jueves, 9 de mayo de 2013

La Chica que A La Que Nunca lo Miro Capitulo 30





Demi se puso tensa por su empleo de la palabra «problema».
 –Parece la mejor solución. Tú no querías esto y no voy a martirizarte por ello, ni voy a obligarte a estar conmigo te guste o no.
 –No puedo creer lo que estoy oyendo. Somos amantes, ¿pero has olvidado que somos amigos?
 Demi no había olvidado ninguna de las dos cosas, pero ¿cómo podía explicarle que un bebé necesitaba más que una pareja unida por la pasión?

 Ni siquiera la amistad bastaba para eso.
 –Bueno, dime, ¿cómo lo ves tú? Quizás te gustaría que te dejara ocuparte tú sola de todo.
 –Si es lo que tú quieres, lo aceptaré.

 –Si piensas que soy capaz de hacer una cosa así, es que no me conoces en nada.
 Esa era la razón por la que ella había tomado precauciones y había decidido romper con él. Sabía que Joseph no se iba a desentender de la situación.

 Ella nunca se habría enamorado de pies a cabeza de un hombre capaz de eso. Y ese era el problema.  Joseph le ofrecería un compromiso. Querría hacer lo correcto, aunque no lo sintiera de corazón. Su afecto por ella acabaría desvaneciéndose bajo el estrés que suponía tener un hijo que no había esperado y verse atrapado con una mujer con la que no había pensado estar a largo plazo.
 –Tenemos que casarnos –dijo él con firmeza.

 –Esa es la razón por la que he empezado diciéndote que lo nuestro ha terminado –repuso Demi en voz baja–. Sé que quieres hacer lo correcto, pero no sería justo para ninguno de los dos tener que convivir para siempre por culpa de un bebé.

 Cuando el camarero llegó a tomarles el pedido, se quedaron callados. Joseph no se molestó en consultar la carta. Él pidió pescado y ella lo imitó. Lo que menos le importaba era qué comer. Se había quedado sin apetito.

 –¡Encima me hablas de matrimonio! –exclamó ella, inclinándose hacia delante–. Apuesto a que nunca se te había pasado por la cabeza casarte, ¿verdad?
 –No se trata de eso.

 –Lo mismo pienso yo –gritó Demi –. El matrimonio es algo serio. Es un compromiso entre dos personas que quieren unir sus vidas para siempre.
 –Al menos, esa es la visión romántica del matrimonio.
 –¿Qué otra interpretación podría hacerse?

 –Algo más práctico. Piénsalo. Uno de cada tres matrimonios termina en divorcio. Y seguro que todas esas parejas de divorciados se habían sentado a cenar de la mano antes de casarse, soñando con hacerse viejos juntos.

 –Pero, en dos de cada tres, la cosa funciona. Terminan juntos.
 –Eres una optimista. La experiencia me ha enseñado a ser más cauto. De todas maneras, no importa. Podríamos seguir dando vueltas a lo mismo durante toda la noche. La realidad es que estamos en una situación en la que no podemos elegir.

 A Jennifer se le encogió el corazón. Si no lo amara, quizá hubiera sido más fácil aceptar su propuesta. Pero, si se casaba con él, se sentiría desgarrada.

 –Lo siento, Joseph –murmuró ella con voz temblorosa–. Mi respuesta tiene que ser no. No puedo casarme contigo por que creas que es lo correcto. Cuando me case, quiero que sea por la razón adecuada. No quiero conformarme con un marido reticente que ha tenido la mala suerte de verse atrapado. ¿Acaso crees que sería bueno para nuestro hijo?

 ¿Cómo era posible que la vida hubiera cambiado tanto en unas pocas horas?, se preguntó él, contemplando la expresión tozuda de su acompañante.
 Una oleada de rabia lo atravesó.

 –Y dime una cosa. ¿Crees que sería bueno para nuestro hijo crecer sin su padre a su lado? ¡Eso también debes tenerlo en cuenta! ¡No se trata solo de ti y tu idea romántica de un matrimonio de cuento de hadas!

