miércoles, 2 de enero de 2013

Pasion Peligrosa Capitulo 13




Al descubrir la nevera metálica, avanzó hacia ella con el vello de la nuca erizado. Encontrarse a solas en un depósito de cadáveres no era para corazones débiles. Demi no era una persona aprensiva, pero tenía un gran respeto hacia lo desconocido y todo lo metafísico. Las fuerzas del Mal que rondaban el mundo y que ni una legión de científicos podría explicar jamás.

A lo largo de sus estudios sus intereses habían ido más lejos que determinar los medios, los motivos y la oportunidad que rodean a un asesinato. Los psicólogos del comportamiento criminal habían determinado hacía tiempo que la mayoría de los asesinos en serie compartían algunas características de su infancia. Los tres síntomas principales, tal y como se conocían, eran la incontinencia urinaria, la tortura de pequeños animales y una obsesión por la pirotecnia. Además, la mayoría habían sido víctimas de abusos por parte de adultos. Pero Demi siempre había querido saber si entrarían otras fuerzas en juego. Había querido profundizar en la mente de los asesinos para establecer si existía una especie de instinto animal que forzaba a los hombres a matar, una y otra vez.

En sus estudios de posgrado su fascinación había dado un giro. ¿Existirían otros motivos, más allá de los abusos infantiles o el instinto, que llevaran a una mente al lado oscuro? ¿Acaso no importaba su lugar de nacimiento, su lugar de residencia, el entorno laboral? En otras palabras, Demi se preguntaba si un lugar podía estar maldito.

Nunca había sabido el porqué, pero desde su infancia había estado muy sensibilizada hacia las extrañas vibraciones que había percibido en Moriah's Landing. Algunas veces en que permanecía despierta por la noche podía sentir las corrientes sobrenaturales que atravesaban la ciudad. Podía sentir el mal que flotaba en el aire desde las ejecuciones de las brujas en el año 1600 y los asesinatos que habían conmocionado la población veinte años atrás. Incluso podía apreciar la sed de sangre.
Y siempre que sentía aquellas sensaciones tan oscuras la misma pregunta volvía a su cabeza incesantemente. ¿Acaso un lugar podía inducir a un hombre al asesinato? ¿Era esa la razón por la que aquellas mujeres fueron asesinadas veinte años atrás? ¿Por esa razón la pobre Taylor fue torturada?

¿Era esa la razón por la que Bethany Peters yacía muerta en aquel depósito?
Una ráfaga de aire gélido rodeó a Demi cuando abrió la puerta de la nevera. La unidad estaba equipada con dos bandejas móviles, una encima de la otra, de modo que los cuerpos, o incluso los ataúdes, pudieran deslizarse sin excesivo esfuerzo. Bethany estaba en la bandeja superior. Sus rasgos permanecían rígidos y su rostro se iluminó ante el haz de la linterna. Estaba pálida y perfecta, casi como una belleza etérea.

Mientras Demi colocaba la mano sobre la bandeja y sacaba el cuerpo, algo se movió en la oscuridad, a sus espaldas. Fue apenas un susurro. Un ruido tan leve que habría podido no ser más que fruto de su imaginación.

Pero un escalofrío de terror le recorrió la espina dorsal. Se volvió y dirigió la luz una vez más hacia la habitación vacía. En la esquina más alejada, oculto entre las sombras, un cuerpo cubierto con una sábana blanca había sido empujado contra la pared. La tela blanca moldeaba la figura que estaba cubriendo.
De pronto la sábana se movió.
Una mano mortecina se levantó.
Y Demi sintió cómo todo su cuerpo se paralizaba a causa del miedo.


Demi  gimió y caminó hasta golpearse con la puerta de la nevera, que produjo un ruido sordo. La linterna se le escurrió de entre los dedos y cayó al suelo. La luz parpadeó un par de veces y se apagó. La habitación quedó sumida en la oscuridad total. Con el corazón en un puño, Demi permaneció inmóvil y clavó la mirada fija en el lugar en que había visto el cuerpo por última vez. No podía distinguir nada, salvo el sonido de su propio pulso zumbando en sus oídos.
Pero sabía que no estaba sola.

El aire a su alrededor parecía poseído por una presencia desconocida, una entidad malévola que se mantenía al acecho. Demi podía sentir la mirada invisible sobre su persona a través de la oscuridad. El aire frío, procedente de la nevera, se deslizaba junto a su espina dorsal mientras seguía apoyada contra la puerta de metal. Durante un instante no ocurrió nada. Solo había silencio. Y, de pronto, casi en un frenesí, alguien o algo se cernió sobre ella desde la negrura.

