viernes, 6 de julio de 2012

CUATRO NOCHES DE PASIÓN Cap 9 Niley



DOS NOCHES más tarde, Miley se encontraba bebiendo un excelente champán en el imponente vestíbulo de una mansión del elegante sector de Rose Bay.
Los invitados, algunos conocidos, se mezclaban entre ellos y la conversación fluía con facilidad. Sin embargo, a pesar de la velada y de los invitados, nada le impactaba tanto como la presencia del hombre que estaba a su lado.
Nick Jonas exudaba encanto, solícito interés y demasiada química sensual para la paz mental de cualquier mujer. Especialmente para la paz de ella, así que su tensión nerviosa aumentaba a cada minuto.
No deseaba encontrarse allí. Sobre todo, no deseaba que la vincularan de ninguna manera a Nick Jonas.
Sin embargo estaba unida a él, atrapada por hilos invisibles y el reloj avanzaba hacia el momento en que iban a encontrarse a solas.
-¿Más champán? -preguntó Nick al tiempo que indicaba la copa vacía que tenía en la mano.
Estaba demasiado cerca para su comodidad. Era demasiado consciente de su presencia, de su fino traje, del aroma de su varonil perfume exclusivo y del hombre bajo ese sofisticado exterior.
-No, gracias -respondió con cortesía.
Con una copa bastaba. La noche era joven, pronto servirían la cena, y ella valoraba demasiado su reputación social y su autoestima como para pasar las próximas horas en una neblina alcohólica.

La elección del traje no fue fácil. Tras descartar varios, al final optó por un vestido de seda roja cortado en capas con un suave escote drapeado y finos tirantes en los hombros. Un leve maquillaje acentuaba los ojos y el pelo iba atado en un moño en la nuca. En el cuello lucía un collar de cadenas unidas entre sí con pendientes a juego.
La preparación del neceser de viaje fue sencilla. Había puesto unas cuantas prendas y unos artículos de aseo. Un neceser que Nick puso en el maletero de su coche cuando ella bajó al vestíbulo.
No hubo un saludo manifiesto por parte de él. No hizo el menor intento de tocarla cuando ella se instaló en el elegante Aston Martín.
Durante el breve trayecto a la casa de sus anfitriones la conversación había escaseado... posiblemente a causa de las respuestas monosilábicas de Miley.
¿Qué esperaba? ¿Que sonriera, riera y actuara como si esa fuera una cita?  Él la había convertido en parte de un trato de negocios y ella lo odiaba por eso. Casi tanto como verse en una tertulia llena de invitados durante varias horas.
Invitados que indudablemente sentían curiosidad por la mujer que Nick había elegido como acompañante para esa velada. ¿O la curiosidad se debía tal vez a su elección de compañero?
¿Es que los apuros financieros de los Cyrus ya habían empezado a circular en sociedad? Y si así fuera, ¿en qué contexto aparecía Miley Cyrus junto a Nick? ¿Y los comentarios harían alusión a que la fusión de las empresas se había desplazado de la sala de juntas al dormitorio?
Miley se dijo que no le importaba... y sabía que mentía.
La cena. Santo cielo, ¿cómo podría probar bocado? En ese momento sentía un apretado nudo en el estómago.

-Relájate -dijo Nick mientras tomaban asiento en una mesa puesta con toda elegancia.
-Estoy perfectamente relajada -replicó ella con una sonrisa sorprendente.
Había numerosos platos que se complementaban perfectamente, preparados con el arte y talento de un chef profesional.
Todos, incluso Miley, felicitaron a los anfitriones.

Durante la cena conversó con los otros invitados, según las normas sociales a las que estaba perfectamente habituada, aunque más tarde no recordara casi nada de lo que se había hablado.
Nick estaba allí, como una presencia constante, y la tensión se aceleraba a medida que transcurría la velada. Casi olvidaba respirar cuando sentía el roce de su mano al llenarle la copa de agua.

Miley empezó a rezar para que acabara la cena. Al menos cuando estuvieran solos podría quitarse la máscara social y entregarse al cruce de espadas verbal con él.
Durante el café. Nick no parecía tener prisa en marcharse y eran casi las once cuando se despidieron de los anfitriones.
Hicieron en silencio el corto trayecto hasta el sector de Point Piper y el cuerpo de Miley se puso rígido cuando él activó la verja electrónica del camino de entrada, estratégicamente iluminado, que conducía a una gran casa cuya arquitectura exterior e interior había aparecido en una elegante revista de actualidad.