 Demi se encogió y apartó la mirada. seguró ella, reuniendo todas sus fuerzas.
 –¿No? Entonces, deja que te presente la otra opción. Nuestro hijo crece en una familia separada y, en su momento, descubre que podríamos haber estado juntos, pero que tú no quisiste porque estabas esperando al príncipe azul.

 Y, si ese príncipe apareciera… te aseguro que no iba a dejarle educar a mi hijo y que lucharía por quedarme con la custodia.
Demi apenas podía pensar tan a largo plazo.
 –¿Y tu padre? ¿Qué pretendes contarle? –le espetó él.
 –No había pensado…

 –¿Es que no tienes valor para decirle que te he ofrecido casarnos? Pues que sepas que pienso dejarles claro a mi madre y a John que te he pedido matrimonio y que tú has decidido que prefieres hacerlo sola. Ya veremos qué les parece.
 –No quiero discutir por esto…

 –Quizá deberías haber pensado en darme la noticia bomba de otra manera…
 –Habría dado lo mismo. El resultado habría sido el mismo y lo siento. Mira, no puedo seguir comiendo. He perdido el apetito. Quiero irme a casa –afirmó ella, se puso en pie, se tambaleó y volvió a sentarse.

 Al instante, Joseph corrió a su lado, olvidando por completo la discusión.
Demi apenas fue consciente de que él pagaba la cuenta y dejaba una generosa propina al camarero. Agachó la cabeza entre las manos.

 –De verdad, estoy bien, Joseph –aseguró ella con voz débil, mientras salían del restaurante.
 –¿Hace cuánto tiempo que tienes estos mareos?

 –De vez en cuando. No es nada preocupante… –balbuceó ella. Sin embargo, era agradable que la rodeara con sus brazos.

 Joseph paró un taxi y la ayudó a entrar como si fuera de porcelana.
 –¿Qué ha dicho el médico?

 –No se lo he comentado. Me quedé demasiado estupefacta al saber que estaba embarazada.
 –Deberías volver y hacer que te examinen bien. ¿Qué les pasa a los médicos? ¿Es que no saben hacer su trabajo?
 –No te preocupes. ¡No pasa nada!

 Por primera vez desde que había descubierto que estaba embarazada, Jennifer se preguntó si estaría haciendo bien al rechazar su propuesta. La amara o no, era un hombre fuerte y ella necesitaba su protección. Sobre todo, iba a necesitarla cuando fuera madre. Él quería hacer lo correcto. ¿Estaba siendo una egoísta al aferrarse a sus principios por encima de todo? ¿Tenía Joseph razón? ¿Sería lo más adecuado aceptar un matrimonio sin amor?

 Se hizo mil veces las mismas preguntas durante todo el camino a su casa. Cuando llegaron, el mareo había desaparecido. Solo estaba agotada.

 –Podemos seguir hablando mañana –sugirió ella ante su puerta.
Joseph la miró lleno de frustración, con los puños apretados dentro de los bolsillos.
 –No hemos hablado todavía. Tú has dictado tus condiciones, esperando que yo escuchara y obedeciera.

 –También es difícil para mí, Joseph, pero el matrimonio es algo muy serio para mí y quiero casarme con un hombre que desee hacerlo por las razones adecuadas.
 –¿No eras feliz conmigo? –preguntó él, malhumorado.

lunes, 6 de mayo de 2013

La Chica que A La Que Nunca lo Miro Capitulo 29




 –¿Qué otra cosa quieres que diga, Joseph? ¿Quieres que te diga que lo siento? Bueno, lo siento. Y, antes de que te atrevas a acusarme de haberme quedado embarazada a propósito, te advierto que no lo hagas. Esa es la última cosa del mundo que haría.
 –¡Mensaje recibido!

 –He estado tomando la píldora. Puede que fuera aquella primera vez…
 –Usamos preservativo. Siempre hemos usado protección. Esto es una locura. No puedo creerlo.
 –¡Porque odias cualquier cosa que se escape a tu control!
 –¡Esto no va a llevarnos a ninguna parte, si empezamos a discutir!

 –Tienes razón –susurró ella–. No he venido a pelear. No me importa asumir la responsabilidad. La primera vez que hicimos el amor, usamos un preservativo que había tenido durante años en el bolso. Tal vez, estaba caducado. 