Demi gritó y trató de apartarse, pero el ataúd le cortó la salida. Sintió el golpe sobre el estómago. Se quedó sin aire y volvió a golpearse con la puerta de la nevera. Cayó al suelo y se dio con la cabeza en una de las bandejas de metal. Aturdida por el golpe, escuchó el sonido de unos pasos deslizándose sobre el suelo. La puerta se abrió y dejó entrar una delgada línea de luz que provenía de la recepción. Apenas un segundo más tarde la puerta se cerró sobre una figura que huía. Entonces todo volvió a la calma. Y la oscuridad se apoderó del depósito.

Demi empujó el ataúd. Intentó ponerse en pie, pero tenía un peso sobre su hombro que le impedía moverse. Levantó la mano y sintió el tacto de la carne fría. Era carne muerta. El brazo de Bethany se había deslizado fuera de la bandeja y su mano había caído sobre el hombre de Demi. Avanzó a gatas y logró levantarse. Las piernas le temblaban y en ese momento se encendió la luz del depósito. La luz repentina la cegó momentáneamente. Se sentía desorientada y por un momento tuvo el terrible presentimiento de que el intruso había vuelto para terminar el trabajo. Sintió que se le secaba la boca mientras la puerta se abría lentamente y una figura aparecía en el umbral de la puerta. Demi se pegó a la pared y su respiración se transformó en una especie de sollozo.
— ¡Joe!
La mirada de Joe se intensificó al reconocerla. La miró fijamente, después desvió la mirada hacia la nevera abierta y de nuevo miró a Demi.
— ¿Qué demonios estás haciendo aquí? —preguntó.
En ese momento debió de comprender que había ocurrido algo terrible porque cruzó el depósito hasta ella y la tomó del brazo. Tras la conmoción sufrida, y a pesar del chal que cubría su cuerpo, Demi tenía la piel de gallina y temblaba sin parar.
— ¿Qué ha ocurrido? ¿Te encuentras bien?

—Estoy bien —aseguró, pero su voz era tan inestable como sus piernas—. Había alguien más aquí, Demi. Lanzó el ataúd contra mí y…
—Espera un minuto —dijo con seriedad—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Eso no tiene importancia ahora —señaló con debilidad—.Te lo explicaré todo más tarde, pero tenemos que averiguar quién estaba aquí. Quizá fuera el asesino y…—se cayó de pronto al descubrir algo en el suelo—. ¿Qué es eso?
Joe miró en la dirección indicada. Se acercó y se agachó para examinarlo.
—Parece un tubo de ensayo.
Demi avanzó y se situó junto a Joe. El tubo de cristal vacío tenía unos doce centímetros de largo y cerca de dos centímetros de diámetro. Llevaba un tapón de caucho o de goma.
— ¡Joe! —Presa de la excitación, apoyó ambas manos en los hombros del joven y las retiró de inmediato—. Seguro que se le ha caído a la persona que me ha atacado.
—Eso no lo sabemos. Quizá se le haya caído a algún empleado de la funeraria.
—Pero lo vas a enviar al laboratorio, ¿verdad?

Tan pronto como sus palabras salieron de su boca, Demi advirtió el movimiento de Joe. Había sacado una bolsa de plástico del bolsillo de su abrigo y, con la ayuda de su pluma, había metido el tubo en la bolsa sin tocar el cristal.

—Si no pertenece a los empleados de la funeraria, ¿qué razón tendría nadie para traer un tubo de ensayo al depósito? —reflexionó Demi.
—No lo sé —se puso en pie—. ¿Por qué no me lo explicas tú?
Las palabras de Joe tardaron un segundo en calar en el ánimo de Demi. Entonces se llevó la mano al pecho visiblemente ofendida.
— ¿Crees que lo he traído yo? ¡Eso es ridículo!
— ¿En serio? —replicó con perspicacia—. ¿Y por qué estás aquí?
—No puedo creer que sigas aquí, interrogándome, cuando quienquiera que estuviese en el depósito quizá siga en la funeraria —se encaró Demi—. Es él quien debería responder a tus preguntas.


El Amante De La Princesa Capitulo 10





Su primer instinto era quemar las fotografías y los artículos del periódico, pero ¿y si Melissa Thornsby era su hermana? Si le hubiera cerrado la puerta a Ethan al descubrir que era hijo ilegítimo de su padre habría perdido una de las relaciones personales más estrechas de su vida. ¿Cómo podían negarle la entrada a Melissa si era miembro de la familia?

Pero había tanto en juego…
—¿Crees que debemos contárselo a Phillip?
—Creo que, por el momento, deberíamos mantenerlo en secreto —contestó Miley —. Hasta que no tengamos pruebas fehacientes no hay razón para disgustarlo.