CUATRO NOCHES DE PASIÓN Cap 8


Nick había ganado y ambos lo sabían. Había una sola cosa que ella podía esperar..., su silencio.
-Tienes mi palabra -dijo Nick con tranquilidad, como si le hubiera adivinado el pensamiento.
-Por lo que debería estar muy agradecida, ¿verdad?                
Él no contestó.
-¿Por qué no te sientas? -sugirió al tiempo que se acercaba a un pequeño bar. Sacó del refrigerador una botella de agua, llenó un vaso y se lo puso en la mano.
Después se acercó a la mesa y apoyó una cadera en el borde.
-¿Empezamos de nuevo?
—Te escucho.
¿Se daba cuenta de su aspecto tan vulnerable? Los sorprendentes ojos azules lo miraban, atrapados.
Nick recordó su sabor de entonces, su fragancia, la suave respuesta tentativa. Había querido imprimir su sello en ella, sin saber exactamente el motivo. ¿Tal vez por el deseo de conmocionarla, de castigarla? ¿O quizá darle una lección para que tuviera cuidado con los hombres cuya necesidad primordial era el sexo?
Pero, en cambio, había sido ella la que dejó en él un recuerdo persistente, que inesperadamente removió su espíritu y también su anatomía. Una adolescente tentadora, inconsciente de su poder femenino. Diego se preguntó cómo habría reaccionado si él se hubiera aprovechado de su juventud.
Las niñas de dieciséis años no entraban en sus pensamientos. Especialmente cuando esa chica en particular, de dieciséis años, era la adorada hija de uno de los magnates de la industria en Sidney. El hermano, dos años mayor que ella, debió haberlo pensado mejor antes de llevarla a una fiesta donde abundaban el alcohol y las drogas. Una situación que les había hecho ver antes de llevarse a los hermanos de la fiesta.
Nick había tenido pocas relaciones. Había disfrutado de las mujeres tomando lo que gustosamente le ofrecían sin ánimo de mantener relaciones estables. En cuanto al compromiso... en su vida no había ninguna mujer que hubiese deseado exclusivamente para sí. El amor eterno era un mito.
Durante el año anterior tan sólo una mujer había atormentado sus sentidos, aunque ella había desdeñado todas sus invitaciones y había tenido que contentarse con un saludo cortés cuando se encontraban en alguna reunión social.
Hasta ese preciso momento.
-Tan pronto como se haya satisfecho nuestro acuerdo personal firmaré los documentos para el traspaso de fondos.
-¿Y cuando piensas dar comienzo a nuestro «acuerdo personal»? -preguntó ella.
-Cualquiera diría que piensas que el sexo conmigo es un castigo.
-Tu ego debe de ser desmesurado si imaginas que para mí sería un placer.
-Valientes palabras para quien ignora la clase de amante que soy.
El instinto le advirtió a Miley que se enfrentaba a un hombre experimentado. Lo veía en su mirada oscura... en la confianza en sí mismo que posee un hombre muy versado en los deseos de las mujeres.
-Vaya...
-El miércoles asistiré a una cena. Iré a buscarte a las seis y media. Lleva un neceser con todo lo que necesites para la noche.
Una risa histérica nació y murió en la garganta de Miley. ¿Tan pronto? Bueno, al menos así la primera noche acabaría al fin. Y entonces le quedaría una más y un fin de semana.
¿Y las otras noches?
Cielo santo, ¿cómo podía su voz sonar tan serena?
-El sábado y el siguiente fin de semana. Un millón de dólares será depositado en la cuenta de Cyrus después de cada una de las veladas que pases conmigo. Y a partir del lunes siguiente se pagarán todas las deudas a los acreedores.
-La condición que aparece tan sutilmente expuesta en el documento no me ofrece ninguna fiabilidad. ¿Cómo puedes garantizarme que no vas a invalidar tu oferta alegando que la condición no se ha cumplido a tu entera satisfacción?
-Tienes mi palabra.
-Lo siento, pero eso no es suficiente.
-¿No confías en mí?
-No.
-¿Qué deseas entonces?
-Un documento en el que aparezca el detalle de esas noches en tu compañía, que no pasarán de doce horas, y que asegure que el cumplimiento de tu parte del trato no estará condicionado a mi comportamiento sexual durante ese tiempo. El documento original será destruido cuando deposites el dinero en la cuenta de Cyrus.
Más tarde, Miley observó cómo redactaba el documento en el ordenador portátil, lo imprimía por duplicado, lo firmaba y luego se lo tendía.
Bueno, el contrato no se había realizado ante un notario, aunque eso era mejor que nada.
Después, Nick Jonas la condujo hasta el vestíbulo y llamó el ascensor.
-El miércoles a las seis y media.
-No puedo decir que haya sido un placer verte -comentó Miley mientras oprimía el botón de bajada.