El bolso se le había mojado en una ocasión con agua de mar. También, el preservativo podía haberse pinchado con la punta de una llave o una horquilla o cualquiera de los cientos de objetos que había llevado encima a lo largo de los últimos cuatro años.

 Demi había empezado a tomar la píldora nada más llegar a Londres. Sin embargo, entonces, ya había sido demasiado tarde.

 –Comencé a tomar anticonceptivos al llegar aquí, por eso, no le di importancia al hecho de que se me había retrasado el periodo. Hasta que, hace un par de semanas, fui a ver al médico para preguntarle si estaba tomando la dosis adecuada. En cualquier caso…
 –Estás embarazada –afirmó él, aceptándolo poco a poco–. Vas a tener un bebé.

 –Lo siento –se disculpó ella con expresión tétrica–. Estás en estado de shock. Lo entiendo y siento haberte estropeado la velada, pero llevo dándole vueltas todo el día y quería decírtelo cuanto antes.

 Ahora que lo he hecho, creo que lo mejor que puedo hacer es irme y darte tiempo a que te hagas a la idea…
 ¡Iba a ser padre!

 –¿Cómo es posible que yo no me diera cuenta?
 –Nunca nos damos cuenta de las cosas que no esperamos –repuso ella–. Y mi constitución no es tan delgada como para que se me note enseguida el embarazo.

 En parte, Demi deseó que él mostrara su descontentó abiertamente.

 En vez de eso, parecía alguien que se hubiera acurrucado en el suelo después de recibir un puñetazo en el estómago.

 ¡No era típico de él comportarse así! Eso era prueba de lo hundido que se sentía. Ella también había pasado por el estado de shock. Había necesitado horas para digerir la noticia.

 Antes o después, Joseph comenzaría a mostrar su rabia y a acusarla de haberlo manipulado, cuando comprendiera las consecuencias y las repercusiones que un bebé podía tener en su vida ordenada y sin compromisos emocionales.

 Cuando se acercó el camarero, le hicieron una seña para que se fuera.
 –¿Vas a tener un hijo mío y lo primero que me dices es que quieres terminar nuestra relación?
 –No tenemos una relación –negó ella y se puso tensa al notar el cambio en el ambiente. Él la miraba con gesto frío y duro–. Hemos… mantenido… cierto interés sexual el uno en el otro. Y no me mires así. Sabes que estoy diciendo la verdad.

 ¿Se estaría él dando cuenta de la oportunidad que le estaba brindando de negarlo y decirle que las cosas habían cambiado?

 ¿Iba a aprovecharla para decirle que, aunque no había querido comprometerse al principio, en el presente pensaba de otra manera?
 Sin embargo, Joseph no dijo nada.

 –Ninguno de los dos contábamos con esto.
 –Vas a tener un hijo mío y la única forma de solucionar el problema que se te ocurre es romper conmigo…

La Chica que A La Que Nunca lo Miro Capitulo 28




–Bueno… ¿qué?
 –He estado pensando… –comenzó a decir ella y tomó aliento. El corazón le latía a toda velocidad, mientras él la observaba como si fuera a taladrarla con la mirada.

 –No es buena idea pensar –interrumpió él, sintiéndose cada vez más incómodo–. ¿Quieres que te dé un consejo? No pienses. Disfruta, nada más.
 –No sabes lo que he estado pensando.

 –No quiero saberlo. Por la cara que tienes, adivino que, sea lo que sea, no me va a gustar.
 –Quiero que sepas que solo mantengo lo que te he dicho todo el tiempo, Joseph

Tú y yo no estamos hechos el uno para el otro. Nos divertimos juntos, pero a la larga somos como agua y aceite. Nuestras personalidades no combinan bien –le espetó ella, bajando la mirada.
 –No tengo ni idea de lo que estás hablando. Si quieres decir algo, te sugiero que me mires a los ojos y lo digas.

 –Esto… –balbuceó ella y levantó la vista–. Todo esto… ha sido divertido, muy agradable, y he disfrutado de cada minuto, pero creo… Creo que es momento de que lo demos por terminado.

