miércoles, 27 de febrero de 2013

Química Perfecta Capitulo 2





Joe
   - Levántate, Joe.
Tras fulminar a mi hermano pequeño con la mirada, escondo la cabeza bajo la almohada. Desde que comparto la habitación con mis hermanos, de once y quince años, el único momento de intimidad del que dispongo es el poco que me proporciona la cabecera.

 - Déjame en paz, Luis -le espeto a través de la almohada- No me des el follón.
   - No te estoy dando el follón. Mamá me ha dicho que te despierte para que no llegues tarde al instituto.

  El último curso. Debería sentirme orgulloso de ser el primer miembro de la familia Jonas que terminara el instituto. Sin embargo, cuando eso ocurra, empezará una nueva época para mí. La universidad es sólo un sueño. Este último curso será como una fiesta de jubilación de un hombre de 75 años. Sabes que sirves para algo, pero todos esperan que te retires.

    - Me he puesto la ropa nueva -dice Luis en un tono de voz rebosante de orgullo, aunque me llegue algo apagado por culpa de la almohada-  Las nenas no podrán resistirse a este machote latino.
    - Me alegro por ti -mascullo.

    - Mamá ha dicho que te tire encima este jarro de agua si no te levantas.
    ¿Era mucho pedir algo de intimidad? Cojo la almohada y la lanzo al otro lado de la habitación. Impacta directamente contra Luis, que acaba empapado de agua.
    - ¡¡¡¡¡Imbécil!!!!!! -me grita- ¡¡¡¡Es la única ropa nueva que tengo!!!!

    Oigo el ataque de risa a través de la puerta de la habitación. Carlos, mi otro hermano, ríe como una hiena histérica hasta que Luis se abalanza sobre él. Me quedo observando la discusión que acaba convirtiéndose en una descontrolada pelea en la que ambos se propinan patadas y puñetazos.

    Son buenos luchadores, pienso con orgullo mientras veo la trifulca. Sin embargo, como el hombre mayor de la casa, mi deber es detener la pelea. Cojo a mi hermano Carlos por el cuello de la camisa, pero me tropiezo con la pierna de Luis y los 3 acabamos en el suelo.

    Antes de poder levantarme, siento un chorro de agua gélida bajándome por la espalda. Me doy la vuelta y veo a mamá, vestida con su uniforme de trabajo, empapándonos a todos con un cubo de agua suspendido sobre nuestras cabezas. Su sueldo no es nada del otro mundo, pero tampoco necesitamos mucho.
    - Levantaos -exige con una actitud desafiante.
    - Mierda, mamá -dice Carlos poniéndose de pie.

    Mi madre se empapa los dedos con el agua gélida que queda en el cubo y le salpica la cara a mi hermano. Luis estalla en carcajadas y de repente recibe la misma reprimenda que Carlos - ¿Aprenderán alguna vez?
    - ¿Algo más que añadir Luis? -pregunta ella.

    - No mamá -contesta mi hermano, enderezándose como un soldado.
    - ¿Y tú Carlos? ¿Se te ocurre alguna grosería más por soltar por esa boquita? -pregunta sumergiendo la mano en el agua como señal de advertencia.
    - No, mamá -repite el soldado numero 2.

    - ¿Y qué hay de ti Joseph? -dice mirándome con los ojos entreabiertos.
    - ¿Qué? Yo intentaba separarles -contesto inocentemente con una sonrisa irresistible.
    Ella me rocía la cara con agua. - Esto es por no haberlos separado antes. Ahora vístete, y vosotros también, y venid a desayunar antes de ir al colegio.
    Y eso que le he dedicado mi sonrisa más irresistible.

    - En el fondo nos adoras -le grito mientras abandona la habitación.
    Tras una ducha rápida, regreso a la habitación con una toalla atada a la cintura. Pillo a Luis con uno de mis pañuelos estilo bandana en la cabeza y se me forma un nudo en el estómago. Se lo arranco y le advierto: - No vuelvas a tocar esto Luis.
    - ¿Por qué no? -pregunta con sus ojos inocentes.

    Para Luis, tan solo es una bandana. Para mí, es un símbolo del presente y de lo que nunca seré en el futuro. ¿Cómo se supone que voy a explicárselo a un niño de once años? Él sabe lo que soy. La sed de venganza y represalia me empujaron a entrar en este círculo, y ahora no hay manera de salir de él. Pero antes muerto que uno de mis hermanos se deje engañar.

    Estrujo la bandana con el puño.
    - Luis, no toques mis cosas. Sobre todo si son de los Latino Blood.
    - Me gusta el rojo y negro.

    Esto es lo último que necesito escuchar. - Si vuelvo a pillarte con esto puesto, lucirás el negro y el morado, pero en tu cara -le advierto- ¿Lo has entendido, enano?
    - Sí, entiendo -contesta encogiéndose de hombros.

    Me pregunto si realmente lo ha entendido al verlo marcharse de la habitación dando saltitos. Intento no pensar demasiado en ello mientras saco la camiseta negra y los vaqueros raídos y desgastados del armario. Cuando me ato la bandana a la cabeza, oigo a mi madre que me grita desde la cocina: Joseph, ven a desayunar antes de que se enfríe la comida. Vamos, date prisa.
    - Ya voy -contesto.

    Nunca entenderé por qué le da tanta importancia a la comida.
    Mis hermanos ya están hincándole el diente al desayuno cuando entro en la cocina. Abro la nevera para echar un vistazo a ver que hay dentro.
    - Siéntate.
    - Mamá, sólo voy a coger…
    - No cogerás nada. Joseph. Siéntate. Somos una familia y vamos a desayunar como una.

