miércoles, 27 de febrero de 2013

Química Perfecta Capitulo 2





Joe
   - Levántate, Joe.
Tras fulminar a mi hermano pequeño con la mirada, escondo la cabeza bajo la almohada. Desde que comparto la habitación con mis hermanos, de once y quince años, el único momento de intimidad del que dispongo es el poco que me proporciona la cabecera.

 - Déjame en paz, Luis -le espeto a través de la almohada- No me des el follón.
   - No te estoy dando el follón. Mamá me ha dicho que te despierte para que no llegues tarde al instituto.

  El último curso. Debería sentirme orgulloso de ser el primer miembro de la familia Jonas que terminara el instituto. Sin embargo, cuando eso ocurra, empezará una nueva época para mí. La universidad es sólo un sueño. Este último curso será como una fiesta de jubilación de un hombre de 75 años. Sabes que sirves para algo, pero todos esperan que te retires.

    - Me he puesto la ropa nueva -dice Luis en un tono de voz rebosante de orgullo, aunque me llegue algo apagado por culpa de la almohada-  Las nenas no podrán resistirse a este machote latino.
    - Me alegro por ti -mascullo.

    - Mamá ha dicho que te tire encima este jarro de agua si no te levantas.
    ¿Era mucho pedir algo de intimidad? Cojo la almohada y la lanzo al otro lado de la habitación. Impacta directamente contra Luis, que acaba empapado de agua.
    - ¡¡¡¡¡Imbécil!!!!!! -me grita- ¡¡¡¡Es la única ropa nueva que tengo!!!!

    Oigo el ataque de risa a través de la puerta de la habitación. Carlos, mi otro hermano, ríe como una hiena histérica hasta que Luis se abalanza sobre él. Me quedo observando la discusión que acaba convirtiéndose en una descontrolada pelea en la que ambos se propinan patadas y puñetazos.

    Son buenos luchadores, pienso con orgullo mientras veo la trifulca. Sin embargo, como el hombre mayor de la casa, mi deber es detener la pelea. Cojo a mi hermano Carlos por el cuello de la camisa, pero me tropiezo con la pierna de Luis y los 3 acabamos en el suelo.

    Antes de poder levantarme, siento un chorro de agua gélida bajándome por la espalda. Me doy la vuelta y veo a mamá, vestida con su uniforme de trabajo, empapándonos a todos con un cubo de agua suspendido sobre nuestras cabezas. Su sueldo no es nada del otro mundo, pero tampoco necesitamos mucho.
    - Levantaos -exige con una actitud desafiante.
    - Mierda, mamá -dice Carlos poniéndose de pie.

    Mi madre se empapa los dedos con el agua gélida que queda en el cubo y le salpica la cara a mi hermano. Luis estalla en carcajadas y de repente recibe la misma reprimenda que Carlos - ¿Aprenderán alguna vez?
    - ¿Algo más que añadir Luis? -pregunta ella.

    - No mamá -contesta mi hermano, enderezándose como un soldado.
    - ¿Y tú Carlos? ¿Se te ocurre alguna grosería más por soltar por esa boquita? -pregunta sumergiendo la mano en el agua como señal de advertencia.
    - No, mamá -repite el soldado numero 2.

    - ¿Y qué hay de ti Joseph? -dice mirándome con los ojos entreabiertos.
    - ¿Qué? Yo intentaba separarles -contesto inocentemente con una sonrisa irresistible.
    Ella me rocía la cara con agua. - Esto es por no haberlos separado antes. Ahora vístete, y vosotros también, y venid a desayunar antes de ir al colegio.
    Y eso que le he dedicado mi sonrisa más irresistible.

    - En el fondo nos adoras -le grito mientras abandona la habitación.
    Tras una ducha rápida, regreso a la habitación con una toalla atada a la cintura. Pillo a Luis con uno de mis pañuelos estilo bandana en la cabeza y se me forma un nudo en el estómago. Se lo arranco y le advierto: - No vuelvas a tocar esto Luis.
    - ¿Por qué no? -pregunta con sus ojos inocentes.