 –No doy crédito –dijo él en voz baja, tratando de mantener la calma, a pesar de que tenía ganas de pagar su rabia con la decoración del exquisito restaurante–. Estás rompiendo conmigo. ¿Es eso?
 –Es una forma de expresarlo.

 –¿Qué quieres decir? No sé qué está pasando, pero este no es lugar para tener esta conversación. Vamos a mi casa.

 –¡No! –negó ella. Eso sería aún mucho peor, pensó. No quería hablar de eso rodeada por el lugar que le recordaba lo mucho que iba a perder… 

La cocina donde habían preparado la comida juntos, la mesita donde habían jugado al Scrabble… porque ella le había obligado a hacerlo… el dormitorio con cama de matrimonio que no volvería a ocupar… No podría soportarlo.

 Joseph levantó ambas manos en un gesto de rendición. La miró con ojos fríos e interrogadores.

 –Mira –dijo ella, poniendo las manos sobre la mesa–. Hay algo que tengo que decirte pero, antes de nada, tenemos que dejar claro lo de nuestra relación. Tenemos que admitir que no iba a durar para siempre. Es necesario que rompamos.

 James se pasó los dedos por el pelo. Le temblaban las manos.
 –Entre anoche y esta noche, has decidido, de pronto, que tenemos que romper… ¿y esperas que yo te siga la corriente? No pienso hacer nada parecido.

 –No pretendía que esta conversación fuera así, Joseph. No pensé que esto fuera a pasar, pero… pero… ha sucedido algo.

 –¿Qué? –inquirió él, mientras su imaginación contemplaba las más horrendas opciones, sintiéndose caer por un precipicio–. Has encontrado a otra persona. ¿Es eso? –preguntó con incredulidad. ¿Había habido otro hombre rondando sin que él lo supiera? ¿Uno de esos tipos melosos y sensibles que ella consideraba como pareja ideal? 

No se le ocurría ninguna otra razón por la que Demi pudiera estar ahí sentada, diciéndole que había sido divertido, pero…
 –No digas tonterías. No he encontrado a nadie. ¿Acaso crees que tengo tiempo para buscarlo?

 –¿Me estás diciendo que crees que he monopolizado tu vida? Si es eso, no me importa tomarme las cosas con más calma –aseguró él, sorprendiéndose a sí mismo de lo dispuesto que estaba a lo que fuera con tal de contentarla.

Demi sabía que a él no le costaría tomarse las cosas con más calma. No había invertido nada emocionalmente hablando.
 –No, no es eso.

 –A ver si lo entiendo. Sin ninguna razón en particular, de pronto, has decidido que no podemos seguir juntos. No hay nadie más, los dos nos estamos divirtiendo…

 pero eso no es bastante para ti. ¿Me estoy perdiendo algo? Porque tengo la sensación de que sí.
 –No es tan fácil decir esto, Joseph, por eso, voy a ir al grano. Estoy embarazada.

 Demi no fue capaz de mirarlo a la cara e inclinó la cabeza. El silencio pesó sobre ellos.
 –No puede ser. Estás usando anticonceptivos.

 He visto las píldoras que guardas en el baño. ¿Quieres decirme que has fingido tomarlas? –preguntó él, haciendo todo lo posible para no enfrentarse de frente y aceptar el hecho que ella acababa de revelarle.
 –No puedo hablar aquí, Demi.

 –No pienso ir a tu casa.
 –¿Por qué diablos?
 –Porque quiero hablar de esto en territorio neutral.
 –Desde luego, tú sí que sabes elegir las palabras.

sábado, 4 de mayo de 2013

Marido De Papel Capitulo 5





Ella le dio la vuelta a la yegua y galopó hacia el rancho, olvidándose de la valla con las prisas. Tendría que volver más tarde. De momento lo único que quería era estar a la sombra y beber algo frío.

Una vez de vuelta en su casita, se miró en el espejo del baño después de darse una ducha y no podía creer que fuera la misma mujer que había estado en los pastos esa mañana. Parecía tan diferente.

Había algo nuevo en sus ojos, algo más femenino, misterioso y secreto. Sentía de nuevo la lentitud con que la había tocado Joe Jonas con sus fuertes dedos y se sonrojó.

