma, así que estaba asustada. Se había convertido en una adicta a los sistemas de seguridad.
Bien, hasta que Joseph no volviera a casa no podría hacer nada por solucionar el problema de la alarma, así que decidió tomar el control de la situación. Puso a Elizabeth en su trona y comenzó a vestirse rápidamente. 

Mientras se subía la cremallera de los pantalones, miró por la ventana y vio a Joseph a lo lejos. Ya debía de haber entrado en calor por el trabajo y se había quitado la chaqueta. Pronto volvería a casa y podrían hablar de lo que había sucedido.
Tenían que hablar de aquello. Se estaban jugando mucho aquella semana.
Joseph cortó troncos como si con cada hachazo pudiera partir los demonios que tenía dentro. Nunca había sentido tanto dolor. Había querido creer que no podría hacerle daño a la niña en un ataque de ira, pero teniendo en cuenta su pasado, 
¿cómo podía saberlo con seguridad? Ella pensaba que era imposible, pero había tenido una vida muy protegida y seguramente, no entendía que un hombre quisiera hacerle daño a un niño.
Él, sin embargo, lo entendía muy bien. A lo largo de los años había leído revistas de psicología y en varios artículos, había encontrado la teoría de que los niños maltratados, corrían el peligro de convertirse en maltratadores cuando llegaban a adultos. Así que había decidido no correr aquel riesgo, no casarse nunca y no tener hijos.
Luego había conocido a Demi. No había pensado que pudiera encontrar nunca una mujer como ella, una que le hiciera creer que podía alcanzar todas las cosas a las que había renunciado. 
Sin embargo, nadie podía cambiar lo que era y esa mañana, cuando Elizabeth lo había mirado aterrorizada y había comenzado a llorar, había sentido una oleada de ira. Probablemente, la misma ira que había sentido su padre justo antes de tomar el cinturón o el látigo que había comprado en México.
Y aun así... él debía admitir que no se había dejado llevar por aquel sentimiento. Quería a Demi más que a nada en la vida, y sí, también quería a aquella niñita que lloraba con el rostro congestionado.
 ¿Y si Demi tenía razón y él había superado el modelo que le había dejado su padre? Pero si estaba equivocado, estaba apostando con las vidas de las dos personas a las que más amaba en la vida, y no tenía el derecho a hacer eso.
Tras él, oyó el crujido de una rama al partirse. Demi. Su corazón se llenó de amor. Y lo intentaría de nuevo, porque las quería mucho.
 Después de todo, tenían una semana para intentarlo. Comenzó a darse la vuelta justo en el momento en el que un millón de estrellas explotaban en su cráneo. Después, todo se volvió negro.
Demi estaba sentada en una silla, dándole el desayuno a Elizabeth y pensando aún en la alarma. Ojalá supiera cómo conectarla. Aquella sensación extraña en la nuca persistía. Se dijo que no debía preocuparse de nada, porque Joseph estaba fuera, de guardia.
Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que había dejado de oír el ruido de los troncos al partirse en dos y dejó escapar un suspiro de alivio. Joseph volvería a la cabaña y le enseñaría a conectar la alarma. Después, se sentarían a hablar sobre su relación con Elizabeth.
Debía estar a punto de entrar, pero los segundos pasaban rápidamente y Demi no oía nada. Dio a Elizabeth otra galleta, se levantó y se asomó a la ventana para ver qué hacía Joseph.
La puerta se abrió de par en par en el mismo momento en el que ella se daba cuenta de que Joseph estaba tirado, boca abajo, junto a una pila de troncos. Dio un grito y se volvió. Antes de que pudiera moverse, el hombre de sus pesadillas estaba dentro, apuntándole a Elizabeth a la cabeza con una pistola. Por un instante, su mente se negó a asimilar aquella visión.
Cuando lo hizo, la sangre se le heló en las venas y comenzó a temblar. Dio un paso hacia él, preparada para matarlo.