    Para Luis, tan solo es una bandana. Para mí, es un símbolo del presente y de lo que nunca seré en el futuro. ¿Cómo se supone que voy a explicárselo a un niño de once años? Él sabe lo que soy. La sed de venganza y represalia me empujaron a entrar en este círculo, y ahora no hay manera de salir de él. Pero antes muerto que uno de mis hermanos se deje engañar.

    Estrujo la bandana con el puño.
    - Luis, no toques mis cosas. Sobre todo si son de los Latino Blood.
    - Me gusta el rojo y negro.

    Esto es lo último que necesito escuchar. - Si vuelvo a pillarte con esto puesto, lucirás el negro y el morado, pero en tu cara -le advierto- ¿Lo has entendido, enano?
    - Sí, entiendo -contesta encogiéndose de hombros.

    Me pregunto si realmente lo ha entendido al verlo marcharse de la habitación dando saltitos. Intento no pensar demasiado en ello mientras saco la camiseta negra y los vaqueros raídos y desgastados del armario. Cuando me ato la bandana a la cabeza, oigo a mi madre que me grita desde la cocina: Joseph, ven a desayunar antes de que se enfríe la comida. Vamos, date prisa.
    - Ya voy -contesto.

    Nunca entenderé por qué le da tanta importancia a la comida.
    Mis hermanos ya están hincándole el diente al desayuno cuando entro en la cocina. Abro la nevera para echar un vistazo a ver que hay dentro.
    - Siéntate.
    - Mamá, sólo voy a coger…
    - No cogerás nada. Joseph. Siéntate. Somos una familia y vamos a desayunar como una.

    Dejo escapar un suspiro, cierro la puerta del frigorífico y tomo asiento junto a Carlos. Ser miembro de una familia unida tiene a menudos sus desventajas. Mi madre coloca frente a mí un plato colmado de huevos y tortillas de maíz.
    - ¿Por qué no me llamas Joe? -Le pregunto bajando la mirada a la comida que tengo delante.

    - Si quisiera llamarte Joe, no me hubiera molestado en llamarte Joseph. ¿No te gusta tu nombre?

    Me pongo muy tenso. He heredado el nombre de mi padre, que al morir me dejó la responsabilidad que le toca asumir al hombre de la casa. Joseph. Joseph junior. Junior… a mí me da igual.

    - ¿Acaso importa? -mascullo mientras cojo una tortilla y entonces levanto la miraba para ver su reacción. Esta fregando los platos de espaldas a mí.
    - No.
    Joe quiere aparentar que es blanco -interviene Carlos- Cámbiate el nombre si quieres, hermano, pero todos verán a la legua que no eres más que un chicano.
    - Carlos, cierra la boca -le aviso.- No quiero ser blanco. Pero tampoco quiero que me comparen con mi padre.

    - Por favor, chicos -ruega mi madre- Ya basta de discusiones por hoy.
    - Eres un espalda mojada -canturrea Carlos provocándome otra vez.

    Ya he tenido más que suficiente, Carlos se ha pasado. La silla chirría contra el suelo cuando me pongo en pie. Mi hermano imita mis movimientos y se coloca frente a mí, acortando la distancia que nos separa. Sabe que podría llevarse un guantazo, pero es demasiado orgulloso. Uno de estos días dará con la persona equivocada y se meterá en un buen lío.
    - Carlos, siéntate -le ordena mi madre.
    - Cerdo chicano -me suelta arrastrando las palabras con falso acento forzado-. Mejor todavía eres un inmigrante.

    - ¡¡¡Carlos!!! -amonesta mi madre al acercarse, pero yo le corto el paso y agarro a mi hermano por el cuello de la camiseta.

    - Sí, eso es lo que la gente siempre pensará de mí -digo-. Pero también lo pensarán de ti si sigues diciendo estupideces.