La Inocente Novia Del Jeque Cap 11

QUIERO que averigües dónde está trabajando Demi Ross porque quiero hablar con ella en privado. Disponlo con la máxima discreción -le dijo Joe a su secretario privado, que a duras penas consiguió disimular su sorpresa.
Una vez a solas, Joe se quedó mirando las rosas rojas que había en el florero situado junto a la ventana. A continuación, acarició delicadamente uno de los pétalos y pensó en los labios de Demi.
Aquello lo hizo maldecir pues, aunque la pasión de aquella mujer lo había sorprendido, no debía permitir que sus pensamientos volvieran una y otra vez a ella.
Al cabo de unos minutos, llamaron a la puerta y entró lady Selena, con la que había quedado para hacer la lista de la próxima fiesta que iba a tener lugar en el castillo y que ella, como en otras ocasiones, iba a organizar.
Al verlo, lady Selena sonrió encantada y Joe le devolvió la sonrisa, pero no era una sonrisa de complicidad como otras veces porque ahora lo cierto era que aquella mujer se le hacía demasiado obvia comparada con Demi y no lo atraía.
Demi estaba limpiando los ventanales de la galería y, como de costumbre, se quedó mirando el piano de cola que había en aquella estancia y se preguntó si todavía sería capaz de tocar.
Hacía muchos años que no lo hacía y, en cualquier caso, no se atrevía a tocar una pieza tan antigua sin permiso.
Su madre había sido profesora de música antes de casarse y se había encargado de que su hija fuera una maravillosa pianista.
Demi había llegado incluso a sustituir con asiduidad al organista en la iglesia, pero cuando la gente había comenzado a comentar lo bien que lo hacía, su padre había decidido que la música era una frivolidad, había vendido el piano y le había prohibido volver a tocar.
Aquello le había roto el corazón a su madre y había sido entonces, aquel mismo día, cuando Demi se había jurado que algún día tendría un piano propio que podría tocar tantas horas al día como le diera la gana.
En aquel momento, apareció un hombre y le pidió que pasara a la sala a limpiar un servicio de té que había caído al suelo. Demi asintió, agarró un trapo y rezó para que no se hubiera manchado una de las valiosas alfombras del castillo.
Afortunadamente, sólo se había derramado un poco de leche sobre el suelo de madera y Demi no tardó nada en recogerlo.
Cuando se incorporó, el hombre había desaparecido y Demi se encontró en un precioso salón lleno de flores.
Cuando se disponía a retirarse, se abrió otra puerta y apareció Joe. Demi no pudo ni moverse del sitio. Estaba tan guapo, que no pudo evitar quedarse mirándolo fijamente.
-Espero que me perdones por haber dispuesto este encuentro.
-¿Lo tenías planeado? -se sorprendió Demi.
-Sí, quería hablar contigo a solas. Quería verte, quería pedirte perdón por cómo me comporté el otro día. Lo que hice fue inapropiado, una equivocación por mi parte.
Demi lo miró con la boca abierta.
-Pero yo...

