lunes, 5 de noviembre de 2012

Caperucita y El Lobo Capitulo 15




Ella sintió el beso. Por todos lados. Cualquier pensamiento fugaz que hubiera
tenido de recusarse desapareció. Sus emociones se atascaron en su pecho,
pensamientos sobre su madre, perdiéndola, perdiendo la comodidad y seguridad
de sus padres, danzaban sobre su corazón.
Joseph entendió qué era lo que ella había perdido. Él entendió lo que ella necesitaba. Ella no podía rehusarse a él, incluso si quisiera.
Sus labios eran fuertes, pero muy suaves. La lengua de el recorrió el labio inferior,
probando la lengua de ella, seduciéndola dentro de su boca. Y cuando ella se
deslizó a través de sus labios, él realmente ronroneó. El sonido vibró por todo su
cuerpo bajando hacia su sexo.

Su gran mano cubrió la parte trasera de su cuello, manteniéndola presionada
contra sus labios. La posición era torpe, inclinados sobre sus encorvadas piernas.
Pero a ella no le importó. Este sentimiento tan maravilloso. Hormigueos recorrían su
piel desde su cabeza hacia la punta de sus dedos, su cuerpo se calentó tan
rápido, se sintió encendida.
Una mano se balanceó sobre la mesa, y alcanzó con la otra sus mejillas. Él lucia
un limpio afeitado pero ella podía sentir la áspera textura del nuevo crecimiento
con sus dedos. Su colonia impregnó su nariz, dulce, viril, mezclada con los aromas
propios de la naturaleza. Intoxicante. Ella lo olió, dejando que el aroma de él la
hiciera marearse.
Ella pudo saborear una insinuación de whisky escoses en su beso. Juntos, su olor y
el rápido golpeteo de su pulso, era todo lo que Demi podía hacer para no
desmayarse y caer en sus brazos.
Ella se movió, levantando su cuello y él la recompensó con un duro, fuerte beso.
Era muy fácil, el beso, el deseo. Su cuerpo parecía reconocer su tacto, cálido
ante la posibilidad. Ella era un poco más chica que él y su mano se deslizó desde
su cuello hacia su cintura. Todavía la empujaba hacia él, tan cerca como ella
nunca había estado antes.

Sosteniéndola, su mano libre se deslizó suavemente sobre las costillas cercanas a
sus senos. La respiración de Demi se detuvo incluso después de que su palma
tomara su pecho, después de que sus dedos lo apretaran. Cada músculo en su
cuerpo trabajaba por más, más placer, más sensaciones, más…
Un placentero temblor traspasó su vientre. Sus muslos temblaron, los músculos en
su sexo pulsaron, húmedo y necesitado. Ella quería sentarse a horcajadas sobre él,
presionar su coño contra él, dejar claro lo que él le hacia a ella, lo que quería que
él le hiciera a ella. Lo que él le hizo necesitar. El vestido era muy apretado, había
sido afortunada de subirlo hasta sus rodillas.
Su mano masajeó su pecho, encontrando su duro y deseoso pezón. Él jugó con el,
induciéndola a algo más pesado, presionando innegablemente sobre la
fabricación de su corpiño y vestido. Demi gimió y cayó a su tacto, sus caderas
presionando su ingle. A ella no le importaba donde estaba, quien era él, qué
había echo. Ella lo quería. Ahora. Llenar el vacío entre sus piernas.
Sus dedos pellizcaron duro y Demi echó la cabeza hacia atrás, jadeando. Ella
arqueó su espalda y sintió su caliente y húmeda boca a través de su vestido, sus
dientes mordiendo los pequeños y ásperos nudos de la tela. Su cuerpo se curvó
hacia el otro lado, sus brazos rodeando su cuello, sosteniendo su cabeza contra
su pecho.

Joseph se puso de rodillas, recogiéndola en sus brazos, presionando todo su cuerpo
contra él. La dura línea de su polla presionaba a través de sus pantalones contra
su muslo, burlándose de ella sin piedad. La tomó de nuevo por la boca, frenético,
con hambre. La finura de su primer beso perdido en una explosión de pasión.
Uno de los brazos rodeaba su espalda, él dejó caer la otra mano hacia su culo.
Apretó. Duro. La levantó y presionó su coño contra su polla, su necesidad por ella
estaba clara, tan clara como la suya propia.
Ella trató de fundir más sus piernas, pero el vestido mantenía sus muslos
capturados. No daría nada, y ella no podía bajar sus manos y subirlo.
—Demasiada maldita ropa —murmuró dentro de su boca. Todo el cuerpo de
Joseph se puso duro, tenso. Sus labios empujaron los de ella.
—Cristo… —Estaba sin aliento, todavía sintiendo la descarga de su cuerpo—.
¿Qué demonios estoy haciendo?