    - Hermano, lo pensarán haga lo que haga, lo quiera o no.
    - Te equivocas Carlos. Las cosas no tienen por qué ser igual. Puedes ser mucho mejor que yo -contesto soltándole.
    - ¿Mejor que tú?

    - Claro que mejor que yo, no lo dudes ni un instante -respondo. Ahora pídele perdón a mamá por decir tantas barbaridades delante de ella.
    A Carlos le basta con mirarme una sola vez para saber que no estoy bromeando.
    - Lo siento mamá -dice, y acto seguido, vuelve a su silla. Aunque puedo percibir en su mirada el golpe que ha sufrido su orgullo.

    Mi madre se da la vuelta y abre el frigorífico, procurando que nadie la vea llorar. Maldita sea, está preocupada por Carlos. Mi hermano está en su segundo año de instituto, y los 2 siguientes van a ser decisivos. O madura o se echa a perder.

    Me pongo la chaqueta negra de cuero, tengo que salir de aquí. Doy un beso a mi madre en la mejilla y me disculpo por haberle estropeado el desayuno. Salgo de casa preguntándome cómo voy a arreglármelas para conseguir que Carlos y Luis un destino mejor y no acaben como yo. Vaya una maldita ironía.

    En la calle veo a unos cuantos chicos con bandana del mismo color que la mía y que me dirigen el saludo de los Latino Blood: se golpean el brazo izquierdo con la mano derecha, 2 veces, manteniendo el dedo anular doblado.

    Antes de subirme a la moto, les devuelvo el saludo a pesar de que me consume la rabia por dentro. Si quieren a un tipo duro como miembro de su banda, lo van a tener. Me he metido tanto en el papel que represento, que a veces me sorprendo a mí mismo.

    Joe, espera -me implora una voz de chica que me resulta familiar.
    Carmen Sánchez, mi vecina y ex novia, se acerca corriendo a mí.
    - Hola Carmen -farfullo.
    - ¿Qué tal si me llevas al insti?

    La minifalda negra deja al descubierto unas piernas increíbles y la camiseta ajustada realza unos pechos pequeños pero preciosos. Hubo una vez en la que podría haber hecho cualquier cosa por ella, pero eso fue antes del verano pasado, cuando la pillé en la cama con otro tío, o en el coche… lo mismo da.

    - Venga Joe, no muerdo… a no ser que tú quieras que lo haga.
    Carmen es mi chica Latino Blood. Seamos o no pareja, debemos cubrirnos las espaldas. Es nuestro código.
    - Sube -digo

    Carmen se sube a la moto de un salto, y mientras me abraza con fuerza el torso, acaba colocándome deliberadamente las manos sobre los muslos. Sin embargo, no surte el efecto que espera. ¿¿Qué piensa, qué he olvidado todo lo que pasó?? De ningún modo. Mi pasado define lo que soy en mi presente. Intento concentrarme en mi último año en Fairfield, en el aquí y ahora. Aunque es muy difícil hacerlo porque, por desgracia, lo más probable cuando termine el instituto, es que el futuro que me espera sea tan jodido como el presente.



Química Perfecta Capitulo 1




 Demi
Todo el mundo sabe que soy perfecta. Mi vida es perfecta, la ropa que visto es perfecta e incluso mi familia es perfecta. Y me he dejado la piel en guardar apariencias y hacer que los demás lo crean así, aunque todo sea una farsa. Esta imagen de ensueño se desvanecería si saliese la verdad a la luz.

 Estoy en pie frente al espejo del cuarto de baño, mientras la música suena a todo volumen en los altavoces, y por tercera vez, tengo que borrar la raya torcida que he trazado en el parpado interior. Me tiemblan las manos, maldita sea. El comienzo del último curso del instituto y el rencuentro con mi novio después de un verano separados no son motivos para angustiarme de esta manera, pero hoy me he levantado con el pie izquierdo. Primero, el rizador de pelo ha empezado a echar humo antes de dejar de funcionar. 