-Tú no tuviste absolutamente ninguna culpa.
Demi quedó gratamente sorprendida al comprobar que Joe no se había dejado llevar por el orgullo sino que, lejos de ello, había querido verla para pedirle perdón. Seguramente, cualquier otro hombre en su posición, no se habría tomado la molestia de hacer eso por una empleada.
-Yo también tuve mi parte de culpa -insistió Demi.
-No, tú eres muy joven y la inocencia no es ninguna culpa —murmuró Joe con amabilidad.
Demi lo miró a los ojos y Joe recordó la tarde en la que se habían conocido, aquel momento en el que se había fijado en su pelo dorado y sus ojos como esmeraldas y se dijo que debía comportarse como un hombre adulto y no como un adolescente que no puede dejar de pensar en la chica que le gustaba.
-Yo...
-Supongo que no querrás que la gente se entere de que has estado a solas conmigo, así que no es inteligente que nos quedemos mucho tiempo charlando -la interrumpió Joe.
Demi bajo la cabeza avergonzada.
-No me gusta que hagas trabajos tan duros porque no pareces muy fuerte -comentó Joe.
-Te aseguro que soy fuerte como un caballo percherón -rió Demi-. Aunque no quede muy bonito decirlo...
Joe se quedó mirándola unos segundos, hasta que pudo reaccionar y sacarse del bolsillo una tarjeta de visita.
-Si alguna vez necesitas ayuda, no dudes en llamarme a este número.
Demi tuvo que hacer un gran esfuerzo para disimular su sorpresa porque Joe no estaba flirteando con ella y ella se moría por que lo hiciera.
Tragando saliva, aceptó la tarjeta, se la guardó y volvió a su trabajo.
Aquella misma semana, volvía a casa una tarde en bicicleta cuando su rueda trasera pinchó.

Lo peor era que no llevaba bomba ni parches para arreglarla y estaba lloviendo.
A pesar de que intentó remolcar la bicicleta a toda velocidad, pronto se encontró calada hasta los huesos, así que, cuando un gran coche paró a su lado, se asustó porque no lo había visto.
-Hola, te llevo a casa -dijo Joe bajando la ventanilla.
A Demi le hubiera gustado negarse, pero resultó completamente imposible porque el conductor, siguiendo las instrucciones de Joe, estaba metiendo la bicicleta en el maletero.
-De verdad... no hacía falta que pararas. Podría haber ido andando perfectamente... estoy calada y te voy a poner el coche perdido... -balbuceó Demi entrando en la limusina.
Sin embargo, al percatarse de que Joe no viajaba solo, calló inmediatamente y se sonrojó de pies a cabeza.


La Inocente Novia Del Jeque Cap 10


Joe se sintió como un pirata que podría haberla tomado entre sus brazos, haberla tumbado en la mesa y haberla poseído de manera tan exquisita y placentera, que Demi se habría convertido voluntariamente en su esclava.
La sonrisa de Joe cautivó a Demi y se preguntó qué sentiría si la besara.
Entonces, de repente, se dio cuenta de lo que estaba pensando y bajó la cabeza avergonzada, sintiéndose una mujerzuela.
-Tengo que volver al trabajo -murmuró ella.
-No es eso lo que te apetece hacer.
-No... -admitió Demi.
-¿En qué estabas pensando? -quiso saber él.
Demi se estremeció.
Venga, dímelo y no me mientas.
-Me estaba preguntando qué sentiría si me besaras...
Joe murmuró algo en árabe, la tomó de los antebrazos y se acercó a ella. Sentía la sangre latiéndole en las sienes y no podía pararse a escuchar a la vocecilla que dentro de su cabeza le advertía que no debía hacerlo.
-Deja que te lo demuestre...
Acto seguido, Demi sintió aquellos maravillosos labios en la boca. El beso de Joe fue firme y apasionado, pero no lo suficiente como para satisfacer el increíble deseo que Demi sentía en la más profundo de su ser.
Demi  se puso de puntillas y le pasó los brazos por el cuello, acariciándole el pelo. Se sentía como si estuvieran dentro de una tormenta, como si el mundo girara a toda velocidad alrededor de ellos.
La excitación se había apoderado por completo de su cuerpo y ahora lo único que importaba era la potente sensación de tener a Joe tan cerca, pegado a su piel, sentir sus brazos, sus manos y su lengua.