Demi abrió sus ojos. Él lucia horrorizado, sus pálidos ojos escaneando su cara, su
frente ceñida, como si buscara alguna pista de comprensión. Él la liberó y se puso
de pie tan rápido que ella cayo cerca por la fuerza misma.
Joseph se paseo por la alfombra, se limpió el beso de sus labios con el dorso de la
mano, y colocó agitado su flequillo en su lugar, lejos de la cara.
Mantuvo sus caderas en una ida y vuelta, sus ojos hacia abajo, la frente ceñida.
¿Fue algo que ella haya dicho? ¿Qué dijo ella? La mente bebida de Demi se
apresuró a desenredar el misterio. Aturdida, se sentó sobre su almohada, su mano
limpiando la humedad que bordeaba el labio inferior. El pincel de su dedo
hormigueo a lo largo de su boca, todo su cuerpo sensible por la inactividad de sus
toques. ¿Qué había ocurrido?
—Esto no es para lo que te traje aquí. Joseph no la miró. Él mantuvo el movimiento
de sus caderas—. Yo… lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Por qué? ¿Por besarme sin sentido o detenerte?
Él se detuvo, sus enojados ojos llameando en los de ella—. Si, por supuesto que lo
siento. Tu no pensaste que yo quería… —Él debió haber leído algo en su
expresión, decepción, vergüenza, duda. Él parecía estar reconsiderando sus
palabras—. No quise decir… ¡Diablos! Obviamente, quería… quiero decir. Yo era
el que… Mierda. Demi, hay algo sobre ti que me despista.
Su mirada se suavizó, esperaba. Demi forzó una sonrisa, no grande, pero era lo
mejor que podía lograr. Ella podía aceptar “despistado”. Era mejor que “lo
siento”.
Joseph gruñó a su tácita tregua y se puso a andar de nuevo—. Esto debería ser algo
sencillo. Mensaje de texto. Un picnic. Sucesivamente entendible. Todos los
favoritos de las mujeres. (Se refiere a las cosas que más les gustan a las mujeres).
Un poco de coqueteo inofensivo para atraparlas mirando cosas en mi. No
esperaba que…
Demi se encogió de hombros, fingiendo indiferencia—. Misión cumplida.
—¿Qué? —Joseph se detuvo, mirándola.
—Si todo esto era para tratar de convencerme de que la abuela no vendiera las
tierras, entonces has estado seduciendo equivocadamente, por así decirlo.
Él se ruborizó y alejó el rostro por un momento, pero lo subió rápidamente—. Es
fácil decirlo, pero cada uno tiene un precio, Demi. ¿Cuál es el tuyo?
Ella trató de no sentirse insultada. Demi sabía qué tipo de hombre era Joseph Jonas.
Un vehículo todo terreno, un comerciante. Un playboy, rico, poderoso, de los que
consiguen lo que quieren, sin importar los medios ni tampoco la pequeña pelirroja
que se vio atrapada en su camino.
El tipo al que le gustaba pasar tiempo con su madre, el hombre que compartía su
placer, se había ido.

Fue insultada. Fue herida. Y le estaba tomando demasiada maldita energía
negarlo. Se puso rígida, dejando su temperamento hervir sobre su orgullo herido.
—¿Mi precio? Por la felicidad de mi abuela. Si ella quiere las tierras, quiere
proteger a ese lobo que insiste en correr hasta aquí, entonces voy a mantener la
tierra. —Él palideció. A ella no le importó el por qué—. Si ella quiere vender hasta
la última parcela, entonces voy a venderlas todas mañana. Voy a hacer lo que
tenga que hacer para hacerla sentir segura.
Demi se puso de pie, acomodando su vestido—. Voy a dejar mi negocio ir a
bancarrota. Voy a mudarme a esa desolada casa. Voy a hacer cualquier cosa
para asegurarme que no estas pretendiendo ser mi padre muerto, tratando de
convencer a la abuela de vender la única cosa que significa el mundo para ella.
—Ella tomó una bocanada de aire, tratando de calmar la ira y el dolor que
sacudió sus brazos. Juntó sus manos—. Nos vemos Sr. Jonas, mi precio es simple y
no negociable. ¿Feliz?

Ella cruzó los brazos bajo su pecho, la barbilla alta. Su estomago contraído, con
las rodillas temblándoles y un torrente de lagrimas que obstruía la parte posterior
de su garganta, pero maldita sea, no le dejaba ver nada de eso.
Joseph la recorrió con la mirada, las manos apoyadas en la cintura, la chaqueta
enganchada detrás de las muñecas. El silencio se estableció entre ellos como un
árbitro que llamaba a un tiempo de espera.
Su nariz aleteaba con cada respiración, su musculoso pecho con cada
inhalación y exhalación. Un viento suave agitaba las puntas de su cabello a
medida que su mirada viajaba por su cuerpo. El estudio era tan intenso que ella
podía sentir la ruta. Ella juraría que estaba borracho. ¿Quién no lo estaría después de toda esa perorata? Pero la mirada en sus ojos, el calor, ella esperaba que no fuera ira.
Él gruñó. Las manos cayendo de sus caderas—. Al diablo con eso.
Sus grandes zancadas comieron el suelo en un borrón. En un segundo estaba en
sus brazos, la recogió contra su duro pecho, una mano contra su cadera, la otra
contra su cabeza. Y luego se congeló. Su cálido aliento acarició sus labios, tan
cerca que ella pudo imaginar la sensación del besó. Pero él no la besó. Él se
mantuvo, observándola. Después de un largo momento, preparado, impregnado
de anticipación. Demi se retorció.

Los brazos de Joseph se endurecieron a su alrededor—. Sshh.
Ella conocía esa mirada, sus ojos distantes por un momento hasta que se
centraron en los de ella. Él no dijo ninguna palabra, pero ella entendió el
significado en su mirada. Él quería que ella escuchara. Algo no estaba bien. Ellos
no estaban solos.
Demi se enderezó, empujando desde el abrazo de Joseph. Ella mantuvo sus ojos
en él, pero su mente buscaba, sus sentidos escuchando, oliendo, saboreando el
aire.
El chasquido de una rama sonó a su izquierda, luego un largo susurro de hojas. Los
bellos de su cuello se erizaron, dedos invisibles rengueando hacia su espalda,
congelando su espina dorsal—. ¿Qué es eso?
—La manada. Lobos. Ellos creen que es un juego, pero están muy disgustados. No
es seguro. Las cosas se pueden salir de las manos.
—Bueno, volvamos al auto. —Se dio vuelta para irse, pero él atrapó su brazo,
empujándola hacia dentro.
—No podemos hacerlo. Mi casa está cerca. Ellos pensaran más claro ahí.
—¿Quiénes?
Joseph tomó su mentón con los dedos, y la obligó a mirarlo—. Quédate conmigo.
Estarás bien. No mires atrás. No mires alrededor.
—Pero…
—No. Sólo… confía en mí. —Su voz era suave y firme. Totalmente segura. Ella dejó
que el sonido la lavara, calmando los nerviosos hormigueos de sus músculos,
terminando con su pánico instintivo.