Se había producido una rara y hermosa magia entre ellos allá en el campo. Ella lo amaba tanto. Ningún otro hombre había tocado su cuerpo, ni ella amaría nunca a otro. Pero, ¿cómo reaccionaría cuando se enterara del contenido de la voluntad de su padre? Él no quería casarse de nuevo.

 Lo había dicho bastantes veces. Y aunque ellos eran amigos desde hacía mucho tiempo, se lo señalado de nuevo a la vez que la hacía admitir su inocencia. Él, obviamente, quería una aventura, pero se dio cuenta que no podría justificarse ante su conciencia. No podía seducir a una mujer inocente.

Ella entró en su dormitorio y se puso un vestido azul de punto, dejando su pelo, recién lavado y seco, suelto alrededor de sus hombros. 

Había dicho que hablarían más tarde. ¿Significa esto que él sabía algo sobre el testamento? ¿Le iba a pedir que lo impugnara?
No tenía ni idea de qué esperar. Tal vez todo fuera bien. Ya habría tiempo para preocuparse.

Caminaba alrededor de la sala, mirando con tristeza, el miserable mobiliario que su padre y ella habían comprado hacía muchos años. No ha habido ningún dinero para renovar la tapicería ni las cortinas, ya que habían puesto todo lo que tenían en unas pocas cabezas de ganado vacuno y un toro.

 Sin embargo, el mercado de ganado estaba bajando y, si había un mal invierno, no se podría permitir comprar pienso. Tenía mucho heno y maíz que recoger durante el invierno. 

Sin embargo, muchos de los que trabajaban en el rancho, lo habían dejado a la muerte de su padre, y ahora solo tenía dos ayudantes a tiempo parcial, a quien apenas podía pagar. Hasta un ciego podría ver que, ahora, no podría seguir adelante.

Podría llorar por las oportunidades que había perdido. No tenía educación secundaria, ni ninguna manera de ganarse la vida. Lo único que sabía era cómo alimentar a los terneros y venderlos después. 

Había ido a las subastas y sabía cómo comprar, cómo escoger el ganado para la venta. Sobre caballos sabía mucho menos, pero eso apenas importaba. Sólo había una yegua y Toast y, la persona que trabajaba a tiempo parcial, los había cuidado y alimentado hasta que vendieron a Toast.

 Por lo menos, sabía como ensillarlos. Sin embargo, para Dana, un caballo era una herramienta para trabajar con el ganado. Joe protestó cuando ella dijo eso. El criaba palominos de pura sangre y le gustaban todos y cada uno de ellos. No podía entender que cualquier persona no amara los caballos tanto como él.

Curiosamente, sin embargo, era su único punto de la discordia. En la mayoría de las demás cosas recordó, incluso en la política y la religión, estaban de acuerdo. Y les gustaban los mismos programas de televisión. 

Sonrió, recordando la cantidad de veces habían compartido el mismo entusiasmo por las series semanales, especialmente los de ciencia ficción. Joe también había sido amable con su padre, y muy paciente, sobre cuando un hombre que había vivido como un caballero, tenía que aprender a ser un ganadero con cincuenta y cinco años.

Demi pensó tristemente que quizá su padre habría vivido más tiempo si no hubiera tenido una profesión exhaustiva. Había sido inteligente y tenía mucho que ofrecer.

Marido De Papel Capitulo 4




Ella sollozó, porque no tendría que haber dicho eso. Su propio cuerpo la traicionó, descubriendo todos los secretos que tanto le había costado guardar.

Pero él tenía una duda. Con la mano todavía sobre su pecho, su boca sobre la suya, mirándola con sus ojos oscuros, vigilantes.

—Todavía eres virgen, ¿no? —pregunta aproximadamente.
Ella sorbió, sus labios hinchados por sus besos.
Él la sacudió suavemente.
—¡Dime!
Ella se mordió su labio inferior, mientras que miraba su garganta. Podía ver su pulso latiendo allí.

—Ya lo sabes —dijo ella escupiendo las palabras.