—No hagas ninguna estupidez o le volaré la cabeza —dijo el hombre—. Para mí no sería una gran pérdida. Todavía te tendría a ti.
« ¿Has matado a Joseph?». No podía preguntárselo, porque la respuesta podía dejarla paralizada y Elizabeth necesitaba que ella se mantuviera alerta.
No parecía que la niña estuviera asustada. Con curiosidad, se volvió hacia el hombre, de modo que la pistola le apuntó a la cara. Intentó agarrar el cañón del revólver y Demi abrió la boca para gritar, pero no pudo emitir ningún sonido.
 Entonces él le apartó la mano a Elizabeth de un golpe y el bebé comenzó a llorar.
Demi vio aquello a través de una neblina roja. Dio otro paso hacia su hija.
— ¡No! —gritó el hombre—. Te advierto que no voy a dudar en apretar el gatillo. En realidad, no quiero tener nada que ver con la niña, aunque me imagino que su abuelo pagara una buena cantidad extra por ella.
Demi apenas reconoció su propia voz.
—Si le haces algo, te mataré con mis propias manos. Te juro que lo haré.
—El plan es conseguir mucho dinero de tu papá por vosotras dos. Si es posible, sin haceros daño. Cómo salga todo esto es cosa tuya. Ahora, ven aquí y tómala en brazos. Nos vamos.
— ¿Adonde?
—Eso no te importa. Nos vamos. Prepara rápidamente lo que necesites. De lo contrario, la mocosa llorará todo el tiempo. Te doy dos minutos.
Mientras ella tomaba la bolsa de los pañales, buscó con la mirada el teléfono móvil, por si acaso tenía la oportunidad de meterlo a escondidas en la bolsa. Sin embargo, él ya lo había visto sobre la encimera de la cocina y lo destrozó con un golpe de la culata del revólver. Desesperada, Demi tomó unos cuantos frascos de comida para la niña.
—No me reconoces, ¿verdad?
—Claro que sí —dijo ella mientras guardaba los frascos—. Eres el mismo que lleva siguiéndome seis meses.
—Eso también. Pero nos conocimos antes, en la universidad de Columbia. Te pedí que salieras conmigo unas cuantas veces.
Ella agarró con fuerza una lata de melocotón en almíbar y se estremeció. No era de extrañar que le hubiera resultado tan familiar las pocas veces que lo había visto de lejos. En aquel momento, lo recordó. 
No le había resultado atractivo, pese a su inteligencia, pero había sentido lástima de él. Se lo había contado a su padre y le había dicho que quizá saliera con el pobre tipo, después de todo.
Y entonces, ¡puf! El tipo había desaparecido.
—¿Nunca te preguntaste qué fue de mí?
«No mucho tiempo», pensó ella.
—Claro. ¿Qué te ocurrió? —¿cómo se llamaba? Estando tan loco, era posible que se enfureciera si ella no recordaba su nombre.
—Tu padre me compró.
Ella soltó un jadeo de sorpresa.
—Estaba seguro de que no lo sabías. Me dio dinero para que me trasladara a la universidad de Northwestern y terminara allí mi último semestre, y me prometió un trabajo en uno de sus periódicos después de que me licenciara, siempre y cuando me mantuviera apartado de ti.
El cerebro de Demi comenzó a trabajar a toda velocidad. Tenía que preguntarse cuántos de sus pretendientes había eliminado su padre del camino de aquella manera. Los hombres con los que salía se marchaban de Columbia con una frecuencia alarmante. Pero nunca había pensado que...
—¿Te acuerdas de mi nombre?
Ella sabía que era una prueba. Quizá su nombre empezara con S. ¿Sam? ¿Scott? Demonios, ¿cómo se llamaba?
—No te acuerdas —dijo él, y su mirada se endureció—. Bueno, eso hace que toda esta aventura sea aún más dulce. Para tu información, me llamo Steven Pruitt. No creo que tu familia ni tú volváis a olvidar mi nombre después de esto. Y ahora, recoge a esa niña y vamonos de aquí.

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