Sin apartar los ojos de ella, se agachó y tomó su palma con su enorme mano,
tragándosela, sujetándola con fuerza y firmeza. El simple toque hizo más por ella
que cualquier otra droga. Ella estaba a salvo. Sin importar nada.
Sin otra palabra, se volvió y aprovechó su largo paso para guiarlos por el bosque.
Descalzo, sin nunca vacilar en su ritmo, pero remarcando cada paso, para
encontrar un terreno suave y flexible.
Los caminos de los que siempre había sido consiente aparecían desde ningún
lado. Joseph hizo su propio camino a su manera, cortando ramas, cayeron arboles y
zarzas espinosas sin esfuerzo. Sin dolor.
El suelo boscoso debería ser duro contra sus pies. Pero no lo era. ¿Por qué? Se
movían rápido, los pasos de Joseph más largos que los de ella, pero se esforzó por
mantenerse a su lado.
Su cuerpo estaba liviano, fácilmente empujado y girado como un cometa con
cadena.

A cada lado suyo, el bosque era una mancha borrosa, los árboles eran una
mancha verde, con destellos de luz, y una maraña de marrones. El viento silbaba
pasando por sus orejas, rastrillando a través de su pelo, soltando el moño y
dejando que cayera suelto, enganchándose en las ramas. Se mantuvo en
movimiento. No fue difícil. Como una gota de agua cayendo a un río. Una parte
de todo, pero separada.
Las sensaciones y los sonidos del bosque caían sobre ella, la madre selva, el
graznido de un cuervo, savia de los pinos, una madriguera de conejo. Todo
mezclado y fundido en ella. A través de ella. Rodeándola. Ella era el bosque,
cada parte de él, y el bosque era ella, uno y el mismo… Y entonces se detuvieron.
Ella casi estrella su nariz con su hombro. Ella sostuvo su cabeza con su brazo por un
momento esperando a que el mundo dejara de dar vueltas. Ella miró por encima
de su hombro.

—Qué diablos fue eso, —ella preguntó—. Se sintió como si estuviéramos haciendo
un suave vuelo. Eso no es posible. ¿Verdad?
Joseph echó una mirada sobre su hombro hacia ella—. Te explicaré después.
¿Okay?
Él lucia preocupado, o como si tuviera cosas mas importantes de las que
preocuparse en ese momento, y deseara que ella no agregara a la lista estar
insistiendo por respuestas. Ella podía hacer eso. Por ahora. Se dieron la vuelta
hacia ¿La mansión?
Demi parpadeó, su cerebro tratando de reconciliar lo que creía posible y lo que
estaba ante sus ojos.
—De ninguna manera. Cherri estaba en lo cierto. Tienes una mansión escondida
en el bosque.
De tres pisos de altura, del tamaño de un pequeño hotel, la enorme estructura era
de piedra gris, sin embargo era eclipsada por el bosque circundante. La mirada
de Demi se focalizó a través de ellos. El borde del bosque era de por lo menos
de diez pies de ancho, denso y sombreado. Se imaginaba caminando dentro del
terreno de Joseph, y no ver la enorme mansión a través del follaje.

Joseph tomó su mano y Demi camino después de él hacia las escaleras de su
patio. Tres enormes puertas de cristal se abrían en el porche de la casa desde el
patio ofreciendo una clara vista de la habitación del lado. Al final de la
habitación, escaleras alfombradas hasta la pared del fondo. Ella podía ver una
enorme chimenea de piedra, un sofá grande y un sector para fumadores del bar.
Demi miro al tiempo que tres mujeres de largas piernas bajaban las escaleras
para quedar a la vista.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Durmiendo Con su Riva Capitulo 20



-Todavía no hemos acabado el uno con el otro, Joe.
Demi le deslizó la mano por el torso y luego apretó el pulgar contra su ombligo. La respiración de Joe se hizo más agitada mientras se le tensa­ban todos los músculos abdominales. Ella lo miró a los ojos y vio en ellos reflejos dorados mientras jugueteaba con sus calzoncillos, introduciendo los dedos en la goma elástica.
-Estoy muy excitado -reconoció Joe con voz ronca.
-Lo sé. Yo también -respondió Demi ayudán­dole a sacarse los calzoncillos.
-Demi... -susurró él rodando sobre la cama mien­tras ella se quitaba a toda prisa la ropa interior.
Joe utilizó los dientes, la lengua, toda la boca para excitarla. Le dejó marcas por todo el cuerpo, succionándole el cuello y mordiéndole los hom­bros. Demi podía sentir los círculos de calor, los anillos de fuego.

No eran capaces de hacer el amor sin volverse locos, y ella se dejó llevar por aquella locura. Demi entró en él, esta vez colocada encima, y lo cabalgó.
Joe se agarró al cabecero mientras ella lo mon­taba, moviéndose arriba y abajo, embistiéndolo, fundiéndolo.
Se miraron a los ojos, y sus miradas se queda­ron enganchadas mientras sus caderas hacían lo mismo. Entonces, Joe soltó el cabecero para abrazarla, para que ambos alcanzaran el climax en los brazos uno del otro.
Y cuando eso ocurrió, Demi se dejó llevar, sa­biendo que ella también era adicta a Joe.
Más tarde, aquella misma noche, Joe llevó a Demi a casa. No se había atrevido a pedirle que se quedara, que durmiera a su lado. Aquello le pare­cía demasiado tierno, demasiado amoroso. Dema­siado comprometido.
Pero ahora que estaba aparcado frente a la casa de piedra, no quería dejarla marchar. Y eso le daba muchísimo miedo.