Él pareció no respirar durante un minuto, y luego, lentamente, exhaló el aire. Se sentó y la envolvió en sus brazos para tenerla más cerca, meciéndola mientras tenía el rostro enterrado en su garganta, contra su pulso rápido.

—Sí, sólo quería estar seguro, —dijo, después de un minuto. La miró detenidamente y sonrió tristemente, abrochándole la blusa de nuevo.

Ella se separó, aturdida. Sus ojos se aferraban a él, como si dudara de su cordura.
Tenía la boca hinchada. 

Sus ojos, de color azul oscuro, estaban abiertos como platos de color azul oscuro, contrastando con la palidez de su cara. En ese momento estaba más hermosa que había conocido nunca.

—No quiero hacerte daño, —dijo suavemente—. Hemos aprendido algo más de lo que sabíamos el uno del otro y no va a cambiar nada. ¿Todavía somos amigos?
Esto último sonó como si fuera una pregunta.

—… Por supuesto —balbuceó ella.
Se levantó, abrochándose su propia camisa y remetiéndosela, mientras la miraba con una nueva expresión.
Posesión.

Sí, eso era. Parecía como si ahora ella le perteneciera. Y ella no entendía su mirada ni su propia reacción a la misma.
Ella movió sus pies, para ver si se había roto algo.

—El alambre no ha roto la piel, por suerte para tí, —dijo él—. Los vaqueros son gruesos y de tela fuerte. 

Sin embargo, de todas formas, necesitas una vacuna contra el tétano. Si no te la has puesto hace poco, iremos a la ciudad para que te la pongan.

—Me la pusieron el año pasado, —dijo ella, evitando sus ojos, yendo hacía Bess, a la que el semental estaba mirando con bastante curiosidad—. 

Será mejor que nos vayamos antes de que Cappy empiece a ponerse nervios.
El cogió la brida de Cappy para calmarlo.

—Será mejor que nos vayamos de aquí mientras podamos —aconsejó—. 

No creía que fueras a montar hoy o no me habría traído a Cappy. Por lo general montas a Toast.

Ella no quería decirle que habían vendido a Toast para ayudar a pagar una de las deudas pendientes de su padre.

Él miró su movimiento en la silla de montar, mientras mantenía al semental a una buena distancia.

—La excitación no es sólo algo humano. Iré a verte más, —le dijo a ella—. Tenemos algunas cosas de las que hablar.
—¿Cómo qué? —pregunta.

Pero Joe no ha respondido. Cappy se estaba encabritando, mientras él trataba de controlarlo.
—Ahora no. ¡Nos vemos en tu casa!

Marido De Papel Capitulo 3




—Y eso es lo que más me gusta de ti, —dijo roncamente—. Tú nunca juegas. Cada cosa la haces honestamente —mantuvo su mirada—. 

No sería un hombre si no te mirara. Tienes unos preciosos, como el mármol rosado y no hace falta mucho más para que me sienta tentado. No debes avergonzarte de una reacción natural al igual que…

Ella no estaba muy segura de lo que quería decir.
—¿La reacción natural? —ella vaciló, abriendo mucho los ojos.
Él frunció el ceño.
—¿No lo entiendes?

Ella no lo sabía. Había estado muy protegida y enamorada. Descubrió sus sentimientos por Joe cuando tenía diecisiete años y nunca miró a ningún otro hombre. Sólo salió dos veces con chicos. 

Los dos eran muy tímidos y nerviosos y cuando uno la besó le pareció muy desagradable, y cuando uno de ellos había besado, que había considerado desagradable.

Había visto varias películas, algunas de las cuales eran bastante explícitas. Pero no detallaban lo que ocurría entre una pareja, sólo lo mostraba.

—No —dijo por último, con un gemido—. Bueno, creo que estoy desesperada. No voy a la moda, no tengo tiempo para leer novelas actuales…!
La miró más de cerca.

—Algunas lecciones se cobran un alto precio. Pero tú estas a salvo aquí conmigo.
Posó su mano sobre ella y, sorprendentemente, sacó su pecho fuera de camisa pasando el dedo por su duro pezón. La mirada de él mientras la tocaba, hizo que la experiencia fuera aún más sensual.