Demi estaba tan entregada a lo que estaba haciendo, que cuando alguien habló en árabe por el interfono no pudo evitar dar un respingo asustada.
-¿Quién es ése? ¿Qué ha dicho? -preguntó.
-Es mi secretario personal y me informa de que ha venido una persona a verme -contestó Joe.
Se hizo el silencio entre ellos.
Demi no se atrevía a mirarlo y, de repente, abrió la puerta que tenía cerca y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
A Joe le habría gustado correr tras ella y disculparse, pero lo estaban buscando y era obvio que Demi estaba disgustada, así que sería una locura arriesgarse a que se produjera una escena que lo único que haría sería atraer la atención sobre ella y acrecentar su vergüenza.
¿Qué demonios le había pasado? No entendía cómo había podido perder el control de aquella manera y estaba furioso por ello. Había sido como si su libido se hubiera desbordado y él no hubiera podido hacer absolutamente nada para someterla.
Demi se miró al espejo y comprobó que había un brillo de culpabilidad y de sorpresa en sus ojos, que tenía los labios enrojecidos y que sentía el cuerpo más prieto y voluminoso que nunca.
La culpa y la vergüenza se apoderaron de ella con saña. ¿Cómo se había atrevido a decirle al príncipe Joe que se estaba preguntando qué sentiría si la besara? ¡Se había comportado como una fulana!
Intentó concentrarse en el trabajo, pero no podía olvidar cómo había respondido al beso de joe. Jamás se le había ocurrido que un hombre pudiera hacerla reaccionar de aquella manera, pudiera hacerla estremecerse de pasión, una pasión que ni siquiera era consciente de poseer hasta aquella tarde.
No conocía al príncipe absolutamente de nada y, sin embargo, no habría dudado en entregarse a él.
¡Le parecía tan irresistible que habría permitido que le hiciera cualquier cosa y lo que peor la hacía sentirse era que había sido él quien había dejado de besarla al oír a su secretario por el interfono!
Aquella tarde, al salir del trabajo, Demi estaba montándose en la bicicleta cuando se percató de que un hombre la miraba fijamente desde un descapotable.



Hola, soy Kevin Judd, fotógrafo de moda -le dijo desde la distancia-. ¿Es usted consciente de lo increíblemente guapa que es? Si fuera también fotogénica, podría ser una de las mejores modelos del mundo, ¿sabe? -añadió acercandose-. ¿Le parece bien que quedemos para hacerle una sesión de fotografías?
-No, gracias -contestó Demi.
-¿Pero no me ha oído lo que le he dicho?
-Déjeme en paz -le dijo Demi alejándose pedaleando a toda velocidad.