—Me gustaría hablar con Charles para pedirle que averigüe todo lo que pueda sobre ella.
—Buena idea, podemos confiar en su discreción y también deberíamos pedirle que averigüe lo que se puede hacer si ella fuese la heredera y decidiera ocupar el trono.
—Si Phillip descubre que hemos estado haciendo todo eso a sus espaldas se pondrá furioso.

—Cuando llegue el momento, yo lidiaré con él. Tú encárgate de lo demás.
—Este podría ser un problema gravísimo, Miley. Especialmente si Melissa tiene algún resentimiento contra la familia.
Lo cual era enteramente posible.

—Nos preocuparemos de eso si ocurre. Pero, aunque fuese la heredera legítima, podría no tener interés en ocupar el puesto que le corresponde.
Quería creer eso, pero últimamente nada era tan sencillo.

Pretextando un supuesto dolor de cabeza que, después de su conversación con Ethan había dejado de ser un pretexto, Miley evitó cenar esa noche con el invitado de su hermano.

Desgraciadamente, no tuvo más remedio que pasar el día siguiente con Nick. Lo llevó al Museo de Ciencia Natural y al Centro de Investigación Científica y, aunque normalmente aquélla era su parte favorita de la visita, tenía tantas cosas en la cabeza que estaba distraída.

Pero Nick se tomaba su tiempo para verlo todo… en fin, había visto caracoles en el jardín moverse a más velocidad.
¿Y por qué tenía que estar tan cerca todo el tiempo? Siempre parecía estar rozando su mano, su brazo. ¿No entendía el concepto del espacio personal?
Pero si era tan horrible, ¿por qué sentía un escalofrío cada vez que la tocaba?
Y olía tan bien…

El familiar aroma de Nick, una mezcla de colonia, champú y su olor personal, era arrebatador. Cada vez que estaba cerca tenía que luchar contra el deseo de enterrar la cara en su cuello. ¿Cómo podía querer apartarse y, a la vez, estar tan obsesionada con él como una adolescente?

Nick llevaba todo el día intentando hacerla perder su supuesta calma y estaba funcionando porque cuando llegaron a la puerta de palacio estaba tan agitada que había empezado a sufrir un tic en el ojo izquierdo. Por eso le pidió al conductor que la dejase en su residencia antes de llevarlo a palacio. Estaba tan desesperada por alejarse de Nick que tuvo que hacer un esfuerzo para no tirarse del coche antes de que frenase del todo.
—Bueno, ha sido un día muy agradable. Nos vemos el jueves.
Casi estaba fuera, con un pie sobre la hierba, cuando él le preguntó:
—¿No vas a invitarme a tomar una copa? Miley cerró los ojos. «No dejes que te vea nerviosa».

Lo más turbador de la pregunta era que, en realidad, quería invitarlo a entrar y eso era precisamente lo que no debía hacer.
—Hoy no me viene bien.
—Ah, ya lo entiendo —sonrió Nick.
Todas las fibras de su ser le gritaban que estaba tendiéndole una trampa. Y aun así, preguntó:
— ¿Qué es lo que entiendes?
—He visto cómo reaccionas cuando estás conmigo. Cómo me miras, cómo tiemblas cuando te toco…
¿Temblar? Había sentido un pequeño escalofrío, nada más. Y no todo el tiempo.
Pero negarlo sería darle exactamente lo que quería: una discusión.
—¿Y qué quieres decir con eso?

—Que me deseas y no confías en ti misma estando a solas conmigo.
Era muy listo. Daría igual lo que hiciera ahora: invitarlo a entrar o decirle que no… en cualquier caso estaría dándole lo que quería. Y lo creyese de verdad o estuviera riéndose de ella, sospechaba que tenía razón. Seguía sintiéndose atraída por Nick. Si la besaba de nuevo, contra su voluntad o no, esta vez no podría detenerlo.

De modo que se quedó donde estaba, con un pie dentro del coche y el otro fuera, sin saber qué hacer.
— ¿Y bien?
—No hay manera de ganar, ¿eh?
—Pareces creer que tengo motivos ocultos. ¿Se te ha ocurrido pensar que a lo mejor sólo quiero estar a solas contigo un momento para conocerte mejor? ¿O para que tú me conozcas a mí? No soy una mala persona, en serio.

Miley no podía decidir qué era peor: un hombre con motivos ocultos sería fácil de manejar porque resultaría predecible. Era con los sinceros con los que tenía problemas.
Probablemente porque eran una anomalía.

—Hemos pasado dos días juntos —le recordó—. ¿Cuánto tiempo más necesitas?
—A lo mejor quiero estar unos minutos contigo sin que un guardaespaldas esté pendiente de nuestras palabras.

Ahí estaba el problema. Ella necesitaba que el guardaespaldas estuviera a su lado. Y no sólo para protegerla de Nick. Eso sería demasiado simple.
Necesitaba que alguien la protegiera de sí misma.