-Vamos, te acompañaré a la puerta —dijo apa­gando el motor del coche.
-Gracias. ¿Quieres entrar a tomar algo?
Joe dudó unos instantes, sin saber muy bien qué decir. ¿Qué ocurriría si acababa quedándose a dormir con ella? Entonces, quedaría atrapado por la intimidad que había estado tratando de evitar.
«Dile que no», le advirtió una voz interior.
-De acuerdo -se escuchó decir a sí mismo.
Una copa no le haría ningún daño. Se la toma­ría rápido.
Ambos se acercaron a la puerta de la casa de piedra y Demi abrió con sus llaves.
-Gracias a Dios, los reporteros se han mar­chado.
-Sí. Ya hemos tenido suficiente por un día.

Joe estaba deseando abrazarla, y, para evitarlo, se metió las manos en los bolsillos del abrigo.
Entraron en la casa y subieron las escaleras. Todo el edificio estaba en silencio, por lo que Joe dio por hecho que las hermanas de Demi ya se ha­bían acostado.
Su apartamento estaba oscuro, y cuando ella encendió una luz, Joe se quedó inmóvil como una estatua.
De pronto, deseaba dormir en su cama, desper­tarse a su lado por la mañana, hacer el amor al alba y tomarse un café con cruasanes antes de vol­ver a hacerlo en la ducha.
Joe casi podía sentir el calor del agua, el vaho, el...
-¿Cerveza?
-Lo siento, ¿cómo dices?
-Que si quieres una cerveza.
-¿Tienes algo más fuerte?
-Mira tú mismo en el mueble bar -respondió  Demi quitándose la chaqueta antes de colocarla en el respaldo de una silla.
-Me tomaré un tequila -dijo Joe tras echar un vistazo a las bebidas.
Quería tomarse algo de un plumazo, algo que apartara su mente de una cama caliente. Y de una mujer aún más caliente.
Yo iré a la cocina a servirme un vaso de leche y algo de comer -dijo Demi-. Mi úlcera me lo pide. ¿Tú tienes hambre?
-Yo no, gracias -respondió él-. Pero sí me to­maré otra copa.
Joe se sirvió otro tequila, preguntándose por qué lo hacía. ¿Acaso estaba esperando a que lo in­vitaran a quedarse a pasar la noche?

Sí. Aquello era exactamente lo que esperaba. Joe trató de sacudirse su sentimiento de culpa. No era ningún delito. Después de todo, eran amantes. Y Demi se había mostrado conforme con seguir adelante con la relación al menos hasta la fiesta, en la que todo terminaría. 
Mientras la esperaba, le echó un vistazo a su co­lección de películas de vídeo. A Demi le gustaban los clásicos de Hollywood, en los que aparecían da­mas y gángsteres. Joe le alababa el gusto, pero cuando se encontró inesperadamente con una cinta de serie B del oeste, rodada a finales de los sesenta, se le formó un nudo en la garganta.
No quería pasar por aquello. Al menos no esa noche.
Invadido por un dolor repentino, Joe terminó su bebida y contempló fijamente la carátula de la película. Conocía a fondo aquel film. Antes se sen­tía muy orgulloso de él, pero desde hacía algún tiempo le provocaba dolor.

Demi regresó al salón con un sandwich a medio morder, un vaso de leche y una servilleta en una bandeja que dejó sobre la mesa.
-No sabía que tuvieras una de las películas de mi madre -comentó él tratando de aparentar nor­malidad.
-Iba a contártelo. La compré hace tiempo, nada más conocerte -reconoció Demi agarrando su sandwich-. Sentía curiosidad por ella.
-¿Por qué? -preguntó él girando la película, fingiendo todavía indiferencia.
-Porque es tu madre, y quería ver si os parecíais -respondió Demi sentándose en el sofá-. Te pare­ces muchísimo a ella, Joe. No sólo físicamente, sino también en los gestos. Y en la sonrisa. Tenía mucho encanto. Siento que la perdieras, Joe.
-Yo era sólo un bebé —respondió él, apretando con fuerza los dientes para tratar de contener su emoción.
-Es muy triste -comentó Demi dándole un sorbo a su vaso de leche-. Para tu padre tuvo que ser muy duro perder a su mujer nada más nacer su hijo.

Durante un instante, Joe sintió la tentación de contarle la verdad a Demi. Quería confiar en ella, revelarle toda la historia, tan dolorosa. Pero el tor­mento que sufría su corazón le impedía admitir lo que su madre había hecho.
-La muerte nunca es fácil -respondió des­viando la mirada-. Pero mi padre encontró a otra persona y volvió a casarse.
-Te he puesto triste, ¿verdad? -preguntó Demi captando por fin el dolor que desvelaban los ges­tos de Joe.
-No pasa nada -contestó él, que lo último que deseaba era su compasión-. ¿Qué me dices de ti? ¿Tienes mejor el estómago?
Demi asintió con la cabeza y le dedicó una son­risa cargada de dulzura. Joe resistió la tentación de tomarla en brazos y llevarla a la cama para aco­modarse dentro de ella. No le parecía bien acos­tarse con Demi sólo para calmar su dolor.

-Será mejor que me vaya -dijo entonces.
-Si te quieres quedar aquí, eres bienvenido —contestó ella.
-Creo que no es una buena idea. Se está ha­ciendo tarde, y mañana tenemos que madrugar los dos.
-¿Estás seguro, Joe? -insistió Demi mientras lo acompañaba a la puerta.
-Si, lo estoy.
Joe la besó fugazmente en la frente y se mar­chó a su casa con el corazón lleno de congoja.