Luego se me ha caído el botón de mi camisa favorita. Y ahora el lápiz de ojos parece haber cobrado vida. Si pudiera elegir, me quedaría en la cama todo el día, comiendo galletas de chocolate recién horneadas.

 Demz baja -grita mi madre desde el vestíbulo sin que apenas pueda oírla. Mi primer impulso es no hacerle caso, pero eso no me ha traído otra cosa que discusiones, dolores de cabeza y más gritos.

  - Ahora mismo bajo -respondo, esperando que el lápiz de ojos me de tregua y pueda acabar por fin.

  Tras conseguirlo, lanzo el lápiz de ojos al armario y compruebo mi aspecto en el espejo hasta tres veces. Acto seguido, apago el equipo de música y bajo corriendo al vestíbulo.

 Mi madre me espera al final de nuestra espléndida escalera para estudiar mi atuendo. Me pongo recta. Lo sé. Lo sé. Tengo 18 años y no me tiene que importar lo que opine mi madre de mí, pero no sabéis lo que es vivir en casa de los Lovato. Mi madre tiene ansiedad, y no es el tipo de ansiedad que se pueda controlar fácilmente con la ingesta de unas pastillas de color azul. Y cuando ella se estresa, todos los que estamos alrededor sufrimos las consecuencias. Creo que esa es la razón por la que mi padre se marcha a trabajar antes de que se despierte, para no tener que lidiar con… bueno con ella.

 - Los pantalones son horribles, pero me encanta el cinturón -confiesa, señalando ambas prendas con el dedo índice-. Y ese ruido al que llamas música me estaba provocando jaqueca. Menos mal que la has apagado.
  - Buenos días a ti también, mamá -respondo antes de bajar los últimos escalones y darle un beso en la mejilla.

  El olor de su perfume es tan fuerte que me cuesta respirar cuando me acerco a ella. Lleva un vestido de Ralf Lauren de tenis que le hace parecer una ricachona. Pero, claro, nadie se atrevería a señalarla con el dedo y criticar su vestimenta.

  - Te he comprado uno de esos bollos que tanto te gustan para tu primer día de instituto -añade tras mostrar la bolsa que escondía en la espalda.
   - No gracias -contesto echando un vistazo a mi alrededor, buscando a mi hermana-  ¿Donde está Shelley?
    - En la cocina.
    - ¿Ha llegado ya su nueva cuidadora?
    - Se llama Baghda, y no, no llega hasta dentro de una hora.
    - ¿Le has dicho que la lana le provoca picores? ¿Y qué le tirará del pelo en cuanto se despiste? -pregunto.

    Mi hermana no soporta la sensación de la lana al contacto con la piel y suele hacérselo saber a los demás mediante pistas no verbales. Ahora le ha dado por tirar del pelo a los demás, y ya ha causado algún que otro desastre. Los desastres en mi casa son tan frecuentes como los accidentes de tráfico, así que es de vital importancia evitarlos.

    - Sí y sí. Le he soltado un buen sermón a tu hermana esta mañana, Demi. Si sigue dando guerra, llegara un día en que no haya cuidadoras dispuestas a encargarse de ella.

   Me dirijo a la cocina. No me apetece escuchar a mi madre una y otra vez de los arrebatos de ira de Shelley. Mi hermana está sentada en la mesa, en su silla de ruedas, intentado comerse su comida triturada, porque aunque tenga 20 años, sus limitaciones físicas no le permiten masticar y tragar como el resto de la gente. Como de costumbre, se ha manchado de comida la barbilla, los labios y las mejillas.

    - Oye Shelley -digo inclinándome hacia ella y limpiándole la cara con una servilleta.- Es mi primer día de clase. Deséame suerte.
    Mi hermana extiende sus vacilantes brazos y me lanza una sonrisa ladeada. Me encanta cuando sonríe.