El Amante De La Princesa Capitulo 9





Después de enseñarle algunas de las mejores suites, almorzaron en Les Régals du Rois, el nuevo restaurante francés del hotel.

Nick estaba realmente impresionado con el Royal Inn, un establecimiento muy elegante y exclusivo, pero al que acudían tanto los más privilegiados como clientes normales.
En términos de tamaño, aquel proyecto no era lo que él consideraría importante, pero en términos de notoriedad sería interesantísimo.

—¿Qué te parece? —le preguntó ella cuando volvieron al coche.
—Creo que tu familia tiene una buena inversión entre manos.
Miley sonrió.
Y él pensando que había olvidado cómo hacerlo… pero era evidente que estaba orgullosa de lo que había conseguido su familia.
—No soy un experto en hoteles, pero hay una cosa a tomar en cuenta.
—Dime.
—He estado haciendo averiguaciones y creo que en Morgan Isle no hay hoteles equipados para organizar conferencias o reuniones empresariales. Podríais pensar en ello.
—¿Tú crees que atraería más clientes?
—En un mercado sin tocar, así que creo que merecería la pena.
—Se lo comentaré a Phillip y Ethan.

Por fin había dicho algo que no despertaba una mueca o un gesto de desaprobación, pensó. Aunque quizá había llegado el momento de mover las cosas un poco.
—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Un paseo por la costa?

—Eso tendrá que esperar. Phillip me ha dicho que quería verte esta tarde.
Aunque Nick estaba deseando charlar con su viejo amigo, no podía negar que se sentía un poco decepcionado. Estaba haciendo progresos con Sophie, rompiendo sus defensas. Ya no se mostraba tan tensa, tan desconfiada. A ese paso, en unos días la tendría exactamente donde la quería.

Pero no había prisa, se recordó a sí mismo. Tenía dos semanas. Tiempo suficiente para conseguir lo que quería. Y aquellas vacaciones eran exactamente lo que necesitaba. No recordaba la última vez que se había sentido tan relajado, una mañana que no despertase casi temiendo el día que le esperaba.
—Gracias por molestarte en enseñarme el hotel.
—Es lo que hago —Sophie se encogió de hombros.
—Y lo haces muy bien, alteza.
Ella arrugó el ceño.
— ¿He dicho algo malo?
—No, nada.
—Tiene que ser algo —dijo Nick, haciéndose el tonto—. ¿Por qué me miras así?
— ¿Por qué insistes en llamarme alteza?
—Es tu título ¿no?
—Sí, pero…
—Tienes que aprender a aceptar cumplidos, alteza.
—Pues a lo mejor deberías decirlos de forma que no sonaran tan…
—¿Tan qué?
—Tan sugerentes. Nick soltó una carcajada.
—¿Decirte que haces bien tu trabajo? ¿Eso te ha parecido sugerente?
Miley parecía a punto de explotar, pero sabía que no le daría esa satisfacción. Lo que ella no sabía era que le daba más satisfacción verla esforzándose tanto por recuperar la compostura.

—Muy bien, quizá era un poco sugerente, pero es muy divertido tomarte el pelo. Supongo que no te ocurre a menudo.
—No, no me ocurre a menudo.
—Pues tendrás que acostumbrarte —sonrió Nick.
—Parece que no tengo elección.

—No deberías tomarte la vida tan en serio, Miley.
—¿No debería tomarme la vida tan en serio? —repitió ella, irritada—. ¿Y por qué crees que debes decirme lo que tengo o no tengo que hacer? No me conoces ha pasado demasiado tiempo desde que estuvimos juntos.

Quizá no la conocía, pero sabía que era caprichosa y arrogante. Pero, aunque estaba acostumbrada a salirse con la suya, no sabía contra quién estaba luchando.
Y él lo estaba pasando demasiado bien como para cambiar de táctica.
Eran sólo las tres de la tarde, pero cuando Miley volvió a su residencia le pareció que aquél había sido uno de los días más largos de su vida.

No culpaba a Nick por estar enfadado con ella por lo que ocurrió en el pasado, pero estaba enviándole unos mensajes tan contradictorios que empezaba a ponerse nerviosa.
El coche la dejó en la puerta y Wilson salió a recibirla.
—El príncipe Ethan llamó mientras estaba fuera, alteza. Y pidió que lo llamase en cuanto volviera. Es urgente.

Miley suspiró. Lo último que necesitaba en aquel momento eran más problemas, pero Ethan no solía exagerar. Si él decía que era importante, debía serlo.
—Gracias, Wilson. Lo llamaré ahora mismo.
Usando el teléfono del estudio, marco el número de su hermanastro y Ethan contestó casi inmediatamente.