Durmiendo con su Rival Capitulo 19





En cuanto Joe apartó su cuerpo del suyo, Demi comenzó ya a echarlo de menos. Deseaba tenerlo cerca.
-¿Estás bien? -preguntó él.
¿Parecía acaso tan confusa como se sentía? Demi nunca había comprendido que hubiera mu­jeres que se quedaran prendadas de los hombres después de practicar el sexo, y ahora era ella la que luchaba contra aquella sensación.
-Estoy perfectamente.
-Entonces, ¿no te he hecho daño? -preguntó Joe acariciándole la mejilla.
-No —respondió ella incorporándose y abrazán­dolo-. No me has hecho daño.
Demi se rindió ante sus emociones. Necesitaba acunarse entre sus brazos, hundirse en él.
Le acarició la espalda, levemente bañada por el sudor. Joe era fuerte y musculoso, y desprendía un poderío que le aceleraba el corazón.

«No te enamores de él», se advirtió a sí misma. «No te enganches».
Demi exhaló un profundo suspiro, se apartó lentamente y levantó sus braguitas del suelo. Se las puso y comenzó a buscar su sujetador.
Joe siguió su ejemplo y se puso los calzonci­llos, pero eso fue todo lo lejos que llegaron. Antes de que Demi pudiera ponerse la blusa, él la tomó de la mano.
-¿Tienes hambre? -le preguntó-. Podemos pre­pararnos algo y meternos un ratito en la cama.
-Suena perfecto -respondió Demi, incapaz de resistirse a su sonrisa y a aquella sugerencia tan provocadora.
Vestidos únicamente en ropa interior, fueron a la cocina y prepararon una bandeja con queso, pan francés y un par de cervezas. Demi abrió tam­bién una lata de macedonia de frutas y vació su contenido en dos cuencos.

Cuando subieron por la escalera de caracol y entraron en el dormitorio principal, ella sintió que un escalofrío le recorría los brazos. La habita­ción de Joe era prácticamente igual a la suya. Y aunque iba sobre aviso, el impacto de verlo con sus propios ojos fue estremecedor.
Aunque duro sólo un instante. Joe dejó la ban­deja en la mesilla de noche, guió a Demi hacia la cama, en la que ella se colocó en una posición có­moda para disfrutar del calor de después del sexo.
-Deberíamos ultimar los detalles de nuestra pe­lea final -sugirió Joe poniendo en su boca una porción de queso.
-¿Nuestra pelea final?
 -El final público de nuestra relación.
 Demi sintió una punzada de dolor en el pecho. ¿Lo había hecho adrede? ¿Estaba Joe tratando de estropear su intimidad, de recordarle que nada de aquello era real?

-Eso es cosa tuya —respondió, tratando de no apa­recer tan afectada como estaba-. Tú eres el asesor.
-Creo que podría ocurrir en la fiesta estilo años veinte que celebra mi madrastra todos los años. Me aseguraré de que vaya la prensa -aseguró Joe estudiando su cerveza-. Mejor aún: comenzaré a extender el rumor de que Tara podría aparecer. Eso hará que la prensa muera por una invitación.
-¿No arruinará eso la fiesta de tu madrastra? -preguntó Demi, completamente estupefacta.
-¿Estás de broma? La convertirá en el aconteci­miento del año.
Los celos se apoderaron de ella rápida y certe­ramente. ¿Por qué no invitaba directamente a Tara y convertía el rumor en realidad?

-Simularemos una pelea en la fiesta -continuó Joe—. Entonces podrías terminar conmigo. Estoy seguro de que se te ocurrirá más de una buena ra­zón para hacerlo.
-Sí -admitió Demi-. Estoy segura de que sí.
Joe  permaneció en silencio un instante. Luego le dio otro sorbo a su cerveza.
-¿Quieres pensar en lo que vas a decir?
-No hay nada que pensar. Eres un imbécil su­perficial que se niega a sentar la cabeza. Con eso será suficiente.
Joe tuvo la caradura de parecer herido.
-No soy superficial. Y sí tengo pensado sentar la cabeza, aunque no con alguien como tú.
-¿Alguien como yo? —preguntó ella entornando los ojos.
-Una mujer concentrada en su carrera profe­sional.
Si la cama se hubiera abierto en ese momento y se la hubiera tragado, Demi no se hubiera sorpren­dido más.
-Esa es la observación más machista que he escuchado en mi vida -aseguró ella, incapaz aún de creer que aquello hubiera salido de boca de Joe-. Tengo intención de casarme y tener hijos algún día. Pero eso no significa que deba sacrificar mi carrera.

-Esa es una actitud muy egoísta, ¿no te parece?
-Abre los ojos a la realidad, Joe. Estamos en el siglo veintiuno.
Él puso los ojos en blanco y Demi dejó la comida en la bandeja. No tenía ninguna intención de pasar ni un minuto más en su compañía. Pero cuando trató de levantarse, Joe la sujetó por el brazo.
-¿Dónde diablos crees que vas?
-A casa -respondió ella tratando de zafarse.
-De eso nada -dijo Joe tirando de ella.
Demi fue a caer encima de él, que estaba tum­bado en la cama.
Ella deseaba golpearlo con los puños, arran­carle esa maldita sonrisa del rostro. Pero Joe le golpeó suavemente la barbilla en gesto juguetón, y Demi supo que ambos habían perdido la batalla. Ella quería estar en sus brazos tanto como él.