La Inocente Novia Del Jeque Cap 9


En aquel momento, la jefa de personal vino a buscarla para preguntarle si podía cubrir el turno de una compañera que se había puesto enferma y Demi accedió encantada, pues eso significaba más dinero y menos horas en casa.
Agradecida, se puso a abrillantar los suelos de aquella parte del castillo que no conocía y de la que normalmente se encargaba su compañera.
Así que era polaco, ¿eh? Un albañil de Polonia. Entonces, lo del acento británico de clase alta debía de haber sido imaginaciones suyas.
En aquel instante, le entraron ganas de saberlo absolutamente todo sobre Polonia, pero, ¿por qué se preocupaba tanto por un hombre al que no iba a volver a ver? Él trabajaba fuera y ella, dentro. El castillo era inmenso y había mucho personal trabajando en él, así que era prácticamente imposible encontrarse por casualidad.
A no ser, claro, que él la buscara. ¿Y por qué lo iba a hacer cuando ella le había gritado? Si fuera como Jeanie, sería ella la que iría a buscarlo a él. Menos mal que no se parecía a su amiga. Claro que la idea de no volver a verlo la hacía sentirse vacía y triste.
De repente, la máquina dejó de funcionar y, al girarse, Demi se encontró con un joven vestido de chaqueta y corbata.
-Señorita, por favor, estamos en una reunión muy importante y esa máquina hace un ruido espantoso. .. ¿Le importaría irse a limpiar a otro sitio? -le dijo en tono furioso.
-Ahora mismo -murmuró Demi.
-Que sea la última vez que le hablas así a uno de mis empleados -murmuró otro hombre en tono glacial.
-Lo siento mucho, alteza -se disculpó el primero sonrojándose de pies a cabeza.
Al ver al segundo hombre, Demi se quedó sin aire en los pulmones, pues era el hombre de la moto.
¿El hombre al que había conocido en la colina era el príncipe Joe? No, no podía ser. Era cierto que le había dicho que aquellas tierras eran suyas, pero Demi había creído que le estaba tomando el pelo.
Rápidamente, recogió el cable de la máquina e intentó salir de allí a toda velocidad, pero estaba nerviosa y le sudaban las palmas de las manos, lo que entorpecía sus movimientos.
-Deje que la ayude con eso...
-¡No! -exclamó Demi horrorizada al girar la cabeza y encontrarse con Joe muy cerca de ella-. Perdón... -añadió alejándose por el pasillo hacia la primera puerta abierta que vio.
Joe dudó un segundo, frunció el ceño molesto y sorprendido ante el comportamiento de la joven y fue hacia ella.
-Demi...
-¡Se supone que no debe hablarme! -exclamó Demi con la respiración entrecortada.
-No digas tonterías.
-¡No son tonterías! ¿Qué quiere de mí? ¿Quiere que le pida perdón? Muy bien, pues se lo pido. Perdón por haberle gritado por conducir su motocicleta como un loco. Perdón por interrumpir su importante reunión... ya está... eh... majestad -dijo Joe abriendo la puerta y perdiéndose dentro de la nueva estancia.
Joe se apresuró a seguirla.
-¡No te muevas! -murmuró-. Debes hacerme caso cuando te hablo.
-¡Eso va contra las normas! -se defendió Demi.
-¿Qué normas? -rió Demi.
-Las normas del castillo. Se supone que el personal de servicio debe desaparecer cuando usted aparece...
-No cuando yo quiero hablar con uno de ellos -la interrumpió Demi.
-Me va a meter usted en un buen lío... nadie sabe que nos hemos conocido el otro día y yo no quiero que se enteren.
-No hay problema -contestó Joe abriendo una puerta que había a su derecha-. Hablaremos aquí.
Demi tomó aire y entró en una sala de reuniones elegantemente amueblada.
-¿Por qué quiere hablar conmigo?
Demi pensó que jamás había oído una pregunta tan rara.
Era obvio que a cualquier hombre le gustaría hablar con aquella belleza de piel cremosa color marfil y perfil de una elegancia y perfección maravillosas.
La falta de vanidad y la ingenuidad de aquella mujer lo sorprendieron sobremanera. Estaba acostumbrado a que todas las mujeres se interesaran por él, algunas, de forma directa, otras, de una manera más sutil. Si él mostraba el más mínimo interés por alguna chica, se deshacían en cumplidos y se ponían a sus pies.-¿Por qué no le has contado a nadie que nos conocemos?
Demi fijó la mirada en los preciosos zapatos de Joe.
-Porque se suponía que no tendría que haber estado aquella tarde en la colina.
-¿Y eso?
Demi no sabía qué contestar. No quería admitir que su padre la tenía completamente controlada, pero la alternativa de mentir se le hacía insoportable porque no estaba acostumbrada a hacerlo.
-Te he hecho una pregunta -insistió Joe.
Demi levantó la cabeza.
-No tendría que haber estado aquella tarde en la colina porque a mi padre no le gusta que salga sin su permiso. Además, estaba leyendo una revista y me lo tiene prohibido.
-Perdón, no debería haber insistido -se disculpó Joe al comprender que la había avergonzado-. Sentía curiosidad.
Demi tragó saliva.
-Yo también sentía curiosidad...
Joe se quedó de piedra ante la sincera admisión, pues no estaba acostumbrado a que lo trataran así y pronto comprendió que había sido culpa suya por haber entrado a tratar temas personales.
Se apresuró a recordarse que aquella chica trabajaba pera él y que estaban a solas en una habitación porque era su empleada y confiaba en él, así que no debía aprovecharse de la situación.
Daba igual que la atracción entre ellos fuera mutua.
Demi no podía dejar de mirarlo a los ojos.
-El otro día, me dijiste que alguien había entrado en moto en las tierras de tu padre y las había estropeado. He hecho que investigaran el caso y, efectivamente, un empleado del castillo ha sido el culpable. Ya se lo hemos dicho y la situación no se volverá a repetir. Nos pondremos en contacto con tu padre para informarle de lo ocurrido y para dejarle bien claro que yo corro con los gastos de lo estropeado.
-Ah... -contestó Demi desde otro mundo.
-¿Qué te acabo de decir? -preguntó Joe, dándose cuenta de que Demi no lo había escuchado.
-Algo de los campos de mi padre... -contestó Demi.
-No estabas escuchando -murmuró Joe, satisfecho.
Le encantaba que Demi no pudiera concentrarse estando tan cerca de él. Le encantaba que tuviera la respiración entrecortada y los pezones endurecidos.