—¿Puedo ir a tu casa para hablar un momento contigo?
Lo primero que Miley pensó fue que Lizzy Se había puesto peor.
—Sí, claro. ¿Qué ocurre?

—Te lo contaré en cuanto llegue. Estoy en el palacio, así que tardaré cinco minutos.
Apenas había tenido tiempo de lavarse las manos cuando oyó el rugido del Porsche en la puerta y luego el sonido del timbre que anunciaba su llegada.
Y, en lugar de esperar que lo hiciese Wilson, abrió ella misma.
—Qué rápido.

Ethan le dio un beso en la mejilla antes de entrar. En las manos llevaba un sobre grande.
—Me vendría bien una copa.
Aunque su hermanastro era una de las personas más tranquilas que conocía, parecía visiblemente agitado.
—Vamos al estudio.
Él observó en silencio mientras Sophie le servía dos dedos de su mejor whisky.
— ¿Qué tienes que contarme que es tan urgente?
— ¿El nombre Richard Thornsby te suena de algo?
—Si te refieres al Richard Thornsby que fue Primer Ministro cuando aún vivía nuestro padre sí, claro que me suena.

¿Pero cómo lo sabía Ethan? Thornsby había muerto muchos años antes.
—Según tengo entendido, nuestro padre y él no tenían mucho en común.
—Eso es decir poco. Eran enemigos mortales.
—¿Y alguna vez te contó por qué?

—Yo no me atreví a preguntar. Pero no podíamos mencionar su nombre en casa. Incluso después de su muerte. Yo pensé que era porque tenían diferencias de opinión.
—He leído que nuestro padre lo echó de su puesto, lo cual arruinó su vida política para siempre.

—Nuestro padre era un hombre despiadado, Ethan. No toleraba a nadie que no estuviera de acuerdo con él —dijo Miley, intrigada—. ¿Por qué estás tan interesado de repente?
—Thornsby y su mujer murieron unos años después de que él dejara su puesto como Primer Ministro.
—Sí, en un accidente de coche.
—Pero hubo un superviviente.
—Eso es, su hija de diez años. Creo que se llamaba Melissa.
—Melissa Angélica Thornsby. Cuando sus padres murieron la enviaron a vivir con unos parientes en Estados Unidos.
—No lo sé, Ethan. Ya te he dicho que en casa no se hablaba de esa familia. Nunca, jamás.

—Yo creo saber por qué. Y no tiene nada que ver con diferencias políticas.
—No te entiendo.

—Creo que sus diferencias eran de naturaleza más… personal.
—Ethan, ¿te importaría decirme a qué te refieres?
—Que nuestro padre era un mujeriego no es un secreto para nadie y no sería tan extraño que hubiera tenido más hijos aparte de nosotros.
—¿Cómo?
—Hijos ilegítimos, como yo. Ayer estuve en el ático buscando entre las cosas de nuestro padre… y he encontrado esto.

Por fin, Ethan le entregó el sobre y Miley vació el contenido sobre una mesa: eran artículos de revistas y periódicos. Y no tardó mucho en averiguar de qué hablaban: todos eran sobre la hija de Thornsby, Melissa.
—No lo entiendo.
—¿Por qué guardaría nuestro padre un montón de viejos artículos sobre la hija de su rival?
No podía significar lo que ella temía…
—No, no puede ser.
Ethan tomó uno de los artículos.

—Mira esta fotografía: el pelo oscuro, la forma de la cara, los ojos…
Miley no podía negar que había cierto parecido.
—¿De verdad crees que es nuestra hermana?
—Creo que existe la posibilidad.
Si su padre había tenido una aventura con la esposa del Primer Ministro, eso explicaría su enemistad. Y, dada la reputación de su padre, no sólo era posible sino probable.
—¿Y si fuera así?

—Si lo es, podríamos tener un serio problema.
—Sí, bueno, a la familia no le vendría bien otro escándalo.
—Es peor que eso.
—¿Qué quieres decir?

—Melissa nació el mismo año que Phillip, un mes antes que él. Y como tú sabes igual que yo, es el primer hijo del monarca quien hereda el trono.
A Miley se le encogió el corazón.
—Si es nuestra hermana… ella sería la reina, no Phillip.
—Eso parece.
No quería ni imaginar lo que eso le haría a Phillip… o lo que significaría para el país.
—¿Phillip lo sabe?
Ethan negó con la cabeza.
—Quería hablar contigo antes de nada.

El Amante De La Princesa Capitulo 8





—¿Y el coste de la vida?
—Es más alto en la costa, claro, pero razonablemente bajo en el interior.
—¿Hay incentivos arancelarios para los propietarios de negocios?
—Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas?
Nick se encogió de hombros.
—Por curiosidad.