    - ¿Quieres que te de un abrazo? -le pregunto, aunque conozco la respuesta de antemano.

    El médico nos dice que cuanto más interactuemos con Shelley, mejor se sentirá.
Mi hermana asiente. La estrecho entre mis brazos procurando que no pueda alcanzarme el pelo con las manos. Cuando me incorporo, mi madre suelta un grito ahogado. Para mí, es como el silbato del árbitro que detiene el curso de mi vida.
    - Demz no puedes ir al instituto así.
    - ¿Así como?

    - Mírate la camiseta -insiste negando con la cabeza y dejando sacar un suspiro de desesperación.

    Bajo la mirada y veo una enorme mancha húmeda en mi camiseta de Calvin Klein. Ups. La baba de Shelley. Un simple vistazo a la fatigosa expresión en la cara de mi hermana me dice lo que no puede expresar con palabras.

    - No pasa nada -digo, aunque en el fondo creo que ha arruinado mi aspecto perfecto.
    Mi madre humedece una toallita de papel en el fregadero y frota la mancha a conciencia, con una expresión ceñuda. Me hace sentir como si tuviera 2 años.
    - Sube a tu cuarto y cámbiate.

    - Mamá, sólo es melocotón -digo andándome con pies de plomo para que mi respuesta no desencadene un autentico combate a gritos. Lo último que quiero es hacer que mi hermana se sienta peor.

    - Es una mancha de melocotón. No querrás que la gente piense que descuidas tu aspecto.

    - Vale -cedo. Ojalá este fuera uno de los días buenos de mi madre, de esos en los que no me fastidia por tonterías.

    Le doy un beso a mi hermana en la coronilla para asegurarme que no piense que me he enfadado con ella por mancharme de baba.
    - Te veo después de clase -digo intentando mantener el entusiasmo matinal- Acabaremos nuestra partida de damas.

   Subo los escalones de dos en dos. Cuando llego a mi habitación, miro el reloj .Oh no. Son las 7:30. Mi mejor amiga, Sierra, se va a poner como loca si llego tarde a recogerla.

   Cojo una bufanda azul cielo del armario; estoy segura que me servirá. Si la coloco estratégicamente puede que nadie repare en la mancha.

   Cuando bajo de nuevo la escalera, mi madre me espera en el vestíbulo para estudiar mi aspecto por segunda vez.
    - Me encanta la bufanda.
    ¡¡¡¡Uf!!!!

  Al pasar por su lado, me pone el bollo en la mano.
  - Cómetelo por el camino.

Acepto el dulce. Mientras me acerco al coche, le hinco el diente sin mucho entusiasmo. Por desgracia, no es un bollo de arándanos, mi favorito. Es de plátano, pero está demasiado cocido. Me recuerda a mí, con aspecto exterior perfecto pero hecho papilla por dentro.

sábado, 23 de febrero de 2013

Química Perfecta



Argumento


Los chicos del instituto Fairfield, en los suburbios de Chicago, saben que las bandas de South Side y North Side no son precisamente elementos compatibles.

 De modo que cuando la líder de las animadoras Demetria Lovato y el pandillero Joseph Jonas se ven obligados a trabajar como compañeros de laboratorio en clase de química, los resultados prometen ser explosivos.

Pero ninguno de los dos adolescentes está preparado para la reacción} química más sorprendente de todas: el amor.

¿Podrán romper con los prejuicios y estereotipos que amenazan con separarles?

Próximamente.

De Secretaria a esposa capitulo 15






Pensó que también tendría a alguien a quien amar y valorar. La ecografía le había mostrado las primeras imágenes de su bebé y ella se había quedado cautivada y extasiada al verlas. Por no mencionar lo mucho que se había emocionado. Había deseado telefonear a Joe desde el hospital para pedirle que se acercara hasta allí, pero como no había sabido cuál sería la reacción de éste, había decidido no hacerlo y pedirle que simplemente se encontraran en su casa.
— ¿No te duele nada ni estás incómoda?
—No.