-


miércoles, 4 de julio de 2012

La Inocente Novia Del Jeque Cap 8


CUATRO días después, Joe se levantó de la cama a las tres de la madrugada y entró en su lujoso baño para darse otra ducha de agua fría.
Se sentía como si lo hubieran embrujado y, mientras el agua resbalaba por su fuerte y musculoso cuerpo, gritó enfurecido.
Ninguna mujer le había perturbado el sueño antes.
Había algo en Demi Ross que había desatado su imaginación hasta cotas de creatividad erótica insuperables.
La idea de que se convirtiera en su amante lo tenía obsesionado y le hacía tener fantasías sexuales de las que no se podía liberar.
Incluso dormido, su cerebro revisaba una y otra vez el breve encuentro que había tenido lugar entre ellos y lo transformaba hasta convertirlo en un encuentro apasionado y salvaje más del gusto sexual masculino.
No poder controlar su mente lo enfurecía.
Joe apoyó la frente en las baldosas de mármol y pensó en Camila, algo que no se permitía muy a menudo porque no era hombre de pensar en lo que no podía ser.
Recordó a Camila, mujer de preciosos ojos oscuros y gran corazón, aquella mujer con la que jamás podría casarse porque, a pesar de que no eran parientes de sangre, la madre de Camila lo había amamantado durante un periodo de tiempo y su religión prohibía el casamiento entre hermanos de leche.
Joe no había sabido lo que era el amor hasta el día en el que durante una boda interminable había visto a una preciosa chica de pelo color castaño que jugaba con los niños y les hacía trucos de magia.
Camila se había convertido en toda una mujer mientras él estaba trabajando en el extranjero y se había formado como profesora.
Al principio, ni siquiera la había reconocido, pues la última vez que se habían visto era tan sólo una niña.
Entonces, se había dado cuenta de que quería casarse con ella y en ese mismo instante habían comenzado sus tribulaciones y sus sufrimientos.
Ahora, le sucedía lo mismo.
Aunque no se atrevía a comparar el deseo lujurioso que sentía por Demi Ross con el sincero amor que lo atraía hacia Camila, lo cierto era que volvía a verse atrapado por una mujer a la que no podía tener.
Joe recapacitó y se dijo que, tal vez, aquel mal que lo aquejaba venía dado por demasiado tiempo de abstención sexual y decidió que aquello solamente lo podía curar una mujer abierta y decidida.
Y sabía exactamente a quién recurrir.


Selena Anstruther, la dueña de la propiedad vecina, una viuda de gustos muy caros, pero que no había quedado demasiado bien económicamente y que nunca había ocultado que estaba interesada en él.

En el descanso de la mañana, Jeanie miró a Demi y frunció el ceño.
-¿Te pasa algo? Tienes ojeras, como si no hubieras dormido bien.
-Estoy bien... -murmuró Demi.
Lo cierto era que llevaba varias noches sin poder conciliar el sueño, incapaz de dejar de pensar en el misterioso conductor de la motocicleta y, cuando se metía en la cama y cerraba los ojos, él volvía a protagonizar sus sueños, cuyo contenido Demi jamás se habría atrevido a compartir con nadie.
-¿Algún problema en casa? -insistió Jeanie.

-No -contestó Demi-. El otro día me tropecé con un motociclista, el viernes por la tarde... creo que está alojado en el castillo... -añadió mordiéndose el labio inferior.
-Por aquí siempre hay un montón de caras nuevas y da la casualidad de que ha venido un escritor para documentarse sobre la historia del castillo y un pajarito me ha dicho que llegó en moto -contestó Jeanie-. Sin embargo, no creo que sea tu príncipe azul porque es bastante mayor.
-No, el hombre del que yo te hablo no es mayor -le corroboró Demi-. Era joven y parecía de otro país...
Ah... ése! -exclamó Jeanie-. Es el albañil polaco que está encargándose del nuevo establo. ¿Es alto, moreno, de piel bronceada y muy guapo?
Demi asintió cuatro veces como una marioneta.
-Lo vi en el pueblo el sábado por la noche. Desde luego, jovencita, tienes buen gusto.
Demi enrojeció de pies a cabeza.
-¿Sabes si está casado? -consiguió preguntar.
-No, no está casado -rió Demi-. Ahora entiendo por qué estás en las nubes. ¿Hablaste con él? ¿Ha sido un flechazo?

-¡Jeanie! Yo simplemente estaba dando un paseo, nos encontramos y hablamos durante un minuto. Era sólo curiosidad.
-Ya, sólo curiosidad, claro... -sonrió Jeanie-, Con lo guapa que eres, no vas a tener ningún problema en conseguir una cita con él. Otra cosa será que a tu padre le parezca bien.
-No voy a tener ningún problema con mi padre porque no quiero salir con él -le aseguró Demi-. Por favor, no vayas por ahí hablando de esto. Si mi padre se entera, me mata.
-Demi, no te preocupes, nadie de por aquí te haría la faena de irle con un cotilleo así a tu padre. Después de la pelea que tuvo en la iglesia, todo el mundo le tiene miedo.
Demi bajó la cabeza avergonzada.