No estaría pensando irse a vivir allí, ¿no? Había mencionado algo sobre su deseo de ampliar los proyectos internacionales de su gabinete… pero no abriría un gabinete de arquitectura en Morgan Isle. Y, aunque así fuera, ella no tendría por qué verlo a diario.
Además, no debería importarle en absoluto lo que hiciera. Nick ya no era nada para ella. Al menos, eso era lo que quería creer.

—Ya hemos llegado — Miley señaló el hotel, como un centinela vigilando sobre los demás edificios.
Nick se echó hacia delante para verlo mejor, tan cerca que Miley podía sentir el calor de su piel y el sutil aroma de su colonia.
Y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse. E incluso más para no tocarlo, para no esconder la cara en su cuello como solía hacer…
En lugar de eso se quedó inmóvil, esperando que él no se diera cuenta.
—Había visto fotografías, pero no le hacen justicia.

—No se puede apreciar hasta que lo has visto con tus propios ojos.
Aquello era lo mejor de la visita, pensó mientras observaba la expresión de Nick. En la costa, a unos pasos de una playa privada, era desde luego un trozo de paraíso. Y él parecía genuinamente impresionado.

Pero por fin Nick se echó hacia atrás y Miley pudo respirar de nuevo.
—Arquitectura clásica, pero con un equilibrio perfecto entre el clasicismo y la modernidad. La verdad, siento cierta envidia. Me hubiera gustado diseñarlo.
—Tuvimos suerte de encontrar un edificio tan bonito en el sitio ideal. Aunque las reformas están siendo carísimas — Miley se inclinó hacia delante para hablar con el conductor—. Llévenos a la entrada de servicio —luego se volvió hacia Nick —. Desde allí puedes ver el Houghton y la parcela donde se construirá el balneario.

Poco después salían del coche y Nick se puso unas gafas de sol.
Se movía con la gracia y la confianza de un hombre que se sabía atractivo, pero sin la arrogancia tan común en los hombres guapos.

Parecía cómodo en su propia piel. Claro que siempre había dado esa impresión.
—Cómo puedes ver, aún hay mucho trabajo por delante. Fue uno de los primeros hoteles que se construyeron aquí y los Houghton han sido propietarios de la parcela durante generaciones. Sus antepasados son casi tan antiguos como la familia real.
Él asintió, quitándose las gafas de sol.

—Es un edificio precioso. En los últimos años, más de la mitad de mi trabajo ha consistido en restaurar edificios antiguos y estoy seguro de que si los Houghton lo hubiesen cuidado mejor la estructura podría haberse salvado. Pero en estas condiciones… — Nick sacudió la cabeza—. No merece la pena conservarlo.
—Los edificios históricos de la zona han recibido subvenciones oficiales para costear reformas. Desgraciadamente, los Houghton nunca las solicitaron.
—Supongo que no se puede ayudar a la gente que no quiere ayuda. Bueno, ¿por qué no me enseñas el interior del hotel?
—Sí, claro.
Entraron a través de la cocina y, aunque la hora del desayuno había terminado, los cocineros ya estaban ocupados con el almuerzo.
—Muy moderna —comentó Nick.
—Sólo lo mejor, ya ves.
—Phillip me contó que tú habías sido la responsable de las reformas en la cocina.
—En parte, sí.
—Y también me dijo que eras una gran chef.
¿También le habría dicho que eso no le parecía bien? Porque no le sorprendería en absoluto.
—Es una de mis pasiones. Estudié alta cocina en Francia.
—Recuerdo que solías ser muy apasionada —sonrió él—. Pero eso debió ser después de conocerte. Lo de estudiar alta cocina, quiero decir.
Miley asintió con la cabeza. Aunque no mucho después. Una cosa más por la que podía darle las gracias.
—¿Tus padres te dejaron ir a Francia a estudiar?
En realidad, había tenido que convencerlos.
—Digamos que llegamos a un acuerdo.

—Pues debió ser un acuerdo muy interesante.
Aunque a ella no le sirvió de nada porque cuando volvió a casa tuvo que hacerse cargo de sus obligaciones reales. Debería haber imaginado que sus padres nunca la dejarían realizarse como chef.

—Tener mi propio restaurante siempre ha sido mi gran sueño — Miley miró los modernos electrodomésticos, el mobiliario, la carta que ella misma había diseñado…
Quizá nunca tendría oportunidad de usarla, pero aquella era su cocina.
Alguien dejó caer una sartén entonces y el guardaespaldas llegó inmediatamente a su lado, pero Miley le hizo un gesto con la mano para que se apartase.
— ¿Cuántos guardaespaldas sueles llevar? —preguntó Nick.

—Depende de la ocasión. Los miembros de la familia real no pueden salir de palacio sin llevar escolta. Salvo Ethan, que se niega. Pero Maurice — Miley señaló al hombre que iba tras ellos —es uno de los más leales. ¿Verdad que sí, Maurice?
El hombre esbozó una sonrisa.