— ¡No debimos haber hecho el amor anoche!
Al percatarse de que la mueca que esbozó Joe reflejaba un gran arrepentimiento, Demi se quedó muy impresionada.
— ¿Perdona?

—Tal vez me comporté de una manera demasiado apasionada.
— ¡Lo que ha ocurrido no ha tenido nada que ver con el hecho de que hiciéramos el amor! —se apresuró en tranquilizarle ella. Pero de inmediato comprendió que no iba a convencerlo fácilmente... y se sintió profundamente conmovida.

Cuando él levantó la barbilla, la miró fijamente a los ojos.
— ¿Y qué te han recomendado hacer los médicos del hospital ahora que esto ha ocurrido? ¿Les explicaste que estamos a punto de viajar a Milán?
—Sí, lo hice.
— ¿Y?

—Me dijeron que no hay ningún problema y que debo seguir mi vida con normalidad, de verdad. Simplemente tengo que asegurarme de no esforzarme demasiado y de mantener el estrés físico y mental al mínimo, así como de comer adecuadamente y de descansar lo más que pueda.
— ¡Ahora estoy seguro de que tomé la decisión correcta cuando decidí llevarte a Milán!

Demi se quedó maravillada ante el hipnotizador océano azul celeste que la estaba mirando con una indiscutible autoridad e intensidad.

— ¡Cuanto antes nos alejemos de aquí, mejor! —continuó él—. No puedo garantizar el tiempo que hará en Milán en esta época del año, pero lo que sí que puedo asegurarte es que, cuando estemos allí, tendrás la oportunidad de descansar y relajarte como es debido. ¡Yo me aseguraré de ello! No hay duda de que has sufrido mucho más estrés del que te imaginas, Demerita.
Acercándose al otro lado del salón, Joe observó por la ventana la ya intensa lluvia que estaba cayendo.

A ella le pareció ver como se estremecía.
—Quizá...
— ¡No hay ningún quizá! —espetó él, negando con la cabeza. Estaba muy consternado.

Cuando se giró para mirarla, la expresión de su cara reflejó una gran determinación.

— ¡Me siento muy aliviado de haber logrado que dejaras de trabajar! Sólo espero que el estrés que sufriste no haya tenido un efecto perjudicial en el bebé. Personalmente no quiero arriesgarme a que tal vez algo más marche mal, así que, cuando lleguemos a Milán, voy a concertar una cita para que veas a un maravilloso ginecólogo que trabaja en la ciudad y así asegurarnos de que todo marcha como debe ser con tu embarazo. Según lo veo yo, tiene perfectamente sentido pedir una segunda opinión. ¡De esa manera podrás quedarte tranquila!

—Hablas como si finalmente creyeras que el bebé es tuyo —no pudo evitar decir Demi.

Joe, que dominaba su repentinamente inadecuado salón con su impresionante presencia y fascinante imagen, se mantuvo firme y la miró fijamente.
—Lo creo.

— ¿Qué... qué te ha hecho cambiar de opinión?
—Anoche —contestó él, encogiendo tensamente aquellos impresionantes anchos hombros que tenía... como si su breve comentario no necesitara más explicaciones.

Esperanzada, a ella se le alteró la sangre en las venas. Repentinamente se percató de que la idea de viajar a Milán con Joe no era tan desalentadora y, tras el susto que se había llevado aquella mañana, le apetecía cada vez más disfrutar de unas vacaciones.

Así mismo, pensó que sería también una oportunidad maravillosa para que él llegara a conocerla y para que ella lo conociera a él. Tal vez si pasaban juntos bastante tiempo, Joe llegaría a convencerse de que ella era una mujer en la que podía confiar, de que era una mujer que cuidaba y protegía con uñas y dientes a la gente que amaba, gente a la que jamás traicionaría.
Siempre había soñado con tener una familia propia y todo lo que necesitaba era una oportunidad.
— ¿Vamos a continuar con los planes de viajar hoy a Italia? —preguntó.
Joe miró la hora en su reloj de muñeca y asintió con la cabeza.