La Inocente Novia Del Jeque Cap 7


-Por supuesto, le pido perdón por asustarla.
-Bueno, yo también le pido perdón por haber dicho que había sido usted el que había entrado en las tierras de mi padre con la motocicleta y las había estropeado -contestó Demi.
-¿Estaba usted leyendo? -preguntó Joe recogiendo la revista de Demi del suelo.
-Sí, gracias -contestó Demi aceptándola y sonrojándose al ver que Joe la miraba intensamente.
Joe tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar su deseo pues los labios de aquella mujer y sus preciosos y firmes pechos le hacían desearla con tanta intensidad, que estaba atónito.
-¿Le habrá pasado algo a la moto? -preguntó Joe, nerviosa, pues se había dado cuenta de que entre ellos se había instalado una extraña tensión cuyo origen no acertaba a vislumbrar.
-No creo -contestó Joe.
Había conseguido controlarse, sí, pero estaba enfadado consigo mismo porque no entendía cómo se sentía atraído por aquella mujer. Por muy guapa que fuera, él estaba acostumbrado a mujeres increíblemente bellas, así que no era aquélla la razón.
-¿Va usted muy lejos? -quiso saber Demi.
En otra circunstancia, jamás se hubiera atrevido a preguntar algo así a un desconocido, pero lo cierto era que sabía que aquel hombre se iba a ir y no quería que se fuera.
-No, voy al castillo -contestó Joe , levantando la motocicleta del suelo.
Podría haberle dicho quién era, pero decidió que no había motivo para hacerla pasar tal vergüenza porque lo más probable era que jamás volvieran a verse.
Demi supuso que el motociclista estaba pasando una temporada invitado en el castillo en el que ella trabajaba y rezó para que no diera un mal informe de ella a nadie porque, de ser así, perdería el trabajo y su padre se enfadaría.

Joe se puso el casco, puso la motocicleta en marcha, se montó y se alejó sin siquiera mirarla, pero pensando en ella, en sus maravillosos ojos verdes y en que parecía asustada e infeliz, lo que lo llevó a preguntarse qué tipo de vida llevaría con aquel padre fanático del que le había hablado el encargado del castillo.
De repente, se encontró preguntándose si Demi Ross estaría dispuesta a convertirse en su amante.
Joe se enfureció consigo mismo por semejante pensamiento pues tener una amante implicaba una relación y él prefería saltar de cama en cama sin comprometerse con ninguna mujer.
No estaba dispuesto a perder su libertad por nadie y, además, Demi Ross era una empleada.
¿Qué demonios le estaba sucediendo?
¡En menos de veinticuatro horas, se le había pasado por la cabeza que tenía que encontrar esposa y ahora estaba pensando en tener una amante!
Tras hacer un agujero bajo los árboles y enterrar la revista, Demi corrió a casa seguida de cerca por Squeak.

Al llegar, entró por la puerta de atrás y, para su desgracia, se encontró con su padre.
-Vaya, no sabía que ibais a volver tan pronto... ¿ha ocurrido algo? -preguntó nerviosa al percibir la tensión en el ambiente.
-La madre de Mabel se ha puesto enferma y se va quedar a pasar la noche con ella -contestó Angus Ross-. ¿Dónde has estado?
-He salido a dar un paseo -contestó Demi-. Perdón...
-Si yo hubiera estado en casa, no habrías estado holgazaneando por ahí. ¿Qué has estado haciendo?
Demi se quedó de piedra.
-Nada.
-Espero que así sea -gruñó su padre acercándose a ella y agarrándola del brazo con fuerza-. Prepárame la cena ahora mismo. Después de cenar, leeremos la Biblia y rezaremos para que no vuelvas a caer en el pecado de la holgazanería -añadió saliendo de la cocina.
Una vez a solas, Demi se frotó el brazo con el ceño fruncido y se dijo que no debía preocuparse, ya que su padre tenía mal genio, pero jamás le había levantado la mano.
Sin embargo, tenía la penosa sospecha de que aquello estaba a punto de cambiar.