—¿No te molesta que haya alguien siguiéndote constantemente?
—Antes sí, ahora casi no me doy cuenta. Además, es necesario.
—¿por qué? ¿Has recibido amenazas?
Le sorprendió ver un brillo de inquietud en sus 0jos ¿De verdad seguía preocupado por ella después de tantos años?

—No a mí personalmente, ni a Phillip, pero hay que tener cuidado. Mi abuelo sufrió un intento de asesinato hace años. Y mi padre, el rey Frederick, tuvo que lidiar con algunas situaciones… complicadas. Era un hombre muy arrogante, debo decir, y bastante egoísta.

Los métodos e ideales de su padre eran algo que ella no aprobaba, pero Phillip había ido transformando la institución poco a poco para adaptarla al siglo XXI.
—Bueno, sigamos.

Aunque sus apariciones públicas solían causar revuelo, mientras le enseñaba el vestíbulo con su elegante cascada,  Miley notó que muchos ojos estaban clavados en Nick. ¿Y por qué no? Era el tipo de hombre al que otros hombres miraban con envidia y las mujeres con admiración. Ella no era celosa, pero en circunstancias diferentes…
Circunstancias que no tendrían lugar, se recordó a sí misma.

El Amante de La Princesa Capitulo 7




A saber lo que Cynthia, su ex, les habría contado. Pero aunque supieran que había tenido una aventura con otro hombre, daría igual. Como la mayoría de las mujeres, se apoyaban las unas a las otras.

Eso era algo que le gustaba de Miley, que iba por libre. Según ella, la mayoría de las mujeres se sentían intimidades por su título y las que no se sentían intimidadas tenían intención de aprovecharse de alguna forma.
Nick sacudió la cabeza, sonriendo.

Últimamente estaba amargado con todas las mujeres, pensó. Y seguramente Sophie sólo era un objetivo conveniente.
Se lo estaba poniendo fácil, desde luego. Pero al día siguiente empezaría la diversión de verdad. Y sabía, sin la menor duda, que ella merecía recibir una dosis de su propia medicina.


Nick estaba esperando en el vestíbulo a las nueve en punto, como habían acordado, y Miley se debatía entre la anticipación y la desilusión. En realidad, había esperado que tuviera que marcharse urgentemente para así ahorrarse el mal trago. Pero, por lo visto, al menos durante aquel día iba a tener que lidiar con ese inconveniente.

Aunque era un inconveniente muy atractivo, debía reconocer. Con un pantalón gris y una camisa de seda negra con los dos primeros botones desabrochados, dejando al descubierto un cuello increíblemente masculino, Sophie se vio perdida en los recuerdos…
¿Seguiría siendo su torso tan suave, tan bien definido? ¿Sería su piel tan cálida como antes?
Miley sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos. No quería saberlo.
— ¿Has dormido bien? —le preguntó.
—Mejor que en mucho tiempo —contestó él.
En realidad, tenía un aspecto más alegre. Ella, por otro lado, había dormido fatal.
—Creo recordar que la última noche que dormí en esa cama no dormí en absoluto —dijo Nick, haciéndole un guiño—. Claro que entonces tenía compañía.

También ella lo recordaba con todo detalle. Recordaba sus besos, sus caricias… y cuando se quedaron dormidos, desnudos y abrazados como dos amantes.
El recuerdo hizo que se marease.
¿Dos semanas soportando esos recuerdos? Pues no, no le daría esa satisfacción.
—Fue hace mucho tiempo —le dijo, con expresión aburrida—. Supongo que lo había olvidado.
Nick se limitó a sonreír, como si pudiera ver lo que había detrás de esa máscara de frialdad.
—¿Nos vamos?
—Cuando digas, alteza.
¿Qué estaba haciendo, jugar con ella? A ese ritmo, iba a ser un día agotador.
Su guardaespaldas les abrió la puerta del coche y luego se sentó al lado del conductor.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Nick.
—Primero, vamos al Royal Inn. Algunas zonas del hotel siguen en obras, pero la mayoría de las reformas ya están terminadas. Comeremos en el restaurante del hotel y luego volveremos a palacio para cenar.

—¿Y mañana?
—Una visita al Museo de Historia Natural y al Centro de Investigación Científica. Luego, si tenemos tiempo, iremos a dar un paseo en coche por la costa.
—Supongo que no tendremos un momento para relajarnos.

—El miércoles tienes que jugar al golf con Phillip a las siete de la mañana y el jueves mi hermano piensa llevarte de caza, al otro lado de la isla. El sábado pasarás el día con Phillip y Hannah en el yate.