    Dejo escapar un suspiro, cierro la puerta del frigorífico y tomo asiento junto a Carlos. Ser miembro de una familia unida tiene a menudos sus desventajas. Mi madre coloca frente a mí un plato colmado de huevos y tortillas de maíz.
    - ¿Por qué no me llamas Joe? -Le pregunto bajando la mirada a la comida que tengo delante.

    - Si quisiera llamarte Joe, no me hubiera molestado en llamarte Joseph. ¿No te gusta tu nombre?

    Me pongo muy tenso. He heredado el nombre de mi padre, que al morir me dejó la responsabilidad que le toca asumir al hombre de la casa. Joseph. Joseph junior. Junior… a mí me da igual.

    - ¿Acaso importa? -mascullo mientras cojo una tortilla y entonces levanto la miraba para ver su reacción. Esta fregando los platos de espaldas a mí.
    - No.
    Joe quiere aparentar que es blanco -interviene Carlos- Cámbiate el nombre si quieres, hermano, pero todos verán a la legua que no eres más que un chicano.
    - Carlos, cierra la boca -le aviso.- No quiero ser blanco. Pero tampoco quiero que me comparen con mi padre.

    - Por favor, chicos -ruega mi madre- Ya basta de discusiones por hoy.
    - Eres un espalda mojada -canturrea Carlos provocándome otra vez.

    Ya he tenido más que suficiente, Carlos se ha pasado. La silla chirría contra el suelo cuando me pongo en pie. Mi hermano imita mis movimientos y se coloca frente a mí, acortando la distancia que nos separa. Sabe que podría llevarse un guantazo, pero es demasiado orgulloso. Uno de estos días dará con la persona equivocada y se meterá en un buen lío.
    - Carlos, siéntate -le ordena mi madre.
    - Cerdo chicano -me suelta arrastrando las palabras con falso acento forzado-. Mejor todavía eres un inmigrante.

    - ¡¡¡Carlos!!! -amonesta mi madre al acercarse, pero yo le corto el paso y agarro a mi hermano por el cuello de la camiseta.

    - Sí, eso es lo que la gente siempre pensará de mí -digo-. Pero también lo pensarán de ti si sigues diciendo estupideces.

    - Hermano, lo pensarán haga lo que haga, lo quiera o no.
    - Te equivocas Carlos. Las cosas no tienen por qué ser igual. Puedes ser mucho mejor que yo -contesto soltándole.
    - ¿Mejor que tú?

    - Claro que mejor que yo, no lo dudes ni un instante -respondo. Ahora pídele perdón a mamá por decir tantas barbaridades delante de ella.
    A Carlos le basta con mirarme una sola vez para saber que no estoy bromeando.
    - Lo siento mamá -dice, y acto seguido, vuelve a su silla. Aunque puedo percibir en su mirada el golpe que ha sufrido su orgullo.

    Mi madre se da la vuelta y abre el frigorífico, procurando que nadie la vea llorar. Maldita sea, está preocupada por Carlos. Mi hermano está en su segundo año de instituto, y los 2 siguientes van a ser decisivos. O madura o se echa a perder.

    Me pongo la chaqueta negra de cuero, tengo que salir de aquí. Doy un beso a mi madre en la mejilla y me disculpo por haberle estropeado el desayuno. Salgo de casa preguntándome cómo voy a arreglármelas para conseguir que Carlos y Luis un destino mejor y no acaben como yo. Vaya una maldita ironía.

    En la calle veo a unos cuantos chicos con bandana del mismo color que la mía y que me dirigen el saludo de los Latino Blood: se golpean el brazo izquierdo con la mano derecha, 2 veces, manteniendo el dedo anular doblado.

    Antes de subirme a la moto, les devuelvo el saludo a pesar de que me consume la rabia por dentro. Si quieren a un tipo duro como miembro de su banda, lo van a tener. Me he metido tanto en el papel que represento, que a veces me sorprendo a mí mismo.

    Joe, espera -me implora una voz de chica que me resulta familiar.
    Carmen Sánchez, mi vecina y ex novia, se acerca corriendo a mí.
    - Hola Carmen -farfullo.
    - ¿Qué tal si me llevas al insti?

    La minifalda negra deja al descubierto unas piernas increíbles y la camiseta ajustada realza unos pechos pequeños pero preciosos. Hubo una vez en la que podría haber hecho cualquier cosa por ella, pero eso fue antes del verano pasado, cuando la pillé en la cama con otro tío, o en el coche… lo mismo da.

    - Venga Joe, no muerdo… a no ser que tú quieras que lo haga.
    Carmen es mi chica Latino Blood. Seamos o no pareja, debemos cubrirnos las espaldas. Es nuestro código.
    - Sube -digo

    Carmen se sube a la moto de un salto, y mientras me abraza con fuerza el torso, acaba colocándome deliberadamente las manos sobre los muslos. Sin embargo, no surte el efecto que espera. ¿¿Qué piensa, qué he olvidado todo lo que pasó?? De ningún modo. Mi pasado define lo que soy en mi presente. Intento concentrarme en mi último año en Fairfield, en el aquí y ahora. Aunque es muy difícil hacerlo porque, por desgracia, lo más probable cuando termine el instituto, es que el futuro que me espera sea tan jodido como el presente.



1 comentario:

  1. se ve q Joe y Demi son de mundos distintos.....pero el amor siempre triunfa al final (creo q me puse un poco cursi jajajaja)....se ve q va a estar muy interesante....pero no te olvides de las otras nove JEMI.....
    bye saludos.

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