lunes, 11 de febrero de 2013

El Amante de la princesa capitulo 15




Nick deslizó una mano por su espalda y la sintió temblar.
—No hagas eso —le advirtió ella.
Pero aunque sus labios decían que no, sus ojos decían que sí.
—Admítelo, alteza, me deseas.
—Ya te he tenido —replicó Miley.
—Sí, pero los dos sabemos que una noche no será suficiente —sonrió Nick, besando su cuello—. ¿Por qué resistirse entonces?
—Ah, muy bien, tiene que haber algún armario espacioso por aquí… o a lo mejor deberíamos buscar una habitación.

Él se limitó a sonreír porque, de broma o no, podrían acabar así. Cuánto la deseaba, pensó, acariciando su espalda desnuda con la yema de los dedos. Le gustaría quitarle aquel vestido y besar cada centímetro de su piel…
—Una noche más, alteza. Haré que merezca la pena.
—No veo cómo.
—Piensa en orgasmos múltiples. Muchos.
Miley tuvo que disimular una sonrisa y, en ese momento, Nick supo que era suya.
—No sé tú, pero yo empiezo a sentirme tenso de nuevo.
—¿De verdad?
—Sí…
—Pues ya sabes lo que eso significa — Miley  miró alrededor para comprobar si alguien los estaba vigilando y luego se inclinó hacia delante para hablarle al oído—. Ésta va a ser una noche muy larga.

Miley no estaba de broma cuando dijo que iba a ser una noche muy larga. Y se aseguró de ello torturándolo a conciencia; frotándose contra él en la pista de baile cuando nadie los miraba, metiendo una pierna entre las suyas o poniendo una mano sobre su mulso durante la cena. Y todo esto con los miembros de la familia real sentados a la mesa.

Cuando llegó el segundo plato Nick estaba tan excitado que no sabía qué hacer.
Después de cenar Miley se excusó para ir un momento al lavabo y Nick fue directamente a la barra a pedir una copa. Con un montón de hielo que seguramente acabaría echándose en el pantalón.

Sólo eran las ocho y, según Miley, no saldrían de allí antes de medianoche. Posiblemente más tarde. Y luego estaba el problema de entrar en su residencia sin que nadie los viera…
Aunque, con un poco de suerte, ella iría a su cuarto de nuevo.
El camarero le sirvió un whisky doble y Nick tomó un largo trago.
—¿Me concedes este baile?

Miley estaba a su lado, con un brillo provocativo en los ojos.
—¿Para seguir torturándome?
—Has empezado tú —sonrió ella.

Sí, era verdad. Y seguramente estaba recibiendo lo que merecía. Aunque, francamente, le encantaba. No sólo era excitante sino… divertido.
—¿Quieres volverme loco?

—No, en serio. Prometo comportarme.
Aunque albergaba serias dudas sobre esa promesa, Nick dejó que lo llevase a la pista de baile. Pero si Miley había planeado hacer algo no tuvo oportunidad porque, de repente, tropezó y si él no hubiera estado sujetándola seguramente habría caído al suelo.
—¿Qué ha pasado?
—Me he torcido el tobillo.
—¿Te has hecho daño?
Ella hizo una mueca.
—Sí, mucho. Se me ha caído el zapato… ¿lo ves por algún lado?
Nick lo encontró a un metro de ellos y enseguida descubrió qué había provocado el accidente.
—Se ha roto el tacón.
—¿Qué?
—El tacón… se ha roto.
A su alrededor las parejas habían dejado de bailar y los miraban con curiosidad. Aquello tenía que ser muy embarazoso para ella porque siempre se mostraba muy segura de sí misma. Ese era el tipo de incidente que la haría sentir incómoda.
—¿Puedes apoyar el pie?

—No lo sé — Miley intentó apoyarlo pero, al hacerlo, dejó escapar un gemido de dolor—. ¡No puedo!
—Vamos a la mesa.
—No puedo caminar.

Sin decir una palabra más Nick la tomó en bazos y atravesó la pista de baile, con la gente apartándose como las aguas del Mar Rojo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Hannah, preocupada.
—Se ha roto el tacón de mi zapato y creo que me he hecho un esguince en el tobillo.
—¿Quieres que llame a un médico? —preguntó su hermano.
—No, no, sólo es un esguince.

—Seguramente la pista estaba demasiado resbaladiza. A mí me pasó lo mismo hace poco —suspiró su cuñada.

—Pues entonces deberíamos denunciar al propietario por negligencia —dijo Miley —. Ah, pero los propietarios somos nosotros —añadió, riendo.
Hannah se inclinó para examinar el tobillo, pero ella hizo un gesto de dolor.
—Se está hinchando, así que tendrás que ponerte hielo. Y seguramente debería verte un médico.
—Yo la llevaré a casa —intervino Phillip.
—¿Qué? Tú no puedes marcharte —protestó Miley —. Llevadme al coche, no pasa nada.
—No pienso dejarte ir sola a casa.
Si había algún momento para intervenir era aquél, pensó Nick.
—Yo la llevaré.
—¿Estás seguro?

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