—El deseo es la causa, —explicó en silencio—. La parte que más se hincha de un hombre es el pene y de la mujer los pechos cuyos pezones se ponen duros. Es una reacción como consecuencia de la emoción, y no hay porqué avergonzarse.

Apenas podía respirar. Sabía que su cara estaba ardiendo, y su corazón latía muy deprisa. Ella estaba sentada en medio del campo, a plena luz del día, dejando que Joe mirara sus pechos y le explicara lo que es el deseo. Todo esto era como un sueño hecho realidad antes sus asombrados ojos.

—Lo sabía —sonrió el—. Eres preciosa —dijo suavemente, moviendo su mano y tirando de los bordes de la blusa para cubrirla de nuevo—. No escondas tu belleza.

 Hay confianza entre nosotros, ¿no? Siempre la ha habido. Por eso puedo hablar contigo fácilmente de cosas tan íntimas —frunció el ceño ligeramente—. Yo siempre ame a mi esposa, ¿no te lo había dicho? 

Ella me decía que estaba loco, pero la quería tanto que hubiera hecho cualquier cosa por ella. Pero yo no era lo suficientemente rico para darle todo lo que ella quería. 

Mi mejor amigo me dijo que invirtiera una gran cantidad de dinero en el sector inmobiliario y fue todo un fracaso. No creo que ella mirara hacia atrás cuando me dejó, pero durante semanas no pude dormir, porque la echaba mucho de menos. Todavía me ocurre de vez en cuando —suspiró al aire—. 

Y ahora van a venir aquí, ella y Bob. Ellos van a estar en la ciudad durante unas semanas mientras él se deshace de todas sus inversiones. Él se jubila, y quiere venderme su caballo de carreras. Va a ser muy doloroso, ¿no te parece? —él murmuró fríamente.

Ella sentía su dolor y pero no se atrevía a dejar que él viera lo mucho que l afectaba.
—Gracias por desenredarme, —dijo sin aliento y empezó a levantarse separándose de él.
Tiró de su mano y se quedó mirando mientras pensaba.
—No lo hagas. Quiero comprobar algo.

Sus dedos se dirigieron hacía los botones de su camisa y la desabrochó, sacándose después los faldones de los vaqueros. Su pecho es ancho y bronceado, poderoso con vello espeso.

—¿Qué estás haciendo? —susurró ella, asustada.
—Te lo dije. Quiero comprobar algo —la sentó sobre sus rodillas, y desabrochó los botones que quedaban de su camisa. Él miró inquisitivamente a su expresión. 

Ella estaba demasiado conmocionada para protestar, y luego la acercó a su pecho dejando que sintiera por primera vez el impacto de la semidesnudez de un hombre contra la suya propia.

Su respiración estaba agitada. Había maravillosa curiosidad en sus ojos cuando los levantó mirándolo fascinada.

Sus manos fueron hacía su caja torácica y la dibujó sensualmente, acunando aquel cojín suave de su pecho. Le hizo cosquillas y sus pezones se irguieron. 

Ella se agarró a sus hombros, arañándole sin querer, sintiendo como todos sus sueños parecían hacerse realidad a la vez. Sus ojos estaban oscurecidos por la pasión, fueron hacía su boca y la besó.

Sentía el ardiente calor de sus labios invadiendo lentamente su boca, jugando y bromeando con sus labios. Ella bebió de su aliento, como si estuviera degustando el mejor elixir del mundo.

 Débilmente sintió como su mano la acariciaba tiernamente, haciendo que su pezón se inflamara cada vez más. Jadeó otra vez y levantó la cabeza para que él pudiera ver sus ojos. Agitó el dedo pulgar sobre la punta endurecida y ella tembló impotente entre sus brazos.

—Sí —susurró en tono ausente, —eso es exactamente lo que había pensado. Podría hacerte el amor ahora mismo aquí.

Ella apenas lo escuchaba. Su corazón latía con fuerza. Sus dedos la tocaban, encendiendo su cuerpo. 

Se arqueó contra él, desesperada para no perder el contacto.
Sus ojos ocupaban toda su cara, su pecho desnudo presionado contra el suyo. Un contacto que le llegaba hasta el alma.
—Te quiero, —dijo tranquilamente.