—¿Y las noches? —preguntó él, con un brillo burlón en los ojos.
Oh, por favor. ¿Podía ser menos sutil?
—Seguro que encuentras alguna forma de diversión —contestó Miley.
En lugar de mostrarse ofendido, Nick soltó una carcajada.
—Phillip mencionó un evento benéfico…
—Sí, el viernes por la noche.
—¿Tú también asistirás?
—Por supuesto.
—Entonces resérvame un baile.
Miley asintió amablemente, pensando: «ni lo sueñes».
Nick se inclinó un poco hacia ella en el interior del coche.
—Bueno, alteza, ¿qué sueles hacer normalmente?
—¿A qué te refieres?
—Si no tuvieras que enseñarme la isla, ¿qué harías un día normal?
Ella se encogió de hombros.
—Esto es lo que hago.
—¿Enseñas la isla a los invitados de tu hermano?
—Entre otras cosas. También acudo y organizo eventos benéficos, cenas oficiales… básicamente, el mío es un trabajo de Relaciones Públicas.
Nick asintió.

—Suena… interesante.
A Miley no le pasó desapercibido el sarcasmo ¿Quién era él para juzgarla?, se preguntó, enfadada. Estaba poniéndole muy difícil ser diplomática. Y sospechaba que eso era precisamente lo que quería.
Pero se negaba a darle esa satisfacción.
—¿No te parece bien?

—No, es que imaginaba que harías otras cosas… más importantes. Hace diez años tenías grandes aspiraciones.

En circunstancias normales ella sería la primera en admitir que sus deberes dejaban mucho que desear, pero frente a Nick se encontró defendiendo su puesto:
—Lo que yo hago es importante y necesario. Y no es tan banal como tú pareces creer.
—Lo sé, Miley. Sólo me preguntaba si lo sabías tú.
¿Qué?
Por primera vez desde… bueno, desde siempre, alguien la había dejado en silencio.
Pero no tardó mucho en recuperarse.
—¿Qué has querido decir con eso?

Nadie en Morgan Isle se atrevía a hablarle con tanta franqueza y, en cierto modo, le resultaba divertido. Sí, era un alivio estar con alguien que no se mostraba obsequioso sólo porque era la princesa.

—Tenía la impresión de que no te dabas cuenta de lo importante que eres. ¿Sabes que Phillip se ha referido a ti en varias ocasiones como el pegamento que une a la familia?
Y ella pensando que Phillip la consideraba una molestia… pero lo que más le sorprendía no era que su hermano pensara eso sino que se lo hubiera contado a alguien.
—Pues tiene una manera muy peculiar de demostrarlo.

—Los hermanos son así. Particularmente, los hermanos mayores. Pregúntale a mi hermana pequeña —sonrió Nick —. Más de una vez me ha acusado de meter la nariz donde no me correspondía. Pero yo lo hago con cariño, de verdad.
Miley sonrió… pero borró inmediatamente la sonrisa de su rostro. Nick estaba rompiendo sus defensas, metiéndose bajo su piel. Dentro de su corazón.
Girando la cabeza, se dedicó a mirar por la ventanilla. Estaban dejando atrás el campo para entrar en la ciudad.
—¿Ocurre algo? —preguntó él.
—No, pero… no quiero hablar de eso. No es apropiado.
—Muy bien. ¿De qué quieres hablar?
De nada. Sólo quería estar allí, en silencio. Pero una buena anfitriona no se comportaría así. No, debía ser amable y alegre. Ella solía ser como un camaleón, haciendo lo que convenía en cada momento o con cada invitado. Pero con Nick no estaba segura de quién debía ser.

Afortunadamente, en unos minutos llegarían al hotel. Situada en el mar de Irlanda, entre Inglaterra e Irlanda, Morgan Isle era una isla pequeña, pero con mucho encanto. Doscientas veinte siete millas cuadradas de costa.
—Se me había olvidado lo bonita que es la bahía —murmuró Nick —. Un paraíso.
Por fin un tema de conversación que no tenía que ver con su vida privada. Qué alivio.
—A nosotros nos gusta pensar eso.
—Han construido muchos edificios desde la última vez que estuve aquí, ¿no?
—Sí, claro, aunque más del cuarenta por ciento de la isla está dedicado a parques naturales.
—Phillip me contó que el turismo se había triplicado en los últimos años.
—Así es.
Y no era una coincidencia, además. Los cambios habían empezado tras la muerte de su padre y Phillip se había encargado de todo. Aunque al principio de manera extraoficial porque su madre, que siguió en el trono hasta su muerte, estaba gravemente enferma.
Como hermano Phillip podía ser insoportable, pero era un buen líder. Y se le ocurrió entonces que nunca le había dicho lo orgullosa que estaba de él.
—Nuestra economía está creciendo y el valor de las propiedades inmobiliarias se ha duplicado.