-Quédate conmigo, Demi -susurró Joe suje­tándole con cariño el brazo para calmarla.
Ella cerró los ojos, asustada por lo que Joe es­taba haciendo con ella, por el deseo y la necesidad que despertaba en su interior.
-Tenemos ideas muy distintas. No estamos de acuerdo en nada. No nos convenimos el uno al otro.
-Lo sé -respondió Joe recorriéndole la espina dorsal con un dedo-. Pero no se trata de que esto dure para siempre.
-Me estás pidiendo sexo sin compromiso. Todo el sexo que puedas conseguir.
-No puedo evitarlo —reconoció él con la voz ronca-. Eres como una adicción. Una droga. Un deseo que no puedo controlar.
Aquel reconocimiento atravesó la conciencia de Demi como si fuera una flecha ardiendo. Abrió los ojos y aspiró el aroma de Joe. Podía sentir su pulso sobre el suyo, demasiado rápido como para no prestarle atención.
-Voy a romper contigo en la fiesta.
-Lo sé -respondió Joe colocándola a su lado en la cama-. Pero, hasta entonces, ¿qué me dices?
-Estaré contigo. Y luego, cuando se acabe, se acabó. No lo prolongaremos.
Él la besó en la frente con delicadeza, pero cuando habló, su voz seguía siendo ronca.
-Ojalá pudiera ser de otra manera.
-No importa —respondió Demi.
No quería perder el tiempo con sueños imposi­bles. Ambos sabían que lo suyo no podía ser.
-¿Sigues pensando que soy un superficial?

-¿Y tú sigues pensando que yo soy una estirada? -contraatacó ella.
-Yo te llamaba para mis adentros la princesa de hielo, pero ahora no estoy muy seguro de que ese término vaya contigo. Todavía no te tengo muy ca­lada.
-Yo a ti tampoco, la verdad.
No podía comprender por qué Joe no quería casarse con una mujer que trabajara. Parecía un hombre moderno, pero aquella actitud la descon­certaba.
-Voy a echarte de menos, Demi -dijo él esti­rando el brazo para acariciarle un mechón de ca­bello.
Ella también lo iba a echar mucho de menos. Desesperadamente.

Durmiendo con Su Rival Capitulo 18




Joe sacó las llaves y hurgó en la cerradura. Consiguió hacer contacto, y la puerta se abrió.
Entraron juntos en el vestíbulo, entrelazados el uno en el otro. Él cerró la puerta con la pierna.
Y entonces los asaltó un momento de lucidez. La interpretación había terminado. Nadie podía verlos en aquel momento.
Joe dio un paso atrás y se pasó la mano por el cabello. Demi trató de concentrarse en su casa, pero sólo distinguió un conjunto de antigüedades y un laberinto de color.
-Dime que deseas lo mismo que yo, Demi -susu­rró Joe mirándola con tal intensidad que ella se quedó sin respiración-. Dime que no soy yo solo.
Demi sintió un escalofrío.
-Dímelo -suplicó él con la voz entrecortada por el deseo.
-No eres tú solo, Joe. Yo deseo lo que tú de­seas.
Lo deseaba desesperadamente. Lo deseaba tanto que le dolía.
-Y ahora, dime que después no importará lo que haya ocurrido -continuó él acercándose más-. Que no lo utilizarás en mí contra.

-Te lo prometo -respondió Demi, deseando de corazón no implicarse emocionalmente, no sentir después la necesidad de seguir con él.
Joe acortó la escasa distancia que los separaba y ella cayó en sus brazos. El la abrazó en silencio durante un instante, luego se miraron a los ojos y perdieron el control.
Joe le desabrochó de un plumazo la blusa, arrancándole de cuajo los botones. Ella le sacó la camisa y le bajó la cremallera. Él le desabrochó el sujetador, ella le bajó los pantalones.
Luego, ambos se quitaron los zapatos y estuvie­ron a punto de caerse por la premura con que lo hicieron. Y en medio de todo aquello, se las arre­glaron para seguir besándose con las bocas enlaza­das, las lenguas bailando, los pulmones implo­rando un soplo de aire.
Cuando Demi estuvo desnuda, Joe inclinó la cabeza y le saboreó los pezones, llevándose pri­mero uno y luego otro a la boca, succionándolos, llenándola de placer con su calor.
Y luego se deslizó hacia abajo. Y más abajo todavía.

Finalmente, Joe se puso de rodillas y la miró. Demi le devolvió la mirada, cautivada por su belleza, por el brillo dorado que desprendían sus ojos.
Ella le acarició la mejilla, sintiendo aquel inicio de barba que le confería sombras a su rostro, otorgándole un aire misterioso a cada una de sus oscu­ras facciones.
Demi recorrió con un dedo la línea masculina de sus labios. Pero cuando él le mordisqueó el dedo, sintió una repentina sensación de peligro.
Se suponía que aquel no era un romance verda­dero. Se suponía que aquello no tenía que ocurrir.
-Demasiado tarde -musitó Joe, como si le hu­biera leído el pensamiento.
-Lo sé -respondió ella hundiéndole las manos en el cabello.
Tenía ganas de él. Lo necesitaba con urgencia.
Él introdujo la lengua entre sus piernas y Demi se excitó. Y se humedeció. Y se sintió en la gloria.
Joe la tenía sujeta por las caderas, inmovili­zada. Pero ella luchó contra la inmovilidad y se re­volvió en busca de la boca de su amante.

La boca de su amante. El solo hecho de pensar en aquellas palabras la hacía estremecerse.
Los besos de Joe eran salvajes y apasionados. Él seguía saboreándola, y Demi supo que estaba tan excitado como ella.
El deseo que Joe tenía de que ella llegara al climax era casi tan poderoso como la sensación que él le provocaba. Era un estremecimiento sen­sual que le recorría la espina dorsal, llenándole el estómago de mariposas que aleteaban.
Joe... -susurró Demi.
Él intensificó la presión de sus besos, aumen­tando la intensidad de la temperatura, de la exci­tación, del poderío sexual que estaba desplegando sobre ella.
Demi pensó que aquel hombre sería su perdición. Que le robaría la voluntad, haciéndola de­sear más y más de él.