—Telefoneé al aeródromo justo antes de venir aquí; han logrado darnos un par de horas más de plazo para el despegue. ¿Has hecho ya las maletas?
—Comencé a hacerlas ayer por la noche, pero debido a lo que ha ocurrido esta mañana todavía tengo que empaquetar algunas cosas.

—Entonces... ¿por qué no vas a terminar de hacerlo ahora? En cuanto tengas todo preparado, nos dirigiremos al aeródromo.

Sintiéndose repentinamente cansada, así como también aliviada ante el hecho de que fueran a seguir adelante con el viaje, Demi asintió con la cabeza.
—Está bien —concedió—. Siéntate y ponte cómodo mientras me esperas.
— ¿Necesitas ayuda? No quiero que te esfuerces demasiado.
—Estaré bien.

— ¿Por qué me da la impresión de que llevas mucho tiempo diciendo eso mismo... tal vez demasiado tiempo?

Sonriendo tensamente, ella se giró para salir del salón antes de permitir que las lágrimas que estaban inundándole los ojos cayeran por sus mejillas. Se había llevado un susto muy grande y sólo fue en aquel momento cuando comenzó a darse cuenta de la importancia de lo que había ocurrido.
— ¿Demetria?

Durante un intenso momento, al acercarse Joe a ella, Demi pensó que iba a besarla. La idea de que él la abrazara y fuera cariñoso con ella le pareció divina. Se percató de que había estado ansiando justo aquello desde el momento en el que lo había visto esperándola en la puerta de su piso.
—Dime —contestó, secándose con la palma de la mano una lágrima que finalmente no había podido evitar derramar.

—Estamos haciendo lo correcto... me refiero a ir a Milán. No quiero que te preocupes por nada. Todo estará bien, pequeña.

Tras decir aquello, como tratando de controlar el impulso de estar cerca de ella por razones que sólo él conocía, Joe simplemente le acarició delicadamente la mejilla en vez de abrazarla y Demi no pudo negar que se sintió extremadamente decepcionada.

—Será mejor que me ponga en marcha y termine de hacer las maletas —comentó, moviéndose con determinación. A continuación se apresuró en cerrar la puerta tras ella.

Durante el vuelo a un aeródromo privado cercano a Milán, Joe apenas fue capaz de quitarle los ojos de encima a Demetria. Ésta había estado dormida durante la mayor parte del trayecto, pero aquello apenas había logrado tranquilizarlo. Desde que se había enterado del susto que se había llevado ella aquella misma mañana, no había parado de darle vuelcos el estómago, unos vuelcos que cada vez eran más intensos y que le habían hecho sentirse invadido por un profundo terror ante la idea de que Demi pudiera perder el bebé.

Se preguntó a sí mismo si el destino podría llegar a ser tan cruel como para permitirle tener esperanzas de tener un hijo... y después arrancarle cruelmente esas mismas esperanzas del alma.

Asimismo se planteó el efecto que perder el bebé podría tener en Demetria. Estaba seguro de que los intentos de ella de convencerlo de que todo estaba bien escondían un sincero miedo de que no fuera de aquella manera. Naturalmente quería consolarla, pero aquella fuerza que en ocasiones se apoderaba de ambos no tenía límites y, después del susto de aquella mañana, suponía que debían tener cuidado.

 Aquélla era la razón por la cual no se había dejado llevar por su instinto de abrazarla cuando Demetria había regresado del hospital. Sentía un miedo muy profundo de que su deseo de estar con ella fuera a consumirle y abrumarle de nuevo.

Suspiró y negó con la cabeza. Pensó que, en ocasiones, aquella fascinante mujer parecía tener mucha fuerza, pero que, en otras, reflejaba una cierta fragilidad que le recordaba que también era muy vulnerable.