Emitió una plegaria silenciosa, pidiéndole al cielo que le mantuviera la cordura. Pero un segundo más tarde sintió la fuerza de un orgasmo atravesándola, y arrancándole el último atisbo de control.
Cuando terminó, Demi estaba derretida en una piscina de seda.
Joe se puso de pie. Lo único que deseaba era a Demi, la mujer que le confundía las emociones, le hacía perder los nervios y lo obligaba a sentirse como un depredador.
-Puede que esto vaya rápido -dijo Joe-. Tal vez no pueda contenerme.
Pero no dejes de tocarme -respondió Demi in­clinándose hacia él-. Por favor, no te pares.
-No lo haré.

«No pararé nunca», pensó, dándose cuenta de la locura de aquella idea. Cuando hicieran pú­blico el final de su romance, la dejaría marchar.
Joe deslizó las manos por su cintura hacia sus caderas, atrayéndola hacia sí. Era extraordinaria­mente bella, esbelta y sin embargo llena de curvas. El ángel que él le había regalado le colgaba entre los pechos, y los diamantes brillaban sobre su piel dorada. Los pezones, rosados y erectos por sus ca­ricias, parecían dos perlas.
Joe la besó, y sus lenguas se encontraron. Demi soltó un suspiro de rendición. Parecía agotada, su­mergida en el remanso posterior a un orgasmo de los que hacían época.
Joe sonrió, complacido por haber sido él el causante de aquella sensación.
-¿Lo que veo reflejado en tu cara es orgullo masculino? -preguntó Demi.
-No lo dudes.

Joe la llevó hacia una mesa que había en el vestíbulo. Tumbarse sobre ella en el duro suelo de madera estaba fuera de toda cuestión, pero no creía que pudiera aguantarse hasta el dormito­rio. Ni siquiera hasta el salón, donde al menos una alfombra les proporcionaría algo de comodi­dad.
La colocó sobre la mesa y le abrió las piernas. Aquella pieza antigua y pulida tenía encima un ja­rrón de flores que la doncella de Joe cambiaba cada semana, y su fragancia le entró por las fosas nasales como si fuera un afrodisíaco.
Joe sintió en el pecho una punzada de culpa­bilidad. A las mujeres les gustaban las camas sua­ves y mullidas. Les gustaba el romanticismo: velas, bombones y ramos de rosas. Desde luego, los ja­rrones de flores decorativos no contaban.

Demi se mordió el labio inferior y lo miró. Joe entró en ella y ella se enroscó a su alrededor, cá­lida y húmeda. Él gimió y luego se quedó parali­zado, maldiciendo su premura. Al instante si­guiente la embistió con tanta fuerza que la hizo gritar, pero Joe sintió que ella no quería que ba­jara el ritmo. Demi apretó las piernas a su alrede­dor y lo abrazó con ellas como si le fuera la vida. Inclinó la cabeza hacia atrás, y, con su cabello en­tre las manos, Joe evocó la imagen de Eva ten­tando a Adán con una manzana, la imagen de una mujer que ponía a un hombre de rodillas.

«Pero yo ya me he puesto de rodillas», pensó Joe. Ya le había dado placer a ella. Ahora era el momento de tomar lo que Demi estaba dispuesta a ofrecerle.
El peligro. La tentación. Sexo caliente y tó­rrido.
Ella lo acarició mientras Joe se movía, mien­tras hundía su cuerpo ardiente en el suyo. Le aca­rició los hombros y le pasó las manos por el torso. Las yemas de sus dedos danzaron sobre los múscu­los de su estómago.

No dejaban de mirarse a los ojos, y Joe luchó contra el deseo que sentía de vaciarse dentro de ella. Quería unos minutos más, unos segundos más antes de llegar al éxtasis.
La mesa se movía bajo la presión de su acto amoroso. El jarrón de flores se tambaleaba. Joe se deslizaba de sensación en sensación, ciego a todo. A todo excepto a su deseo.
Demi le clavó las uñas en la espalda, y él recibió con alegría aquella muestra de pasión. De alguna manera, sabía que ella nunca le había hecho eso a ningún hombre. Demi nunca se había sentido así de liberada, así de salvaje.

Joe empujó con más fuerza, más profunda­mente, hasta que su cuerpo se puso rígido y se convulsionó entre los brazos de Demi. Ella hundió la cara en su cuello y emitió un sonido sensual, pero él estaba demasiado abstraído como para sa­ber si Demi había alcanzado el éxtasis con él.
Joe sólo era consciente de su deseo desparra­mado sobre ella, tan cálido y fluido como el cli­max que le recorría las venas.

Durmiendo Con su Rival Capitulo 17




Varias horas más tarde, Joe circulaba entre el tráfico con Demi sentada a su lado. Llevaba el col­gante al cuello. Sabía que era una tontería emo­cionarse con aquel regalo, pero no podía evitarlo.
Qué hombre tan complejo era aquel. Exigente, divertido, romántico incluso, pensó Demi mientras agarraba con fuerza el querubín.
-Adivina quién está detrás de nosotros -dijo Joe mirando por el espejo retrovisor.
-El fotógrafo pesado -respondió Demi sin si­quiera plantearse otra posibilidad.
-El mismo que viste y calza. Qué hombre tan persistente...
-¿Te imaginabas que sería así? -preguntó ella-. ¿Pensabas que la prensa iba a ser tan acosadora?
-Sí. Ya he pasado por esto antes.
-Claro. Con Tara -respondió Demi sin poder evitar nombrar a la actriz-. No hacen más que compararme con ella.
-Lo sé -contestó Joe mirando de nuevo por el retrovisor-. ¿Quieres que intente perder de vista a ese tipo?
Demi se cruzó de brazos. Qué fácil le resultaba a Joe cambiar de tema cuando hablaban de Tara.
-Estoy empezando a hartarme de esto -dijo.
-Yo también. Lleva varios días pisándonos los talones.
-Me refería a Tara.

-Ella es una estrella de cine -respondió Joe re­volviéndose en el asiento-. A la prensa le fascina.
-¿Y eso qué significa? ¿Que sabías que la mete­rían en nuestra historia?
-No hasta este punto, pero sabía que aparece­ría su nombre.
Demi estudió su perfil. Joe conducía con los ojos clavados en la circulación.
-¿Has sabido algo de ella? -preguntó Demi.
-No.
-¿Y esperas que aparezca?
-No -volvió a responder él.
Tratar de sacarle información a Joe era como intentar arrancarle un diente a un dinosaurio.
-¿Crees que estará enfadada? Después de todo, están diciendo que ella y yo podríamos pelearnos por ti.
-Dudo mucho que los rumores le importen. Se crece con la publicidad.
-Es una mujer casada, Joe.

-¿Y qué? Su marido también es famoso. Y su ca­rrera no está precisamente en su mejor momento. En este negocio, a veces es preferible ser blanco de los comentarios negativos de la prensa a que no hablen de ti.
Demi no estaba de acuerdo, pero, ¿qué sabía ella de Hollywood ni de la clase de hombre con el que se había casado Tara?
-¿Y qué me dices de ti? -le preguntó a Joe-. ¿Te creces con la publicidad?
-Por supuesto que no -respondió él dirigién­dole una mirada cargada de frustración-. He orga­nizado este montaje porque sabía que funciona­ría. Y eso forma parte de mi trabajo, Demi. Organizar escándalos para entretener a la prensa.

Ella exhaló un suspiro y Demi hizo lo mismo. Se mantuvieron en silencio durante unos instantes. Joe seguía mirando de vez en cuando por el re­trovisor, y Joe entendió que el fotógrafo aún les seguía la pista.
-¿Estás enfadada conmigo? -preguntó él final­mente-. Me siento muy atraído por ti, Demi. Esa parte del montaje es verdadera.
-Lo sé -respondió ella acariciando el ángel-. Para mí también.
-Entonces, ¿por qué estamos siempre peleándonos?
-Porque eres muy pesado -le dijo ella.
-¿Ah, sí? -respondió Joe con una sonrisa-. Muy bien, pues tú también.
Demi quería besarlo, poner la boca sobre aquella sonrisa seductora, sobre aquellos labios curvados.
Joe se metió por una calle flanqueada de ár­boles, en la que abundaban las grandes mansio­nes entre la abundante vegetación. La mayoría de las construcciones eran de ladrillo, con lar­gos y bien cuidados senderos. El vecindario te­nía un aire distinguido, pero desprendía tam­bién calor.
-Estoy llevando al fotógrafo a la puerta misma de mi casa -dijo Joe-. Debo estar loco.
Ella también debía estar loca por desear besar a Joe.

Él accedió a la entrada de una mansión impresio­nante. Las ventanas eran vidrieras, y la piedra con la que estaban construidas las dos plantas le otorgaba a la casa el encanto de tiempos pasados. Aquel edifi­cio histórico había sido remodelado para reflejar un estilo artístico y a la vez tradicional.
Joe aparcó el Corvette en una esquina.
-Tal vez deberíamos darle a ese tipo una buena foto. Ya sabes, algo jugoso.
Demi miró por el espejo lateral. Una furgoneta azul se había detenido en la calle, ocultándose bajo la enorme copa de un árbol. Al parecer, el conductor no se había dado cuenta de que lo ha­bían descubierto.
-¿Vamos a hacerle un favor a ese imbécil?
-¿Por qué no? Está alimentando nuestro escán­dalo. ¿Te das cuenta de que los periódicos apenas han mencionado el asunto de la pimienta? A na­die parece importarle ya lo más mínimo. La gente está más interesada en otros asuntos picantes, los que se cuecen entre las sábanas —aseguró Joe con una de sus típicas sonrisas-. Y ahí estamos noso­tros, nena. Tú y yo.
-Entonces, ¿qué propones? ¿Que montemos un número en el coche?
-No. En el porche. Así tendrá mejor perspec­tiva.

-Parece un buen plan -respondió Demi mien­tras notaba cómo se le aceleraba el corazón.
Bajaron del coche y subieron hasta el porche, tomándose el pelo el uno al otro. En el fondo, Demi sabía que aquello era más que una puesta en escena para la foto. Quería sentir a Joe, y él que­ría sentirla a ella.
El se puso las llaves en el bolsillo del pantalón.
-Te apuesto lo que quieras a que no puedes quitármelas.
-Y yo te apuesto a que sí -respondió Demi mi­rándole los vaqueros.
-Entonces, adelante.
Ella estiró el brazo, pero Joe le sujetó la mu­ñeca. Forcejearon como dos niños, apretándose contra la barandilla del porche y riéndose. Demi se las arregló para soltarse la mano y metérsela en el bolsillo. Y cuando agarró las llaves, Joe le sujetó la otra mano y se la apretó contra la bragueta.
El corazón de Demi se aceleró hasta límites in­sospechados.
Jugueteó con su bragueta, y Joe le desabrochó los primeros botones de la blusa, los suficientes para permitir que la brisa de marzo le acariciara la piel.

De pronto, la besó. La besó con furia, con po­derío, con una urgencia que ninguno de los dos podía negar.
Se levantó algo más de viento, que revolvió el cabello de Demi y le abombó a él la camisa. Joe inclinó la boca hacia abajo, pero no lo suficiente. Ella quería que le lamiera los pezones, que aca­bara con aquel deseo, pero se lo impedía la ropa. La de ambos.
Demi comenzó a desabrocharle el cinturón, y entonces cayó en la cuenta de lo que estaba ha­ciendo. Allí fuera había un fotógrafo inmortali­zando su actuación.
-Tenemos que parar.
-Sólo un beso más -pidió Joe.
Demi puso los dedos en su cinturón. Un solo beso más.
La barba incipiente de Joe le añoraba la man­díbula. El calor de su respiración le calentaba la mejilla. Un beso llevó a otro, y Demi se apretó con­tra él, demasiado mareada como para hablar.